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Crónica Ilustración: Jennifer Ancizar

Sala Dolores: memoria olfativa

Se dice fácil. Para muchos es parte de lo que somos, la historia de vida y fe de quienes hemos crecido entre sus sonidos, su famosa acústica, los ensayos y conciertos, los proyectos colectivos e individuales. Hay tantas huellas en su tabloncillo y en el piano, en los atriles por los que han pasado generaciones de músicos de aquí y allá, de paso o en permanencia. La Sala Dolores ofrece un concierto que trasciende cualquier programa: el de su música de cada día, el ajetreo de la mañana, cuando los protagonistas afinan, conversan, ríen antes del ensayo; el del ritmo y andar de los trabajadores de la institución.

La Sala tiene olores que sus habitantes hemos registrado por debajo de los poros, la mística y leyenda; un pedacito de los muchos seres que la conviven. La tarde del sábado 23 de septiembre, por ejemplo, fue un regalo para la memoria, de esos que te hacen un nudo en la garganta y apoyarte en el abrazo de quienes comparten el sueño. Gracias, Orquesta Sinfónica de Oriente, esta es su casa.

II

La otrora Iglesia de Nuestra Señora de los Dolores comenzó a construirse en 1723, y en varias ocasiones sufrió los embates de los pequeños terremotos propios de esta geografía. En 1975 un incendió sumió el templo en cenizas.

En la década de 1980 las autoridades eclesiásticas donaron el inmueble con la finalidad de crear una sala de conciertos que acogiese la sede de la Orquesta Sinfónica de Oriente, institución musical creada en 1962 y que a la fecha no tenía una casa. De la Sinfónica se deslindaron varias agrupaciones de cámara que, de forma paralela, marcaron un periodo de esplendor para la música de conciertos en Santiago de Cuba.

Otra importante página de la Dolores la escribieron los cantores líricos con maestros como Sergio Trujillo, Cristina Delisle y jóvenes figuras entre las que en rápido repaso nombro a María Isabel Prado, Vilma Ramírez, Edgar Sanfiel. Ya sabemos que el paso del tiempo y la diáspora hacen de las suyas.

III

No recuerdo la primera vez que puse un pie en el recinto. Crecí en el camino entre la Dolores y el Conservatorio Esteban Salas; trasegar de uno a otro sitio estaba incorporado a mi agenda.

La Dolores se inauguró en los primeros días de 1989. Yo tenía cinco años, mis padres atravesaban la carretera de Granma a Santiago para, probablemente por azar, declararse ciudadanos de la vida artística y musical santiaguera de entonces. Llegaron los noventa y hallaron cobijo en el Conservatorio: ella al frente del internado estudiantil; él, en la administración del plantel.

Hablar de la Dolores, en ese decenio y un poco más, conlleva una narrativa paralela a la de la enseñanza musical en el nivel medio en Santiago de Cuba. Fueron aquellos los días de las abarrotadas ediciones del Festival de Coros. La urbe bullía de música, de sus entrañas salía un sonido coral con esencia a mundo, a Santiago, y la Sala era el ombligo, al menos durante siete días.

En varias ocasiones me vestí de negro y me mezclé entre las muchachas del Coro Sirena del Conservatorio. No cantaba, pero era mi patente de corso para agenciarme un buen sitio en una sala de impresionante arquitectura, con lugar para 295 personas en sus butacas y afluencia multitudinaria.

Había estudiado el nivel elemental de viola, y aunque como instrumentista hubiera asegurado muy mal el pan, quedaron entretejidos lazos afectivos, parentales y la genética de los amigos de la música. En cada edición del festival vi a maestros consagrados de Cuba y vi consagrarse a varios jóvenes como Daria Abreu, Magalis Sánchez o mi amiga Sonia Colombat. Del Conservatorio también llegó la nueva explosión jazzística con David Virelles y Neysi Wilson; su Orquesta Sinfónica Juvenil y la Banda de Conciertos bajo la batuta de Víctor Vargas; en tiempos más recientes otra importante oleada de jóvenes jazzistas insuflaron el apogeo del género en la ciudad, lamentablemente en decadencia ahora.

Fue aquí donde en 1999 disfruté por primera ocasión de la Camerata Romeu. Había admirado su obra desde niña frente a la tele. Esa noche estrené un vestido blanco, largo, ceñido a mi delgada silueta, traía el pelo suelto, lo mismo que los sueños por entonces. Fui de la mano de un muchacho, agente de seguridad del ferrocarril, que en prueba de amor, asistió con su jean de todas las ocasiones, tenis y camisa de mangas largas y arabescos. En algún compás, el novio se dejó acunar por la butaca, mientras yo me entregaba en toda mi existencia a cada pieza, al sonido, los silencios, el paseo del arco, los gestos de Zenaida Romeu en el aire.

Una tarde nos fuimos Yaquelin Estacio, más tarde chelista de la Sinfónica, otra amiga y yo, a escuchar el prodigio de José María Vitier. Recuerdo que al finalizar nos acercamos a saludarle entre la multitud y pedirle que firmara el programa. ¡Sabrá Dios qué sitio de mi casa esconde semejante documento histórico!

Hay cosas que no requieren del testimonio en blanca hoja sino en la memoria espiritual. Así me pulsan aún las guitarras y canciones de Postrova, aquel dueto rompedor y genial que se echó a la Dolores en el bolsillo en un nocturno encuentro de 1998. ¿Qué era aquello, Miguel? Matamoros al son de otra loma y, a la vez, la esencia ahí, en las voces y la juventud con sus dotes inauditas. No imaginaba que años después la trova iba a construir una catedral en mi universo profesional; del personal siempre lo fue.

IV

Llegué a la vida profesional el 11 de septiembre de 2006 por las puertas de la institución que dan a la calle Aguilera. No me lo propuse, la ubicación de la boleta como recién graduada decía Centro Provincial de la Música y allí, en el departamento de recursos humanos, me indicaron la exacta ubicación. La verdad es que estaba asustada, no me había hecho músico sino licenciada en Estudios Socioculturales por la Universidad de Holguín; quería como casi todo recién egresado comerme el pañuelo, ese al que llaman mundo, y aquí no tenían idea de qué hacer con una extraterrestre.

Comencé como adiestrada en la ya desaparecida Área de Investigación de la Música Pablo Hernández Balaguer. De mi paso por el modesto espacio que el sitio ocupaba hay historia para un telar. Después sucedieron otros aconteceres que me llevaron a la dirección del espacio y su vida artística. No podría detenerme en este aspecto porque resulta raro actuar como juez y parte.

Cierto día, el cielo empezó a caer y el rey se demoró en saber… Fueron los músicos y el más leal público quienes apuntalaron la razón, los que movieron tierra y azul celeste. Parece que cada ciertas vueltas del reloj la Sala sucumbe ante las campanadas de la destrucción; un inmueble con sus características constructivas demanda la ejecución de reparaciones asiduas, cuestión no satisfecha en años. Los pilares de la tierra anunciaron in crescendo la sinfonía del adiós, hasta que en 2020 aconteció el cierre solapado entre los silencios de todas las instituciones culturales en tiempos de pandemia. Cuando a finales del 2021 las salas y teatros comenzaron a recobrar su actividad en el país, resultó estrepitoso el mutismo de la nuestra. Un elemento detonó en las redes sociales: desde la céntrica calle Aguilera y desde algunos puntos del bulevar o la plaza Dolores, se podía apreciar claramente cómo en su cubierta principal crecía una planta de raíces profundas, con ramas y hojas en gótico ascenso. La matica sonó en Facebook como un hit que ubicó a la institución en la mirilla pública.

Con todo, costó colocar el cascabel e incluso hallarle gato a esta historia. Fue en 2023 que se comenzaron las labores de reparación. Por fortuna, un equipo de restauradores pertenecientes a la Oficina del Conservador de la Ciudad estuvieron a cargo de la Sala principal en interiores y exteriores, por lo que se respetaron y conservaron los elementos arquitectónicos y estructurales que garantizan la siempre admirada acústica del espacio. Desde el pasado septiembre la Orquesta Sinfónica de Oriente ha retornado a su domicilio con la realización diaria de ensayos de lunes a viernes y la presentación de programas dos veces cada mes. El lobby retoma los espacios para la música de cámara, mientras el patio aguarda por el regreso de las peñas. Las primeras hojas de noviembre traerán consigo la 35 edición del Festival Internacional de Coros y con ello el regreso a la vida, pues como dijera el maestro Electo Silva, “el canto es la vida”.

Tengo la costumbre de registrar olores y sonidos como cartografía del ser, todo lo que en mí suena lleva un aroma paralelo en el registro cerebral, digamos que un código cuya traducción demanda el testimonio, la actualización y trascendencia. Tengo tatuados los olores y sonidos de la Sala en el torrente sanguíneo, el salto en trampolín que generan los acordes previos al concierto. Esperemos que haya Sala para rato, porque si alguna vez perdiera la memoria olfativa, se quebrarían mis mapas. Por suerte comienza a activarse la memoria.

Yorisel Andino Más publicaciones

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