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Reseñas Foto tomada de internet

Maestro: Leonard Bernstein sale del clóset (y lo que ahí se quedó guardado)

Han debido transcurrir 33 años desde la muerte del gran director orquestal, compositor y pedagogo Leonard Bernstein para que al fin llegue a las pantallas el primer biopic sobre su prodigiosa e intensa carrera. Bradley Cooper, en su segundo empeño como responsable de un largometraje (su debut en estas labores fue el cuarto remake de A Star Is Born en 2018), se ha entregado a la ardua tarea de protagonizar, dirigir y coescribir el guion de Maestro, esta película en la cual, con una polémica nariz prostética mediante, se convierte en Lenny, como le llamaban sus amigos. Y hay que agradecerle que lo haya hecho con hondura y honestidad, asumiendo sin tapujos la vida compleja de un hombre que acabó siendo no solo el primer norteamericano que llegó a conducir las grandes orquestas de su país, sino que además proyectó una idea de la música hacia varias generaciones, con su estilo vibrante, único y su carisma inolvidable.

Creador de “música seria” (ópera, conciertos, una misa, sinfonías), tanto como de piezas para la danza, el ballet y el teatro musical (West Side Story, Fancy Free, On the town…), Bernstein llegó a convertirse en la encarnación de una idea de la música para el imaginario colectivo de su país, sobre todo tras sus apariciones televisivas y los conciertos juveniles que creó para ese medio. Desplegó un trabajo como educador, impulsor de nuevos talentos y promotor en tantas expresiones, que nadie podía discutirle ese rol. Las numerosas giras que lo llevaron a buena parte del mundo reforzaron esa idea, a la que él vinculó una serie de ideales que, por desgracia, el filme apenas muestra a lo largo de sus horas de metraje. Ese retrato incompleto del ser humano que fue Lenny es el punto más flojo de un empeño que se detiene más en su relación con la música, con su esposa, la actriz Felicia Montealegre, y su sexualidad.

No deja de ser curioso, si se piensa, que el cuarteto de talentos que creó una obra tan influyente como West Side Story estaba compuesto por hombres homosexuales. Jerome Robbins, Arthur Laurents, Stephen Sondheim y Leonard Bernstein son los miembros de ese núcleo que en 1957 estremeció Broadway con la ingeniosa reinvención del argumento de Romeo y Julieta. Pero también cada uno de ellos llevó de modo complicado o diferente su vida privada, en un contexto donde vivir abiertamente cierta clase de sexualidad era peligroso en términos morales y políticos. Durante el periodo del mccarthysmo, Robbins denunció a varios de sus colegas de tendencias izquierdistas bajo el temor de ser expuesto como homosexual a través de los informes del FBI. Bernstein, en esta película, lucha contra esos deseos, pero desde la secuencia inicial lo vemos con un hombre en la cama. Y eso da pie a todo el filme, que pone en discusión al compositor y conductor desde ese prisma, necesario sin dudas para mostrar un perfil completo de su personalidad, aunque no llegue al mismo nivel de transparencia cuando opaca otras áreas de su vida.

En 1943, al sustituir repentinamente al enfermo Bruno Halter en un concierto programado por el Carnegie Hall con la New York Philarmonic, Bernstein, con solo 25 años, se convirtió de la noche a la mañana en la estrella naciente de la música norteamericana. Tras eso, dirigiría para la New York City Simphony, la orquesta del Metropolitan Opera; en la Scala de Milán, en Tel Aviv, en Praga, con la Filarmónica de Viena, con la Sinfónica de Londres y la de Boston; daría conferencias en Harvard y mantendría sus célebres apariciones en el festival de Tanglewood, ganaría premios como el Tony, varios Emmy y Grammy; recibiría nominaciones al Oscar por su música para cine, sin dejar de crear nuevas composiciones o volver sobre su trabajo previo —como hizo en 1984 al grabar con un elenco de voces extraordinarias (Kiri Te Kanawa, José Carreras, Marilyn Horne y Tatiana Troyanos) nuevamente su West Side Story—. Dirigió para Maria Callas en dos de sus producciones más famosas (Medea y La Sonnambula), y en diciembre de 1989, poco antes de su fallecimiento, presentó en Berlín la Novena Sinfonía de Beethoven, en saludo a la caída del Muro. Amigo de Aaron Copland, discípulo de maestros tan exigentes como Koussevitzky, Fritz Reiner y Dimitri Mitropoulos, Bernstein desarrolló rápidamente una técnica y un carisma que lo destacaron, además, como una suerte de súper estrella dentro de su ámbito. Fue, al mismo tiempo, padre de familia, y sus tres hijos han dado el visto bueno a esta producción cinematográfica. Visitó Cuba, por cierto, durante un par de semanas en las que vino a recuperarse del fracaso de su Candide en Broadway, y dedicó a “The Latin American Spirit” uno de sus conciertos televisivos, en 1963, donde no se tocó música de la Isla, pero sí fue evocada por el Danzón Cubano de su amigo Aaron Copland y el poema de Guillén Sensemayá, en la versión musical del mexicano José Revueltas.

El guion de Cooper y Josh Singer (Spotlight y First Man) ha elegido entre todo eso un canal que se concentra en algunas de las contradicciones, decisiones, éxitos y conflictos del ser humano que fue Lenny. El punto clave es su matrimonio, y las tensiones que la sexualidad del protagonista creó dentro de una historia que culminó —tras un breve periodo de separación— con el retorno a su esposa ya enferma de cáncer y el fallecimiento de ella en 1978. Pareciera como si la vida de Bernstein terminara allí, en el contexto de esa discusión sobre sus preferencias eróticas. Y eso borra otras importantes aristas de su biografía, que no solo son las suyas, sino además las de la propia Felicia Montealegre, quien compartió con él simpatías políticas por causas a las que ambos apoyaron y que aquí apenas son aludidas.

Habría que recordar que Bernstein llegó a ver su expediente del FBI, en el que se documentaban profundamente sus actividades y relaciones con numerosas personalidades, y era un documento de más de 800 páginas. Su apoyo a derechos civiles, su simpatía hacia los Kennedy, sus apariciones en Israel o su relación con miembros del Black Panther Party, su respaldo al desarme nuclear o a la lucha contra el sida, por ejemplo, dan fe de una zona no menos compleja de su existencia, que en algunos casos le costó caer durante cierto tiempo en la lista negra del senador McCarthy y sus secuaces, o no tener a Richard Nixon entre quienes acudieron al estreno de su Misa, compuesta a solicitud de Jacquelin Kennedy, en 1971. Su esposa lo acompañó en varias de estas causas, pero de ello tampoco se habla en Maestro, que se limita a presentarla como una actriz y devota madre de familia a la sombra de su flamante marido.

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En defensa del recuerdo de Felicia Montealegre, sin embargo, hay que decir que Carey Mulligan ofrece una brillante interpretación al encarnarla. Con sutileza, sin alarde, sin sobrepasar el tono correcto, ella equilibra los rictus, los excesos, el subido color elegido por Bradley Cooper para interpretar al protagonista. Y cuando hablo de excesos me refiero a esos puntos donde su trabajo como guionista, director e intérprete se mezclan en instantes tan confusos e innecesarios como el de convertir a Lenny en uno de los bailarines de Fancy Free. Esto, por suerte, ocurre solo en algunas secuencias, y Cooper saca partido de otros momentos, no solo para mostrar un impresionante trabajo de caracterización física, respaldado por una producción que lo mantiene siempre como centro, y para la cual se preparó con rigor. No es fácil revivir la energía y la relación intensa que Bernstein expresaba con sus músicos, y si el maquillaje de Kazu Hiro lo ayuda en tal empeño, el actor no se queda en la superficie, véase la escena en que resucita la música de su admirado Gustav Mahler. Su trabajo lo pondrá entre los nominados a los principales lauros de la venidera temporada de premios, como ya se comprobó tras el anuncio de los aspirantes al Golden Globe y al Critics’ Choice Movie Awards, que se entregarán este mes y donde tiene, entre sus principales contrincantes, a Cillian Murphy en otro biopic: el Oppenheimer de Christopher Nolan, que me parece un título sin dudas muy superior.

Así como Maestro explora las dualidades de la vida de Bernstein, el propio filme puede dividirse en dos zonas, demarcadas por el blanco y negro al inicio, y la segunda parte en color, ambas fotografiadas por Matthew Libatique, reconocido por su desempeño en los proyectos de Darren Aronofsky. La edición de Michelle Tesoro ayuda a que los 129 minutos pasen como una ráfaga de buena música, aunque ello no evita que un conocedor de la vida de Bernstein se pregunte si no aparecerá en pantalla al menos una secuencia que aborde los aspectos aquí escamoteados. Escamoteados, evitados, discretamente aludidos, en un filme que así como saca del clóset a su protagonista de manera definitiva, parece haber preferido un tono de discreción sobre esos otros puntos, por causas que aún siguen siendo enigmáticas. Valga aclarar que no soy el único decepcionado al respecto, ya algunas voces se han alzado para quejarse de esos agujeros negros. En cierto modo, Maestro pretende saltar sobre el modelo de aquellas “vidas” de grandes compositores que el Hollywood de los años 50 produjo, edulcorando al punto de transformar en cuentos de hadas las historias de esos hombres, como hicieron con Cole Porter, en un filme que reimagina su trayectoria ignorando por completo la homosexualidad del creador de Night and Day y Anything goes. Aquí la biografía de Leonard Bernstein parece solo un repaso sexualizado de algunos de sus pasajes más notables.

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Hace poco más de un año, cuando llegaba a las pantallas Tár, el excelente e incómodo filme de Todd Field acerca de una conductora de orquesta enredada en la madeja de una acusación de conducta sexual inapropiada, el rostro y la voz de Leonard Bernstein se dejaron ver durante el metraje de esa película tan aguda y punzante. Destruida por los efectos de su arrogancia, sus infidelidades, su manejo excesivo del poder, Lydia, la protagonista que Cate Blanchett encarnó de modo magnífico, regresa a la modesta casa de su infancia buscando la tranquilidad que ya no tiene. Y llora cuando vuelve a ver uno de los conciertos didácticos de Bernstein, grabado en una vieja cinta VHS, oyendo al autor de Serenade explicando el sentido profundo y trascendental de la música. En cierta medida, con esa secuencia Leonard Bernstein regresaba en grande al cine, y finalmente este proyecto, que cuenta con el respaldo de Martin Scorsese y Steven Spielberg como productores que en un momento también pensaron dirigirlo, es lo que vemos como resultado del esfuerzo de Bradley Cooper. Sin embargo, curiosamente ni Cooper ni Scorsese pudieron recoger trofeo alguno en la recién finalizada ceremonia de los Globos de Oro, efectuada este 7 de enero, donde ni Maestro ni Killers of the Flower Moon ganaron los premios que muchos les vaticinaban (a excepción del lauro a mejor actriz que recogió Lily Gladstone por su desempeño bajo las órdenes del director de Taxi driver), lo cual es un mal indicio para sus respectivas carreras hacia los Oscars.

Maestro, en resumen, es una de esas obras que confirma que no basta con las buenas intenciones cuando se trata de abarcar, como en este caso, la existencia de alguien que fue larger tan life, y el abordaje honesto sobre varias de sus anécdotas no consigue equilibrar la necesidad de repasar también otras. Más allá de la problemática nariz prostética y de estas limitaciones, es una buena introducción a la personalidad y el enorme talento de Leonard Bernstein. Una introducción que reclama otras, que sobrepasen la línea que en su hoja de vida marcó el final de su matrimonio y nos ayuden a entender mejor al Lenny que murió a los 72 años de tanta entrega apasionada a lo que más amó: la música. Y eso nos hace pensar, en el caso cubano, acerca de cuánto nos hemos demorado en llevar al cine las biografías de nuestros compositores más relevantes —ahora, por ejemplo, que ya se han cumplido 60 años desde la muerte de Lecuona, cuya Malagueña el joven Lenny gustaba de tocar al piano—; con el deseo de que cuando puedan producirse, abarquen todo lo que ellas y ellos fueron: seres reales, contradictorios, amados y odiados, inolvidables e imprescindibles. Como lo fue Leonard Bernstein, en la hermosa y complicada estación de esos eternos veranos durante los cuales era el rey y señor de Tanglewood.

Norge Espinosa Mendoza Poeta, dramaturgo, crítico y géminis. Bipolaridad cultural incurable. En otra vida fue cabaretólogo. Más publicaciones

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