Las Krudas. Foto: Rosy Campanita.
Las Krudas. Foto: Rosy Campanita.

Krudas Cubensi: vivir en resistencia

13 minutos / Ernesto Eimil

27.11.2020 / Entrevistas

Hace unos días, una amiga que sabe del tema adelantó cómo serían las cosas. “Las Krudas son muy crudas”, me dijo. Y desde ese momento supe que no lo decía en el sentido más evidente. Pero al mismo tiempo sí.

Las palabras de Odaymar y Olikrude, las dos mitades autónomas de un dúo que tiene más de 20 años, nunca te dejarán indiferente. “Existimos para poner el bafle y denunciar”, dicen, “para molestar a los opresores, hacerles la vida imposible para tener nuestra vida posible”. 

Cada detalle de su música surge de algo que han aprendido, que han visto, que saben. Cuando leí sus entrevistas anteriores me di cuenta de que viven en resistencia, que, si asumimos la exposición pública como un acto violento, las Krudas soportan violentarse al exponerse con sus letras para que así otros no tengan que hacerlo. Es como si dijeran constantemente “aquí nadie intenta complacer a nadie, sino más bien edificar, instruir”. 

“Agradezco e intenciono cada parte cada momento cada segundo que estás dentro bien adentro / Intenciono que te quedes, que te vayas, que existas, que vivas, que luches, que respires, que respiremos. / Ser persona negra y estar vivos y respirando es radical y revolucionario / intenciono y respiro, intenciono y vivo”.

Casi 25 años antes de escribir estas letras, las Krudas despertaban. Era 1996 cuando fundaron junto al artista Llane Alexis Domínguez la Agrupación de Creación Alternativa Cubensi. En el principio fueron Odaymar Pasa Kruda, Olikrude Pelusa Kruda y Wanda Kruda, la hermana de Pasa Kruda que se separó del grupo en 2005. Montaban en zancos, hacían performances, educaban.

Odaymar siempre se consideró una persona transgresora, aun cuando no poseía conocimiento de conceptos con los que se identifica ahora como lo queer y el no binarismo de género. Tenía cierta relevancia dentro de la comunidad LGBTQ+ gracias a un documental que se llamó Gay Cuba y que fue grabado en los 90 por cineastas nórdicos y estadounidenses.

Como su madre, Olikrude era una “artista en potencia”, siempre hizo poesía. Viajó a La Habana desde su Guantánamo natal para estudiar en la Escuela Nacional de Arte y unos años más tarde Teatro en el Instituto Superior de Arte. Dice que la educación que recibió allí era muy “eurocentrista, aburrida y colonizadora”. Le atrajo el flow más natural y asentado de Wanda y Odaymar. Unieron sus conocimientos de teatro, música y artes plásticas, y empezaron a hacer teatro de calle.

“Pero el grupo empezó de verdad en 1999, en La Habana, Cuba”, me aclaran. Un año antes, y gracias a Rensoli, de Grupo Uno, habían sido “invitades a actuar en el Festival Internacional de Rap de Alamar”, aquel evento que de tan legendario fue ahogado poco tiempo después. Ese fue el primer gran instante del grupo. Allí conocieron a muchos de los artistas que estaban haciendo ruido en una ciudad de crisis económica, injusta, discriminatoria, pero al mismo tiempo resiliente y cultural. Tenían la necesidad de expresar sus derechos como personas diversas.

Confiesan que en aquel momento rapearon textos más infantiles, “pero con el estilo que la calle necesitaba”. Interactuar con ese público les hizo crecer. “Estábamos alrededor del Anfiteatro haciendo animación teatral, algunas canciones e improvisando. Fue hermoso”.

Odaymar y Olikrude saben que haberse definido como queer en la Cuba de principios de siglo era “una candela”. Así lo describen 20 años más tarde. Creo que es visto por su parte como un sacrificio necesario. Posicionarse contra el binarismo de género fue algo importante: abrieron la puerta para otras personas a una nueva  forma de expresión, de reconocimiento.

“Allá también es duro lo ke se ha sobrevivido / y por más ke lo gritemos akí no nos han oído. / Solo traga el corazón ke en silencio ha sufrido / y cuántas familias viven por kienes nos hemos ido. / Kienes nos hemos ido antes / kienes nos hemos ido después / kienes nos hemos ido cerca o de una puta vez”.

Pregunto por el nombre. Lo han explicado unas cuantas veces, pero cada vez cambia un poco: nuevos detalles se añaden. Eso es lo que pasa con las historias, que maduran y crecen. Decido probar suerte:

“Cuando comenzamos a hacer nuestros primeros jammings salían cosas hermosísimas y realmente muy crudas. Era un formato muy básico: percusión y voces. Todo original, creado por nosotres mismes a partir de nuestra experiencia corpórea, queer, caribeña y vegana. Eran muy crudos los temas que tratábamos, cómo los hacíamos, cómo luchábamos, cómo denunciábamos, cómo lucíamos y cómo sonábamos. Sentíamos que era la palabra que más se ajustaba a describir lo que traíamos”.

Las Krudas. Foto: Rosy Campanita.

Las Krudas. Foto: Rosy Campanita.

Iniciaron con un cajón y chequerés, improvisando e inventando canciones para el teatro de calle. Olikrude dice que olvidó la mayoría de las estructuras tradicionales referentes a afinación, armonía y melodía, que trataba de dejar fluir más un sentimiento popular. Ha sido un proceso de deconstrucción constante, que ha convertido al dúo en lo que es hoy.

También ha sido un proceso de aprendizaje recíproco: Olikrude le mostró a Odaymar la escritura experimental y creativa; mientras que Odaymar le dio a Olikrude todo su arte y su activismo queer. Fueron momentos donde tomaban del funk, del hip-hop fuerte y vivo, de la música afrocéntrica.

“Mucha creatividad musical que desbordábamos (por aquella época) en nuestras sesiones de improvisación y freestyle”, dicen. Era —y sigue siendo— una cuestión de libertad. 

En 2003 hicieron su primer disco, Cubensi Hip Hop. Uno de los dos que concibieron mientras vivían en Cuba. Fue producido de manera independiente, como todos lo que han venido después. En 2004 actuaron en el Teatro Nacional. Fue a partir de ese año cuando más cerca estuvieron de la institucionalidad cubana. El Cenesex creó el proyecto Oremi, de mujeres lesbianas y bisexuales, e invitó a las Krudas a participar. Odaymar, en contraste, recuerda que diez años antes, cerca de 1995, cuando formaba parte del grupo queer GALES, pidieron un espacio seguro y les dijeron que no tenían lugar, que el pueblo no estaba preparado, así que quizás —suponían— algo estaba cambiando. Con GALES, “más que hacer party, queríamos como una cosa educativa”. Empezar a escribir la historia del movimiento en Cuba. En 2005 sacaron Kandela. En 2006 se fueron.

Dirían años después que la censura fue una de las principales motivaciones para partir. Pienso que difícilmente exista una negociación entre el privilegio y lo descartado, lo tolerado, pero no reconocido. Es un proceso agotador, sin dudas. Las Krudas se fueron y siguieron negociando, pero ahora bajo sus propias reglas.

La tierra entera es nuestra y el derecho de viajar, huir, escapar, / no es solo una actitud de quien teme, sino un desafío de quien más no puede sostener su realidad / es la dignidad del que decide cambiar, aunque a donde vaya no haya na’ / Latinoamérica tiene derecho a emigrar, / África tiene derecho a emigrar, / Caribe tiene derecho a emigrar, / Asia tiene derecho a emigrar, / Tercer Mundo tiene derecho a emigrar”.

Ya nadie viaja, o al menos casi nadie lo hace como antes. La evidencia sugiere que ahora la gente se desplaza. Durante el desplazamiento se produce un roce con el lugar al que llegas que te cambia, te afecta. En un mundo lleno de desplazamientos, viajar —viajar verdaderamente— es la opción de solo unas pocas personas. Las Krudas saben esto y dicen que tuvieron que emigrar “para hacer nuestra propia carrera, nuestra propia promoción. Cuando sales de Cuba se te interseccionan las luchas”. 

Odaymar y Olikrude reconocen que establecerse en la ciudad de Austin, Texas, la capital mundial de la música en vivo, ha sido hasta ahora el momento más importante de su carrera. Fueron por México hasta la frontera, en un desplazamiento del que nunca han querido hablar mucho. Al llegar, la primera barrera que enfrentaron fue el idioma. La segunda, Internet: aprender a seleccionar la información, a utilizar esa información para su música y encontrar así su lugar en los activismos mundiales.

Pero a pesar de la distancia no se consideran un grupo extraño: son de la diáspora y son de Cuba, quieren que se les tenga en cuenta. Cada año suelen volver por varios meses para visitar a sus familias y hacer colaboraciones, compartir su artivismo, sobre todo con raperas jóvenes del circuito underground del hip hop.

“Emigrar nos ha colocado en el mapa internacional, nos ha permitido mantenernos en el camino como artistas independientes, nos ha facilitado el acceso a la información, al intercambio; nos ha proporcionado Internet a full donde podemos acceder a toda la música, a la propia música cubana producida hoy desde la Isla, acceder al arte producido en todos los tiempos; nos ha permitido estudiar, aprender, desaprender, viajar, hacer giras internacionales, conocer a muches artivistas de todos los continentes, de comunidades diversas, el apoyo se ha multiplicado, el alcance se ha multiplicado, el amor se ha multiplicado”.

Y, siguiendo la tradición de los emigrantes, comenzaron a trabajar inmediatamente: en 2007 salió el álbum Resistiendo, en 2009 Krudas Compilation; 2012 Levántate y 2014 Poderosxs, quizá el más importante hasta ahora y que les hizo ganar un Premio Lucas en 2017 por el videoclip de la canción En el solar. En ese mismo año sacaron Highly Addictive y dos más tarde LNL (La Negrísima Liberación), lo más reciente que han publicado.

Las Krudas saben que Estados Unidos les dio una perspectiva diferente, un tanto más globalizada. Varias veces han dicho que el mundo es un caos y que no te puedes quedar sentado en tu esquinita apoyando solo a las personas negras. “No”, han dicho, es por las negras, por las emigrantes, por las que trabajan la tierra, por las trabajadoras sexuales. Han tenido ese momento, que puede llegar o no, donde te das cuenta de que existe la posibilidad de que en realidad los problemas sean uno solo: un gran problema esencial dividido en partículas, en algo estructural y terrible.

Es una posición, un statement, como dicen en Austin, que también se aprecia en su música. Salen canciones con tónica de protesta, de fiesta rebelde, de cuestionamiento y transgresión. Es una música que tiene vida, como mismo dicen, que tiene carácter visceral y autobiográfico y profundo.

“Lo de nosotros es formarla en donde estemos, ¿viste? En Cuba, en Estados Unidos, con el que sea: caña pa’ arriba de esa gente. Porque hasta ahora no he visto a ninguna gente puesta en ningún país que me represente a mí ni que se parezca a mí. Entonces: caña”.

“Locas, nos llaman locas, porque cuestionamos siempre lo que supuestamente nos toca/ Porque unidas y muy firmes seguimos aquí como rocas, / porque nos llamamos bellas con este cuerpo de foca, / porque no comemos carne ni usamos oro ni coca”.

Es enero de 2020. Nadie sospecha lo que sucede ni lo que va a ocurrir en unos meses. Las Krudas graban un videoclip con la joven rapera negra Ana Ferrera, aka Eyeney, en La Marca, donde las rodea una audiencia despreocupada. Antes de cada actuación piensan y elaboran sus looks con mucho cuidado. Odaymar, camisa de flores y sombrero; Olikrude, una a cuadros y gorra. En otras ocasiones han usado diseños propios hechos principalmente por Odaymar, que además venden y estampan en pulóveres, pañuelos, camisetas. 

La canción que suena es un estreno: Diferentone, (Diferent One), “mixing generations, good vibes only, haciendo historia, good vibes only, honrando la memoria, good vibes only”. Olikrude dedica una pequeña sonrisa a la audiencia. Una sonrisa especialmente radiante. La gente responde moviendo la cabeza, dando salticos, tapándose la boca y rapeando en voz baja.

Meses después le pregunto si creen que la audiencia de La Marca ha cambiado, es decir, si los escenarios, si ese mismo público que consume el género, se ha transformado y puede estar más abierto a asimilar voces radicales. “Ojalá que sí”, dicen escépticamente, “mucha gente nos descarga, entonces quizás sí”. 

Lo cierto es que hay motivo para la desconfianza. El hip hop es contestatario y crítico, una voz para la gente oprimida que se une bajo un género o una canción. A primera vista suena como una cruzada común e inclusiva para marginalizados, pero la verdad es que las mujeres son muchas veces olvidadas de estos campos de batalla. Woman is the nigger of the world, cantó John Lennon en 1972 y espantó a millones de estadounidenses. Hoy podría volver a cantar John Winston y todos prestaríamos atención, igualmente asustados.

“Ay, por favor”, dicen sobre la pregunta del machismo en la industria musical cubana. No logro identificar si es una expresión inevitable ante lo obvio o de molestia sistémica. Es un “por favor” lo bastante enfático como para mencionarlo, y solo en relación con el hecho de que uno tenía que pensarlo larga y seriamente antes de desear que fuera un “por favor” más específico, o más exclamativo, o más tajante. 

“Para hablar solo de representación y porcentajes, échenle una ojeada a los catálogos, a las empresas, a las agencias, a las compilaciones, a los proyectos, a las discográficas; hemos sentido la marca de ese machismo en todo momento, en la industria musical cubana y en la industria musical internacional, en todas partes, es lo mismo, machismo, mucho, ridículo. Existimos, pa’ concientizar generaciones, sanar el planeta, mejorar el futuro”.

Cada vez la música es más inclusiva, lo que algunas personas cuestionan ahora es la legitimidad de esas victorias en nombre de la justicia social, de si es algo real o simbólico. “Demasiado queer for hip hop nation, demasiado hip hop for queer templos”, canta Odaymar en una de sus canciones. “Realmente no entendemos lo de la inclusión; las personas marginalizadas luchamos duro para liberarnos de la opresión y somos tan artistas como les demás, nunca debieron excluirnos ni juzgarnos, ¿ahora hay que aplaudirles una supuesta inclusión? ¿Cuál? No, aún hay que trabajar mucho por justicia y diversidad”.

Dicen que cada vez son más conscientes de quiénes son y de sus responsabilidades. Es un tema que se ve reflejado en su música, sobre todo después del álbum Poderosxs de 2014, creado en un momento en el que quizá vieron algo y empezaron a descifrarlo. “Siempre estamos despiertes para representar nuestras identidades y honrarlas o cuestionarlas según sea necesario”. El suyo es un trabajo lento. Tantos siglos de desconocimiento no desaparecen en unos pocos años. Por ahora, la música de las Krudas sigue estando más allá, más adelante, donde quizá no podamos verla, “representando con talento, intención, independencia”.

Ernesto Eimil

Periodista. Admiro en la literatura y la música todo lo que sea específico y directo, lo obsesivo y perfeccionista. Trabajo para hacer algo sincero y orgánico. Siempre me acuesto después de las 3.

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