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Reseñas Portada de Mozart ama La Habana Diseño: Mayo Bous

Mozart ama La Habana

En el 2022 escuché simultáneamente dos temas en sendos discos que unen a Mozart con La Habana. El primero, una nueva versión de Mozart a la cubana, por Chucho Valdés y Paquito de Rivera, en el disco que los junta tantos años después para gloria de la música latina, I Missed You Too!. El segundo, lo sugirió la aplicación y sonó seguidamente. Recuerdo que fregaba el suelo de la casa y no presté atención a los primeros compases hasta que entró el piano. La inteligencia artificial hizo sonar el segundo movimiento del concierto 23 para piano de Mozart. 

Acostumbro a escuchar a Maria Joao Pires o a Martha Argerich cuando me apetece algo de Mozart. La interpretación de las sonatas que hace la pianista portuguesa es un verdadero tesoro musical. Pero en aquella versión que sonaba mientras yo limpiaba el suelo había algo increíble para mi oído. Cuando finalmente miré los créditos, casi muero de alegría. La intérprete era Simone Dinnerstein, aquella maravillosa y joven pianista newyorkina que había grabado algunas piezas de Bach en varios discos que tuvieron muy buena crítica. Y la acompañaba la Orquesta del Lyceum de La Habana. 

Entonces comprendí.

Tengo la teoría de que los grandes intérpretes de música clásica de este lado del mundo (los europeos) tienen una manera que me gustaría denominar neutra o imparcial de tocar a los clásicos. Esto no tiene que ver, por supuesto, con la destreza en la técnica, es algo inherente tal vez a la enseñanza de la música o al peso enorme y terrible de la tradición.

Los intérpretes americanos, en cambio —y me refiero a toda América—, personalizan y llevan la interpretación, más allá de la mera representación perfecta de la partitura, a un plano personal e innovador. Ahí están las grabaciones de Glen Gould, su maravillosa versión de las Variaciones Goldberg —que también grabó muy afortunadamente Simone Dinnerstein—, o las grabaciones de Teresa Carreño, o las de tantos otros intérpretes de América, de norte a sur. ¿Alguien recuerda a Frank Fernández en el Concierto n.1 para piano de Tchaikovsky?

Hay algo en ese modo de interpretar que lo distancia del europeo. Cuando escucho a Maria Joao Pires sé que no existe algo tan perfecto, una perfección que tiene que ver con lo “adecuado”, con lo que hay en la partitura que aquel austríaco loco escribió en algún momento de su desafortunada y breve existencia sin ir más allá, respetando lo que, suponemos, fue la manera mozartiana de interpretar. Sin ningún tipo de hybris, la perfección de lo centrado en la corrección absoluta. Escuchad, si no, una misma versión de cualquier sonata de Mozart tocada por Glen Gould y luego por Maria Joao Pires. Ambas serán increíbles, pero se diferenciarán en la manera de enfrentar el texto musical. 

Los Conciertos para piano n.21 y n.23 de Mozart están entre las piezas más tocadas y famosas en la historia de la música. La belleza de cada uno de sus movimientos ha hecho de ellos un éxito en el hit parade clásico de todos los tiempos. Atreverse a grabarlos es tarea difícil. Lo que me fascina de Mozart in Havana es la decisión y valentía, patentes en cada nota de la grabación, con la que un grupo de músicos jóvenes enfrenta la tarea de acompañar en esta aventura a la también joven ―pero ya muy consagrada― pianista.

En una entrevista que leí hace poco, Dinnerstein habla sobre la falta de instrumentos musicales de calidad entre los músicos de la Isla. Casi en tono de denuncia advierte lo que podría limitar el talento desmedido de aquellos músicos, de cualquier músico: la carencia de un buen instrumento musical. ¿Qué sería de un buen chelista sin un buen violoncello? ¿Qué habría sido de Jackeline Dupré sin un buen instrumento musical? Y lo hace con cierta ingenuidad, sin conocimiento de causas, como si fuera lógico que todo buen músico tuviese acceso a un buen instrumento. Los que hemos estudiado música en las escuelas cubanas sabemos el valor de esos instrumentos y el cuidado desmedido que hay que tener con ellos. 

La crítica alertaba que en este disco escuchábamos una orquesta latinoamericana —en el catálogo de Sony— con las características propias de estas orquestas. Entiendo que se refieren al hecho de que sean músicos muy jóvenes, algunos aún en formación y con un marcado carácter popular. Venezuela y Cuba serían ejemplo de países con orquestas de este tipo. Creo que Mozart necesita intérpretes así. Creo que son más adecuados al espíritu de su música que las perfectas orquestas europeas; dotan a estas partituras de una frescura tal, que pareciera que el propio Mozart anda por allí. 

Dinnerstein brilla con su técnica exquisita, de alguna manera emparentada con Cuba: su profesor de piano fue Salomon Mikowsky, cubano emigrado a Manhattan que, a su vez, fue alumno de Argeliers León, Luis Pastoret y César Pérez Sentenat. 

Técnicamente impecable, interpreta con una delicadeza extrema el segundo movimiento del Concierto n.21, tal vez la pieza mejor lograda de todo el disco. Y el resto es sabor. Sabor a café y mar mientras bajas la calle Infanta hasta el Malecón habanero, y de un balcón llega Blanca Rosa Gil con un fondo de Vikingur Ólafsson, que a su vez se superpone a Bola de Nieve, que se superpone a Ella Fitzgerald —que en Cuba se llamó Elena Burke—, en una estratificación infinita que conforma la banda sonora de una isla dada a la música como ningún otro sitio en el planeta. 

Nunca mejor dicho: a bailar y a gozar con la sinfónica nacional, en este caso la Orquesta del Lyceum de La Habana, bajo la batuta de José Antonio Mendez Padrón y con la bellísima y joven pianista Simone Dinnerstein, en un disco que ocupó, en su momento, primeras posiciones en la lista de la revista Billboard Clásica.

José Félix León Más publicaciones

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