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Reseñas

Páramos / Frank Mitchel

Páramos (2023), reciente lanzamiento del cantautor Frank Mitchel, tiene la virtuosa capacidad de abarcar múltiples significados; una propiedad que parece dialogar directamente con el concepto de “rock orgánico” asumido por su autor. La producción no se limita a solidificar el estatus de culto de Frank como una de las voces cubanas jóvenes más interesantes, o a demostrar que muchas de las propuestas mejor logradas de la música underground y alternativa cubana de los últimos años han encontrado en el EP su formato ideal.

Estas cuatro canciones esconden otros méritos: son un espacio de consenso entre distintas fuentes de inspiración, diversifican las formas de dos géneros tan particulares como la canción y el rock cubano; resultan un testimonio del talento de una generación de jóvenes músicos que no han parado de crear, a pesar de las dificultades; y retratan un sentimiento de inconformidad, llamando a la toma de acción ante una realidad injusta.

La canción cubana nunca ha tenido reparos a la hora de incorporar nuevas sonoridades. Más que un fenómeno, esta es casi una seña de identidad en el género; rasgo que se estandariza tras la consolidación de lo que Joaquín Borges Triana llama Canción Cubana Contemporánea. La trova muta y se adapta; trastoca fronteras, pero toma como punto de partida una base sólida, aunque, paradójicamente, difícil de identificar. Frank Mitchel tiene ese “algo”, un “yo qué sé” que ante su escucha nos hace etiquetarlo inmediatamente como un trovador. Pero no uno incipiente, que tartamudea entre metáforas rebuscadas y mensajes vacíos del arte por el arte, o que quiere pasarse de simpático. A pesar de su juventud, Frank Mitchel tiene voz propia, un mensaje maduro y un ADN musical bien establecido. Por ello, no se puede hablar de Páramos sin pensarlo, primeramente, como la obra de un cantautor (con todo lo que conlleva la carga de esa palabra).

Por otro lado, el EP encarna una dualidad: además de la canción de autor, y de  contar con varios recursos estilísticos, tiene al rock, específicamente al rock progresivo de los 60 y 70, y al proto-heavy metal, como la otra base de su identidad. Los influjos rockeros siempre han estado dando vueltas por las composiciones de Frank Mitchel. Pero si Al pie del árbol, disco en vivo que nos legara junto a su antigua banda Reflejo de la piedra en el agua, era “hippie”, con canciones más distendidas y narrativas, y el componente rockero diluido y afín al rock argentino, en Páramos el hippie se suelta la melena, tornándose agresivo e inmediato, sin perder un ápice de lo que ha hecho tan distintiva la obra de Frank.

11J, la canción que abre el EP, comienza con un aura inquietante y casi onírica, interrumpida brevemente por los golpes de la batería al unísono con un contundente riff de guitarra, hasta romper en una marcha de drums aplastante como columna vertebral del resto de la canción. La voz de Frank es prodigiosa y dramática, sobre todo en el coro, cargado de una gravedad muy en correspondencia con la letra. Y a pesar de que la lírica no es excesivamente explícita, el título de la pista no da lugar a dudas. Resulta una descripción poética, pero no por ello menos efectiva, de los sucesos del 11 de julio de 2021 en Cuba. 

Logra aunar desesperanza y rebeldía. La voz de Daniela Barreto, otra artista de obligada mención dentro de la misma generación de músicos a la que pertenece Frank, le impregna a la composición un clima trascendente. El fragmento “Las madres no irán a comer hoy / Sus hijos están en prisión / Por salir a bailar al sol” me remite, por instinto, a la poesía de Heberto Padilla. 11J es el primer ejemplo de cómo el EP tiende a letras inspiradas en lo natural y lo metafísico, muy presente en composiciones previas de Frank, sin dejar de recurrir a dispositivos retóricos e imágenes descarnadas. Pero quizás el recurso más impactante de esta introducción es el empleo, a modo de texturas, de las voces de los músicos participantes en el proyecto, junto a audios de archivo de manifestantes, así como los testimonios de madres y familiares de algunos de estos últimos.

Ojos del guardián continúa la secuencia y hace converger de forma orgánica el lado acústico y de influencias latinoamericanas con el rock más pesado. Se construye sobre un vertiginoso riff que recuerda a una persecución. En ese sentido, las intervenciones de la flauta de Claudio González (Misifuz), otra acertadísima colaboración, magnifican la perspectiva de aquel que corre a todo pulmón sin dejar de mirar intermitentemente hacia atrás por encima de su hombro. 

El ambiente construido por la instrumentación complementa al texto. Acá se narran las aspiraciones de huida de un personaje obstaculizadas por la acción de un guardián. Sin embargo, la presencia de un ente represor no impide frenar del todo el avance del —llamémosle— fugitivo en sus pretensiones de libertad. Algo interesante del corte es cómo Frank hace alusión a que ambos personajes parten del mismo contexto: “Fue como tú / al nacer / Mas si te atrapa / serás como él”. Un comentario sobre cómo los agentes de la ley muchas veces comparten el mismo trasfondo socioeconómico con aquellos individuos a los que suelen intentar disuadir en representación del monopolio de la violencia. Ojos del guardián ahonda en el tema que propone 11J, y logra escapar de uno de los defectos más evidentes del arte cubano de protesta política: quedarse en la mera enunciación de una realidad innegable para una mayoría, sin proponer soluciones ni profundizar en las causas estructurales de dicha realidad. No es que señalar los problemas sea algo reprochable ni pierda validez como ejercicio catártico, pero en este aspecto, Frank rehúye de la consigna y dispone de unos pocos versos para plasmar un problema sistémico.

El tercer tema, Hada del Mar, es deudor de lo visto en Reflejo de la piedra en el agua. Es una pausa cinematográfica que carece de una estructura convencional, o pop. Su primera mitad se sostiene sobre el sonido del agua, arpegios de sintetizadores, golpes aislados de la percusión y la discreta incorporación de flautas; culminando en la voz de Frank Mitchel entonando una conmovedora melodía vocal, sin articular palabras. La segunda estrofa introduce la base rítmica que guía al resto del conjunto. Este es el momento más emotivo del EP y, sin importar que el final de la pista se me antoje abrupto, incluso desde la perspectiva del corte en sí, y no necesariamente por cuestiones de arreglos o producción, tampoco desentona con su carácter expresivo.

La letra es la más sugerente de todas. Reflexiona sobre la circularidad de la naturaleza (“Aguas de otro rostro / donde fueras a beber / te devuelven siempre a la estación / girando, celeste”) o la nimiedad de la existencia humana ante fenómenos que nos superan (“¿Cómo nos podrás salvar / Si luego nos violentan / tus manos temblorosas?”). Pero en la pluralidad de significados e interpretaciones está el truco, lo que al mismo tiempo genera que esta canción se sienta divorciada del tono que establecen sus antecesoras. Aun así, exhibe decisiones estéticas que la hacen, junto a Ojos del guardián, uno de los cortes donde el trabajo de producción brilla sobremanera.

Si el EP abre furioso y rockero, en el cierre se dobla la apuesta con Atabeira. Tras el descanso que supone Hada del Mar, posterior a frenéticos riffs de guitarras, el final del EP remonta con fuerza. Esta vez estamos ante un sonido metalero en toda regla. El elemento que lo evidencia son los breakdowns que siguen a los coros, donde la guitarra invade el terreno del doom metal y el stoner rock. El riff de esta sección, tras el último estribillo, se extiende en una coda de sensación abrasiva, reforzada por los arreglos de flauta e improvisaciones en la percusión. La decisión de grabar en directo y de forma simultánea a la sección rítmica influye positivamente en la factura de Atabeira

Se puede inferir una continuación temática con su antecesora, al retomar las alusiones al agua como ente divino que, en este caso, es personificado por Atabeira, diosa taína “Madre de las aguas”, y que desempeña el rol de dios primigenio. Aunque aquí se nota la fascinación de Frank Mitchel por textos que aborden lo espiritual y natural, este subordina las referencias mitológicas al discurso político predominante en el EP. El pueblo retorna a la figura de Atabey o Atabeira para pedirle libertad a cambio de devoción y reconciliación con la deidad ultrajada. Cuando menos, la referencia a una divinidad taína es insólita, pero lo que hace notable a esta letra es el planteamiento de cómo la acción de retomar el contacto con nuestras raíces ancestrales se convierte en forma de rebeldía ante los designios de un establishment que le ha dado la espalda a dichos orígenes. La complicidad que establece Frank entre el regreso a lo autóctono y las causas políticas, es un enfoque fresco que, al igual que sucede en Ojos del guardián, da pie al análisis de fenómenos tales como los vestigios colonialistas inherentes al poder político.

Como “pega” a señalar, está la corta duración de Páramos, que lo hace atractivo y, al mismo tiempo, una experiencia demasiado fugaz (es lo que tiene este formato). También pienso que pudo tirar más del hilo que agrupa sus temas y conceptos. Aun así, cualquier detalle es menos que un raspón en un registro que destaca por su terminación y calidad. Esto no ocurre por una alquimia misteriosa, sino por un trabajo concienzudo de composición, grabación, arreglos y producción. Los principales responsables del EP se aglutinan en un verdadero “supergrupo”. Al igual que en proyectos anteriores de otros músicos, Javier Sampedro y Bosito repiten las labores de producción, y de mezcla y masterización, respectivamente. Ambos se han posicionado como referentes claves a la hora de potenciar la estética sonora de toda una hornada de jóvenes talentos, y este lanzamiento no ha sido la excepción. De igual manera, al quehacer de Lester Domínguez en el drum y Joel A. del Río en el bajo (ambos con muchísimo recorrido en el circuito habanero) se le suman la experiencia de Claudio González y Daniela Barreto.

Ahí está la otra virtud de Páramos: la conjunción de artistas de un momentum de la música cubana tan insólito y aislado de tendencias previas y posteriores, compuesto por exponentes como Tobías Alfonso, Misifuz, Ruido Blnco, Luces Verdes o Isla Escarlata. Que parte de estos músicos siga aliándose en proyectos colaborativos como Páramos, que refresca la cara de la canción de autor y vislumbra nuevos caminos a recorrer para el rock cubano, es solo una pequeña muestra de todo el potencial que guarda esta generación de náufragos. 

Frank Mitchel ha encontrado tierra fértil en nuevos territorios, al mismo tiempo que hace evolucionar su propia esencia. Quizás por su formato e inmediatez, Páramos no sea una obra paradigmática, pero tampoco necesita serlo. Le basta con significar otro paso hacia la excelencia de quien es muchísimas cosas al mismo tiempo: un poeta con aires de rockstar, un hippie que se rebela entre imágenes del mar, cuerpos celestes y pesados riffs de guitarras; una voz genuina entre el ruido de tiempos inciertos.

Carlos Quiroga Carlos D. Quiroga Morejón “Guitarrero” y garabateador en serie. Adorador de mapaches. Sueño con escribir mi propio Murder Ballads. Más publicaciones

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  1. Daiyan Noa dice:

    Muchas gracias por descubrirnos a Frank Mitchel y su magnífico Ep Páramos.

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