Ilustración: Mayo Bous.
Ilustración: Mayo Bous.

La “culpa” cubana de C. Tangana

3 minutos / Rafa G. Escalona

08.03.2021 / Artículos

Hablemos un poco de El Madrileño (en realidad este texto no va de eso). ¿Cuál es el proceso a través del cual un muchachito que viene del hip hop y el trap underground, y que un día encontró la manera de pulsar a su antojo las cuerdas del mainstream, decide que va a lanzarse de cabeza —en el pico de su carrera— a hacer un disco que cabalga entre la contemporaneidad más rabiosa y la apropiación de ritmos y sentimientos que por décadas han sobrevivido, con mejor o peor fortuna, a la vera de la carretera de éxitos de Iberoamérica? Ritmos y sentimientos estimados pero sin un peso real en la conversación, como cuando se está discutiendo en la mesa familiar y la abuela interrumpe con una anécdota de cómo eran las cosas en su tiempo.

Alerto, esto no es un alumbrón, no explotó de repente ni surgió por combustión espontánea. Desde hace rato hay pistas en esa carrera llena de guiños ambiguos, de fintas intrigantes, de referencias más o menos veladas. Así que tampoco estamos hablando de un milagro, que en materia de música, y a estas alturas del partido, hay bien pocos. Pero ni todas las pistas del mundo eran señales suficientes para el ambicioso proyecto que es El Madrileño.

Mientras escucho esos temas no puedo dejar de pensar y sentir ―en su doble acepción― el vacío tremendo en la producción cubana de música urbana. ¿Dónde están les artistas y productores de la escena urbana local que nos lleven hasta ahí? ¿Los Alizzz, los C. Tangana, los Tainy, los Ovy On The Drums, los Guaynaa, los Bad Bunny, de la que se precia de ser la Isla de la música? 

Mi inquietud no está forjada al calor del prejuicio; celebro y gozo una parte importante de lo que ha parido el reguetón y sus derivados en la música cubana, y creo que tenemos artistas con un talento y una garra muy potente. Pero que en las dos décadas que el género lleva incubando en el patio,  aún no tengamos nada que se salga de la línea, que arriesgue, que apueste por incorporar conceptos y propuestas que en principio no tienen nada que ver con el reguetón,  me sigue desconcertando.

Con un poco de esfuerzo, lo más que puedes encontrar son elementos del reguetón en otras expresiones de la música popular bailable, y pareciera más una concesión al gusto de la época que una asimilación orgánica. ¿Falta curiosidad? ¿Falta conocimiento? ¿Faltan ganas? El tiempo dirá. Mientras, no me queda más opción que disfrutar la globalización que hace posible que un clásico como Eliades Ochoa esté entre lo más escuchado del año gracias a un trapero español.

P.S. No sé si esta obsesión mía con El Madrileño es un síntoma de mi inmadurez como crítico o si se trata de la emoción justa ante una obra magnífica (no me ciego, se le notan las costuras y los altibajos, pero eso no hace menos grandiosa su escucha). En cualquier caso, celebro que aún quede en mí esta capacidad de deslumbramiento que creía perdida en algún momento del camino.

Rafa G. Escalona

Periodista con papeles. Padre de una revista musical.

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