Los Zafiros

Locura azul en Albuquerque

7 minutos / Senén Alonso Alum

22.03.2021 / Artículos

Por tu amor soy capaz/ De enfrentarme a cualquiera

Por tu amor soy capaz/ De dar mi vida entera

He venido, Los Zafiros

Siempre he dependido de la amabilidad de los extraños.

Un tranvía llamado deseo, Blanche Dubois

En abril de 2010, cuando la agrupación cubana Los Zafiros y sus melodías solo parecían sugerir una ligera remembranza de los éxitos pasados, una serie televisiva estadounidense los despojó de su sopor. Breaking Bad, mecenas musical para estos cubanos, devino el producto mejor logrado de una tendencia artístico-televisiva que se inició en 1999 con el estreno de Los Sopranos, extendiéndose con ímpetu hasta nuestros días: la Quality TV.

Esta obra maestra de Vince Gilligan, un Tarantino televisivo, narra la conversión casi diabólica de su protagonista. Walter White, profesor de Química en una escuela secundaria de Albuquerque, (sobre)vive cada día atascado bajo el tedio de una monstruosa monotonía. Al adentrarse en el submundo de los narcóticos y su mercado, este gánster de factura casera invierte los códigos éticos que regían su realidad y abandona definitivamente los escrúpulos que lo mantenían moralmente maniatado. Llegados ya a la tercera temporada, la elección y aplicación de la banda sonora (uno de los tantos aciertos de esta obra) nos arroja un tema cubano, música de museo, clásico cabal.

He venido, de Los Zafiros, se escucha casi al término del episodio número seis (Sunset) de la temporada recién aludida. La escena que acoge a esta canción favorece los paralelismos y genera contrastes que potencian los significados subyacentes en la dicotomía imagen-sonido.

Estamos ante un instante de despedida, un adiós prolongado que conmueve a propios y extraños. Los protagonistas destruyen una evidencia que podía haberlos conducido a la cárcel, al tiempo que participan de un ritual de iniciación que derriba recuerdos y vaticina el auge de su negocio. El compás melódico de la música, así como el diapasón vocal de Ignacio Elejalde, se enfrentan al entorno de la acción: un vertedero atiborrado de chatarras automotrices. Esta delineación tan diferenciada permite al espectador apropiarse con mayor soltura de las significaciones provenientes de los espacios visual y auditivo, dilata nuestro alcance sensorial.

Ahora hagamos un zoom back: Los Zafiros irrumpieron en la escena cubana en 1961 y su popularidad no tardó en alcanzar proyecciones de estrellato. Herederos inmediatos del filin, interpretaban boleros y baladas, fundidos en exquisita mixtura con ritmos estadounidenses como el doo-woop (potenciado en su hechura por la prodigiosa armonía vocal de Ignacio Elejalde) y en íntima comunión instrumental con cadencias americanas de la talla del calypso (Trinidad y Tobago) o la bossa nova (Brasil).

Giras, conciertos y autógrafos abarrotaron la cotidianeidad de la agrupación durante sus casi 15 quince años de existencia. Su virtuosismo les allanó el camino hacia el aplauso internacional, presentándose en escenarios tan “exóticos” como la URSS o Polonia. Memorable resultó la performance escenificada en el Teatro Olimpia de París, recinto propicio para el conjunto, inmune desde su voz a la barrera cultural que muchas veces supone el idioma.

La música que surtía el arsenal sonoro del grupo creado en Cayo Hueso estimula la memoria habanera, recupera sus noches pasadas, remotas. El texto acompañante refiere de forma festiva temas universales como el amor, la despedida o la nostalgia. Por otra parte, la constante comparación (confrontación en competencia) que protagonizaban con The Platters, banda estadounidense que inspiró a los caribeños, acrecentó la estampa “extranjerizante” que se les arrogaba.

Para desventura general, su exitosa carrera artística se vio sesgada por enfrentamientos entre sus integrantes y hábitos poco prudentes que algunos instituyeron como norma de vida. Kike (Leoncio Morúa) falleció en 1983 producto de una cirrosis hepática, mientras que Ignacio Elejalde, grandioso de garganta, lo hizo dos años antes a raíz de una hemorragia cerebral. El Chino (Eduardo Elio Hernández Mora) murió en 1995, acusando dificultades en el lenguaje y la visión, probablemente debidas a su alcoholismo, al tiempo que Manuel Galbán sobrevivía a sus excompañeros hasta mediados de 2011. A día de hoy, radica en Miami el único integrante todavía con vida: Miguel Ángel Cancio Soria.

En 1997 se estrenó el filme Los Zafiros, locura azul, homenaje revitalizador que, bajo la dirección de Manuel Herrera, contó con la participación actoral de Luis Alberto García y Néstor Jiménez, entre otros. Luego de presentarse en el XIX Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, el largometraje se agenció el premio de la popularidad. Este lauro fue termómetro indudable para determinar la salud musical de la agrupación, preferencia latente en el público cubano. Por desgracia, esta beneficiosa recepción no fue aprovechada convenientemente y Los Zafiros se despeñaron nuevamente hacia el olvido, dentro y fuera de la Isla.

La agrupación, precisamente durante este 2021, celebra su sexagésimo aniversario. Teniendo en cuenta la trascendencia de dicha conmemoración, no han sido numerosos los espacios dedicados a la disección artística del conjunto. En lo que respecta al ámbito noticioso estatal, quizás esta negligencia mediática puede encontrar su causa en la residencia miamense del único sobreviviente. Asimismo, la escasa identificación del grupo con la política cubana de los 60 parece contribuir a la tibieza de su recuerdo. De cualquier forma, no existe justificación válida para tal desatención.

Lo que me trae de nuevo a Breaking Bad y la acertada inclusión de este grupo habanero en su banda sonora. Como sucede con toda producción audiovisual de relevancia, la disposición argumental de la serie —aderezada por una confluencia de artes con empaque de excelencia— influyó en las preferencias del público. La cadenciosa sensualidad de la pieza cubana elegida, en estrecha relación con la magistral “puesta en escena” que de ella se hace, logró repercutir cuantiosamente en Spotify, líder del streaming musical en la red.

De manera que las reproducciones de Los Zafiros en dicha plataforma, discretas hasta entonces, se dispararon  y rozan hoy los 12 millones. Lo más sugerente de todo este asunto estriba en la canción que corona la lista: He venido presume de casi siete millones de escuchas en el servicio de streaming. Los agradecimientos, sin duda, gravitan hacia tierras foráneas.

Otra vez, la cordialidad del “extraño” bienhechor se encargó de nuestro trabajo, a semejanza de lo ocurrido con el Buena Vista Social Club años atrás; conjunto que de la mano de Ry Cooder —benefactor con (buena) vista de scout cultural— alcanzó la cúspide de su popularidad, a pesar de las somnolientas maniobras de promoción cubanas.

Esta vez, gracias al preciso manejo que Vince hace de su vitrola, Los Zafiros se asoman de nuevo al panorama internacional. Si bien la escena donde se cuela el tema He venido solo dura poco más de un par de minutos, ese tiempo se antoja suficiente para reavivar nuestra nostalgia. Pocos serán los temerarios que se nieguen a ensanchar las caricias sonoras de estos grandes de la música cubana. Aun así, arropados por el éxtasis del arte y sus placeres, resulta muy poco alentador detenerse a pensar en la fatal dependencia de nuestros creadores, en espera perenne de algún amable desconocido.

Senén Alonso Alum

Senén Alonso Alum

Filólogo de profesión; inconforme por vocación. Investigador literario, historietista incompleto (mis trazos asombran) y aspirante (perenne) a escribidor, como me enseñó la tía Julia. Sigo intentando afinar mi oído musical.

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