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Reseñas Foto: Marcela Joya

Justa, precisa, directa

En este lugar ya no soy la chica diferente. No soy la única o una de las pocas mujeres menores de 40 años, como suelo, solemos, en tantos conciertos de música bailable, latina y no reguetonera, que ocurren en Nueva York. Este no es precisamente uno de esos, y aquí, repito, no soy excepción; soy una entre tantas y la dicha de notarlo no es poca.

Sobre el escenario camina una mujer cubana que piensa “que es en este momento cuando se lo juega todo”: ella se mueve con aire de urgencia y arrojo. Marca en sus pasos de botas blancas hasta las rodillas, el ritmo aromático de su seducción. Viene a decir lo que muchas han querido, lo que muchas más por demasiado tiempo no han podido. Cantará, contará por ellas, las creyentes, las incondicionales, las condenadas, las mulatas, las desconfiadas, las exiliadas, las maltratadas. Por todas hablará sin condescendencias ni victimismos y a veces con reproches, como lo hace en Ella —y por ellas—, su penúltimo disco.

Ella viene a reiterarnos, por si a alguien le quedaban dudas, que el hip hop puede ser fractura, nervio abierto: poesía. Ella es voz, ella es viento, es palabra, es tambor, es escalofrío, es el cuerpo que acoge todo eso. Si es cierto que lo que un público quiere ver es “un cuerpo convencido, más que una verdadera pasión”, como escribía Roland Barthes, ante la presencia de La Dame Blanche somos los privilegiados a quien ella remolca con apasionada corporalidad de espíritu. Aquí nadie está fingiendo. Ni el público aparenta que escucha ni la artista se esfuerza por entretener.

Foto: Marcela Joya

Aquí estamos enteras. Ellos enteros. Cuando empieza la música, a eso de las ocho, en esta noche de viernes primaveral y en este íntimo local de Brooklyn —National Sawdust— somos unas ochenta personas, pero cuando termine seremos casi el doble. Pocas y suficientes. Aunque sé que lo digo desde mi egoísmo cómodo. Dos músicos parisinos —batería y bajo— acompañan a La Dame Blanche en tarima y no puedo percibir en ellos más peculiaridad que la de estar ahí, apoyándola. Pero sé que puedo ser injusta, muy injusta, porque en este momento solo ella me importa.

Importa que mientras toca la flauta sigue rapeando y cuando canta y rapea sostiene y no amaina las cualidades melódicas de su principal instrumento. Importa que desde los ocho años toca ese instrumento al que hoy llama con amor “mi mejor amiga”. Y mucho más importa que el amor es bien correspondido.

Importan sus influencias, que solo de a pizcas manan y nunca tanto como para abalanzarnos a la tentación de comparar. Nina Simone, Édith Piaf, Bola de Nieve, como dice, le han prestado ciertas auras. Pero Yaité Ramos Rodríguez, orgullosa pinareña, no es suma ni sustracción, ella es cada vez más ella y me parece que —no sin dificultad— cada vez se distancia más de ciertos legados familiares, para decir de otros modos cosas que le importan cada vez más.  

Y que importan más también por esa manera de decirlas, ya sea entre bulería, rap, hip hop, reggae, cumbia, timba, rumba, reguetón, dancehall o funk. Todos y ninguno de los anteriores. Su voz podría decirse una categoría propia, si insistiéramos en buscar alguna. Su voz de erres que ruedan largo y as cuya altura musical siempre va cambiando, vibratos y frases cortas, y las rimas que, si a veces obvias, más veces punzantes: justas, precisas, directas.

Foto: Marcela Joya

¿Les pasa con frecuencia que van a un concierto y quedan empapados de melodía por días? ¿Les pasa seguido, en una misma noche, con más de una canción? Porque yo puedo jurar que a mí no. Pero van ya dos veces que La Dame Blanche me deja en el mismo aprieto: no suelto sus canciones aunque me empeñe. En unos días estaré analizando Sanjo koreano en un seminario y todo lo que escucharé en mi cabeza será a la Dame Blanche preguntando: “Qué más quieres que te dé si yo todo te lo he dado/ qué más quieres que regale si todo lo he regalado/ ya no me quedan billetes ni una prenda ni un carajo/ solo me queda este vicio que no sé cómo lo pago”…

Importa que jamás he mirado la letra de la canción, como lo hacía de chica para poder cantar con los cuadernillos de los cedés. He escuchado Atómica, su último disco, que cierra con ¿Qué más quieres que te dé? quizás tres veces entero, pero mi memoria no es extraordinaria. Olvido fácil, y por eso importa que no se trata de mí: se trata de ella. Ella, que no solo tiene el don de volcar ritmos que manipulan pies, hombros, calentura y caderas, sino además de escribir melodías que te llegan para quedarse.

Importa que este es un arte de enorme dificultad. Que hoy escucharemos La condenada y La Incondicional y Veneno, por ejemplo, y nos quedará más que claro —y como lección no propicia para el olvido— que si sus “alas son difícil(es) de cortar y su boca difícil de callar”, su voz es imposible de soltar.

Foto: Marcela Joya

No importa ahora, quiero pensar, de quién es ella hija, ahijada o sobrina. O tal vez a algunas nos importe más que se sepa una hija de Ochún, que se defina a sí misma como “santera de pies a cabeza”, por todo lo que para su música, espíritu y presencia significa esa pertenencia.

¿Importa que hay aquí, ahora mismo, poquísimas cubanas y menos cubanos? No puedo decirlo.

Conozco a algunos que no saben quién es, como tampoco han oído de ella los no cubanos más estudiosos de la música de la Isla en esta ciudad. O si la han oído, a sus conciertos no llegan. No sé de sus razones, pero de otros, en cambio, sé que no la soportarían: ella es todo lo que no han querido que una mujer, que una latina, sea en una tarima.

Eso importa más de lo que algunos quisieran pensar. Importa, entre tanto, que a ella le importamos y por motivos más relevantes que vender discos y boletería en sus conciertos. También por eso nos llena las bocas de ron y nos invita a bailar con ella en el escenario. Aunque bien podrían pensar algunos, claro, que es solo parte del show, como quien repite los mismos chistes porque ya sabe que rebotarán en carcajadas, como quien confía por décadas en su inamovible repertorio. Pero pasa que lo de ella trasciende el espectáculo, porque no haría falta nada de aquello para que nos sintiéramos una parte fundamental de la música, de su mensaje, abrazo e intención. No creo que pueda decirse lo mismo de tantos otros, si un día prescindieran de sus “efectivas” fórmulas.

Foto: Marcela Joya

A la Dame Blanche, en cambio, los trucos incluso le sobran. O no, quizás llegan a amplificar esas virtudes que —repito, por si no lo he dejado claro— empiezan en su musicalidad y se expanden a su presencia pujante. No la seguimos como devotas enamoradas de su hermosura manifiesta, sino como iguales que admiran y con alma y mente agradecen su arte y su labor.

Agradezco yo, por ejemplo, cómo ella agradece y celebra a sus maestras: no repitiendo lo que ya hicieron antes mejor que nadie, sino incorporando con gusto sutil algunos legados en su propia voz. Entonces repetimos “azúcarrrrr” con las erres un poco rodadas cuando La Dame Blanche lo sugiere, y nos volvemos parte de un coro que no pretende reproducir nada de lo que ya hizo antes perfectamente Celia Cruz. Ni quimbaras, ni cúcalas, ni yerberos —muchas gracias, estamos hastiadas de eso—, ni homenajes que más bien parecen explotaciones y tantas cantantes latinas siguen invocando como formulaicos rezos.

No. La Dame Blanche es, ante esto, cura y medicamento: veneno bueno contra la explotación. Nada contradictorio si de ella dimana. Y ahí una respuesta, supongo, a esa pregunta que no para su repique brioso. ¿Qué más quiero que me dé? Eso quiero. Su veneno bueno: más palabras, más presencia, más música por favor.

Foto: Marcela Joya

Marcela Joya Marcela Joya Sabe hacer cosas útiles, como cortar pelos ajenos y emborrachar a los otros, pero prefiere escuchar música, escribir y tomar fotografías. En ese orden. Más publicaciones

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