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Ruido y Furia Ilustración: Duchy Man. Ilustración: Duchy Man.

Nadie quiere a una mujer con quemaduras de estaño

Texto escrito dentro de un sueño de Duchy Man

Superstición

A las 3:22 de la madrugada del 30 de abril no sabía quién era Pierre Daven-Keller. No sé si era urgente para mí conocerlo, pero un mensaje a altas horas de la noche siempre me parece una urgencia [por superstición, por terquedad, por manía]. A esa hora me llegó el video de La Fiancée de l’Atome. Imagen hermosa, de entrada. Nunca he sido novia de un átomo, aunque a veces haya notado por dentro ciertas combustiones, y aunque haya sentido temblar los enlaces de los átomos míos.

Supongo que estoy hecha de materia oscura y que desconozco, por suerte, las partículas que me componen. Es mejor desconocerlas [por superstición, por terquedad, por manía].

En un momento de aquel taconeo cinematográfico, sentí una euforia diluyente.

Una aleación, una soldadura.
Estaño.

El núcleo
(Besar al 4×10-⁷%)

En el video hay tres personajes, aunque yo creo que después de todo son solo dos. Acaso uno…

La señora: Ella llega a una casa inmensa, una especie de mansión. Entra como si estuviera entrando a su casa de la infancia. Ella mira como una diosa o como un oráculo que por primera vez pierde el don de adivinar.

La mujer que canta: Ella canta y tiene sexo con un pianista, un sexo de átomos, una explosión introspectiva. Ella canta como si cantar fuese un acto sexual. [Cantar es un acto sexual bastante severo].

El pianista: Toca el piano con una serenidad sobrehumana. Se deja mirar. Se deja hacer, y hace. Es un acelerador de partículas.

El ambiente es denso y sexual, y oscuro, y turbio, y pacífico. De estructuras cristalinas. Me gusta la manera en la que Pierre Daven-Keller toca el piano, me gusta la manera en la que Helena Noguerra (la mujer partícula) canta sin cantar. Me gusta la manera en la que se mueven y gimen, como si estuvieran cantando (porque están, en efecto, cantando).
A las 3:40 ya había terminado de ver el video (lo sé por mi mensaje de respuesta). Lo reproduje más de una vez. Y más de una vez me detuve en los pasos de la señora que entraba a una casa enorme. Aquel lugar me trajo a la memoria la figura y la densidad del hospital psiquiátrico Santa María de Punilla, que está abandonado desde hace años, y en peligro de derrumbe. Ambos lugares se me parecieron a la imagen del abandono… [Hay lugares que están solos desde siempre, aunque permanezcan pulcros y llenos de flores, porque todo lo que cae allí dentro se va a derrumbar tarde o temprano, hasta que terminan por derrumbarse las paredes (lo menos preocupante, en realidad). Hay lugares compuestos de materia oscura. Lugares que contribuyen a la orfandad de los átomos].

Aquella construcción era una especie de envoltura electrónica muy triste. Imponente en su tristeza.

La señora entra a la casa donde el pianista y la mujer están cantando. La señora besa a la mujer. Yo creo que ella es la muerte (que ambas lo son). En algún momento pensé que se trataba de una señora visitándose a sí misma en el pasado.

Ese beso es tristemente hermoso. Me pareció una reconciliación. Átomos y bocas siendo la misma cosa. La señora contempla el sexo desde su trono. Mueve sus dedos viejísimos. La señora sabe que el olvido no existe, que tarde o temprano nos encontramos con las pequeñas muertes y somos besados por las pequeñas muertes. Nadie puede huir de sí mismo y me pareció un horror que eso fuese un hecho a la misma hora de la madrugada en la que está prohibido escuchar Dido y Eneas, a la misma hora de la madrugada en la que estamos tan cerca de besar nuestras propias bocas. Las soledades traen consigo las formas más corpóreas de la muerte.

[¿Nunca has sentido tu propio beso?, ¿nunca has sentido que te visitan tus propias versiones?, ¿nunca has sentido en medio de la noche cómo un recuerdo se sienta en una silla y te mira con un rictus de voyeur y de certeza explosiva?, ¿nunca has sentido un recuerdo que aún no sucede? Una corazonada ocurre cuando la muerte nos besa. Una certeza es una boca envejecida. Es angustiante mirarse desde afuera, besar a una versión propia, tener sexo con el cuerpo de la melodía que transcurre mientras tenemos sexo.

Es mejor mantenerse lejos.

Por superstición,
por terquedad,
por manía].

La corteza atómica

Evidentemente Pierre Daven-Keller es un compositor plateado. (No es de plata como Dvořák, ni es de aluminio como Bartok). Es plateado como el estaño, y es doloroso como una quemadura de estaño.

Ahora recuerdo, con cierta nostalgia, cuando se rompió mi radio. Yo era pequeña y quise una pistola de soldar. Diseccioné aquel artefacto buscando los posibles errores que lo volvieron silencioso. Iba a un lugar que había detrás de mi casa, abría un frasco de vidrio donde estaba el estaño, y con aquellas manos diminutas lo derretía sobre la placa, auxiliada por la pistola que también me robaba. Había visto cómo los adultos lo hacían. Justo al lado de la casa un señor arreglaba radios y relojes. Me hice pequeñas quemaduras, porque siempre fui torpe. Tengo puntos diminutos en las piernas, quemaduras que parecen lunares y que ya son parte de la piel.

Reviví esos instantes porque aquella niñita intentaba arreglar su radio con la misma esperanza mortífera con la que Pierre Daven-Keller toca el piano. Todo se confunde en mi memoria, y ahora el pianista posa sus dedos sobre una placa y yo toco el piano en algún lugar del patio, en el 2005.

Años después, un amigo con el que viví tocó una melodía en Do menor y me dijo que mi vida tenía ese sonido. Ese amigo me regaló una pistola azul de estaño. (Hugo se llamaba). Él tocaba el piano como si estuviera muriéndose. Y una vez arreglé su teléfono fijo con un poco de estaño que nos regaló Vlado.

La vida, después de todo, es una serie ininterrumpida de escenas que se repiten, de otro modo, con otras imágenes, con otros acordes, pero siempre con el peculiar sonido de las cosas que están por ocurrir, con el peculiar beso del futuro, con la extrañísima reminiscencia de otros tiempos.

Fue emocionante ver aquel beso a través de la pantalla del móvil. Un beso relativamente resistente a soluciones casi neutras. Nunca había escuchado una canción tan parecida al estaño. Nunca había revivido tanto los radios rotos y las soluciones fatídicas.

Me mantuve cerca de mí misma por un momento, respirándome en la nuca, pareciéndome (y padeciendo los psiquiátricos abandonados que me habitan. Siendo uno lleno de flores oníricas y de besos propios).

Pierre Daven-Keller contiene un sonido de soldadura y de flor metálica. De infancia soldada. De piano roto.

Estructura onírica

Después de haber escuchado el tema tuve una conversación sobre él, y sobre Thomas Pesquet, y sobre una emisora de radio que ahora escucho todos los días, y sobre la vida que transcurre en un átomo, y sobre las maneras en las que uno se mira desde fuera, y sobre muertes extracorpóreas y sobre sexos ingrávidos y sobre canciones sin letra. Días después, los sueños se mezclaron, como si una señora de dedos largos hubiese puesto alguna música en el delirio onírico ajeno.

Quiero pensar que puse esa música, quiero pensar que dejé unas flores hermosísimas, o unos peces de los que son alegres porque tienen color y ganas de tener color, y hasta ganas de vivir.
Un tsubaki, quisiera dejar un tsubaki en el sueño ajeno.
Una dalia.
Un koi de agua dulce.
La flor del musgo.

Yo quiero dejar flores en sueños que no son los míos.

[Pero terminamos hablando, como casi siempre, del no querer, y de los abandonos, y de las soledades.
Nadie quiere a una muchacha con quemaduras de estaño, ni a una muchacha que pone música en los sueños, y que cree fervientemente en ello. Nadie puede querer a los monstruos que anotan delirios donde hay bandas sonoras detrás. Y es mejor que así sea.

Es mejor mantenerse lejos.

Por superstición,
por terquedad,
por manía].

Me gustaría decir que mi radio se arregló una noche de septiembre del año 2005.
Está arreglado ahora en un lugar de los sueños que sé —con qué certeza— que contiene pianos y flores de musgo.

Wendy Martínez Voyeur de partidas de ajedrez. Tengo miedo a los payasos. Más publicaciones

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