Magazine AM:PM
Publicidad
Crónica Jazz Centro Nelson Oney in memoriam, Morón. Foto: Cortesía de Alfred Artigas.

Jazz Centro Nelson Oney in memoriam. Cuaderno de viaje

A veces, caminando la ciudad en una noche de esas en que no me atreví a levantar el teléfono para buscar compañía, miro hacia los balcones y me imagino fiestas, reuniones, descargas y todo tipo de eventos más o menos pecaminosos a los que no fui invitado.Cuando uno, arrastrado por las mareas cotidianas, se desconecta de lo colectivo, puede llegar a pensar que los electrones de este gran átomo en el que vivimos están describiendo trayectorias frenéticas que, contra todo pronóstico, nunca se cruzan.

La soledad del rodeado es rara, dura.

Para propiciar el roce hacen falta imanes; y sé que todos tenemos una carguita de magnetismo, aunque a menudo pensemos que se nos secó.

Es normal que lo sintamos así, porque casi nada de lo que nos rodea empuja en la dirección opuesta. Ni las redes, ni el noticiero, ni las conversaciones manidas, viciadas y robadas que escuchamos a nuestro alrededor, ni el “sálvese quien pueda” reinante.

Jazz Centro Nelson Oney in memoriam, Morón. Foto: Cortesía de Alfred Artigas

Estos imanes que refiero pueden ser de muchos tipos: un gesto amable o cómplice es un imán. Escuchar es un imán. La generosidad imanta. Compartir imanta. La pasión por lo que uno hace es un imán fortísimo cuando implica a los demás.

Sembrar imanes a tu paso te garantiza esa última sonrisa de aceptación. Una rúbrica sin mano temblorosa. De lo contrario imagino el último segundo con las manos en la cabeza. Solavaya.

En la provincia de Ciego de Ávila vivió durante sus últimos veinte años un imán llamado Nelson Oney Peña. Hace unos días se le dedicó la quinta edición del Jazz Centro en Morón; y me invitaron.

***

Madrugamos para salir en un carro. Nos recogen aún con la noche posada y vamos hasta Agramonte y Trocadero a por el quinto pasajero. “Carlitos, un primo de papi” en palabras de Dayron Oney que, como es un monstruo, ve normales las cosas de monstruos.

El “primo Carlitos” resulta ser Carlos Álvarez Guerra. Para los despistados: ese señor menudo, conversador, de pelo cano y pecho de leñador al que le abro la puerta del carro, una mañana hace más de cuarenta años coló café, metió el trombón en la funda y salió en dirección a la casa de la mamá de Oscarito Valdés. Tenía un ensayo esa mañana. En ese ensayo también estaban Chucho, Maraca, Munguía, Del Puerto, Arturo, Paquito, Averhoff, Pla, Carlos Emilio y un puñado más de leviatanes.

El consorte se sienta a mi lado.

Me muero.

Llegamos a Ciego de Ávila seis horas después con las nalgas de un fakir pensionista y el fondo de los ojos lleno de campos. Me encuentro con Dayron en la puerta de TV Ciego de Ávila: abrazos y besos y, seguro, primeras risas. Dayron Oney es mi amigo y me hace sentir bien saber eso.

¿Sabes, Walt Whitman? Dayron está en talla. Para él una uva caleta solitaria en un parque y un solo de Wynton son solo dos de los prodigios que el universo nos regala en su flujo caudaloso e inacabable.

Me sorprende gratamente el ritmo y el registro de la conductora durante el programa. Entre preguntas, ofrece segundos y cariño a todos los invitados para que respondan sin prisa. La comodidad lubrica el canalito por donde aflora la emoción.

 

Ahí, en boca de José Guevara Tamarit, productor del evento, me entero del programa del festival. Yo ya quiero estar en medio del ajo.

Durante el trayecto de Ciego a Morón, Dayron y Carlos son un enjambre de cuentos donde se mezcla lo familiar y lo musical. Trinidad con Santa Clara y Morón, “La Bandita” con el servicio militar, ensayos, noviazgos, gramolas y parientes, y donde la risa tiene dos efes más que la melancolía.

Yo me siento como Rollins adolescente en un callejón escuchando a Bird por el ventanuco que daba al almacén del club. Callo y afilo el músculo de la memoria.

¡Llegamos a Morón!

***

Nos instalamos en el Hotel Timberline Lodge y salimos para el ensayo en el Teatro Reguero.

Ya están los músicos de la jazz band. Dayron me presenta a sus dos hermanos que ya para mí eran casi animales mitológicos.

Me dicen “¡por fín, Dayron nos ha hecho mil cuentos de las descargas en tu casa!”. Bien ahí.

También conozco a Eduardo Campos, director de la sinfónica de Camagüey y contrabajista, este fin de semana, de jazz.

Asere, ¿qué comen esta gente…?

Vamos a montar un arreglo de Michael Phillip Mossman de Con Alma, de Birks, y una balada que le compuso Nelson a Carlos durante el servicio militar hace casi sesenta años, de la que solo sobrevive la melodía preciosa que Carlos atesora cristalizada. (Carlos igual toca que canta. Igual canta que cuenta. Y vuelve a tocar).

También pasamos un par de standards. Yoandro, el batería —un sol—, se va soltando. Entre el calor estancado en el teatro y que la música ya fluye acabamos todos entripados y sin mirar el reloj.

El de las luces y el audio tiene una planta de un burujón de watts parqueada frente a la puerta del teatro por si se va la luz durante el concierto. Todo el mundo está pa’ esto. Es muy rica la sensación.

Salimos a unas mesas del parque ya anocheciendo. Cerveza fría y más cuentos. No quiero que se termine esto.

***

Al día siguiente estrenan el documental de José Guevara Tamarit, auténtico dinamo humano, sobre Nelson.

Es hipnótico ver y oír a Nelson hablar de la vocación, del proceso de aprendizaje, del compromiso, del oficio, de la transmisión de los códigos, de que somos meros vehículos…; y me impresiona muy adentro el hecho de que lo hace exactamente en los mismo términos en que he oído expresarse a otros grandes músicos de diferentes generaciones, orígenes y estilos. ¿Habrá realmente una sustancia común? ¿Una estructura? Ser músico es un viaje que te moldea y te muestra que cuando saltan las aristas innecesarias solo debe quedar la generosidad y la humildad.

Me hubiera encantado conocerle. Conozco a sus hijos, su legado vivo.

***

Almorzamos en el hotel, junto al equipo de pelota de Matanzas, únicos huéspedes con los que compartimos las instalaciones. La testosterona en la cola del buffet es un vaho sofocante. La sopa no, la sopa está fresca.

La tarde se ha puesto lluviosa y hay un poco de temor a una posible incomparecencia de público. “El moronero si mea una rana, ya no sale de casa” afirma alguien mirando un nubarrón; pero al llegar al Reguero ya hay gente en la puerta. Van muy elegantes, y yo, como siempre. Me acuerdo de Toni González, uno de mis profes, que me dijo “las dos primeras cosas que has de comprarte si quieres ser guitarrista eléctrico son una extensión y un traje negro.”

Jazz Centro Nelson Oney in memoriam. Foto: Cortesía de Alfred Artigas.

***

Fiesta entre bambalinas: hay emoción, “entra y sale”, siguen los cuentos, corre el ron y rebosan las ganas de tocar.

Ya en el escenario —en una previa metamusical— suben a Rosita a la tarima a recibir dos o tres menciones/diplomas post-mortem para su jevito. Rosita es sabia. Los recoge, menuda, con un rictus que me maravilla: perplejo y cortés a partes iguales, y se sienta de nuevo en su butaca de primera fila flanqueada por sus nietos. Ahí me pareció verla sonreír, pero no podría asegurarlo.

El concierto fue bien, un poco más atropellado que el ensayo, pero imagínate tú, estaba fuerte el momento.

Siempre recuerdo a Paco Valeriano, otro profe mío que me dijo, cuando yo aún no tenía capacidad para gestionar ese mensaje, que para transmitir hay que estar un poco frío.

Creo que se refería a lo que aquí en Cuba llamáis “cabroná”.

Lo más descriptivo que puedo decir sobre las horas posteriores a la gala es que, por más que lo intento, no consigo dibujarlas.

***

A la mañana siguiente, domingo ya, salí a buscar café a un kiosko cerca del hotel, y me enzarcé amistosamente en una conversación sobre Putin y sus supuestos superpoderes geoestratégicos con dos seniors de gorra y antebrazos vasculares.

De ahí, con Dayron que me vino a buscar al hotel en bici, fuimos paseando hasta el parque Martí a escuchar la retreta, matutina en este caso.

No son ni las diez y nos llega el bramido de la banda desde una cuadra antes. Llegamos, lager en mano, felices del paseo y la charla.

¡Qué maravilla, música en directo! En el parque, por la mañanita. ¡Mentira que es pa’ viejos! El día que no haya retretas será el día en que haremos el amor por bluetooth. Tu verás.

Los dos o tres solistas que escuché en los tres números que quedaban improvisaron con una clara inclinación jazzística. Un trompetista de labio cintanegra y chasis de medio scrum bretón, y un altista de sonido aclarinetado y un lenguaje que me hizo imaginar a Lester Young irritando al compositor de una contradanza.

Pensé: “mira, más energía de Nelson regada por aquí”.

Al terminar el concierto, ya escanciándose el pepino de la producción, todos pasaron por donde estábamos. Todos a saludar a Dayron. A todos me los presentó. Me sentí como en casa. Mismos chistes, mismos chismes. Los músicos, qué cosa tan loca. Qué cálida es la sensación de pertenencia.

En especial charlé un buen rato con Jesús Lacerda, un flaco de setenta y pico, melena maravillosamente blanca y sonrisa magnética. Guitarrista y orquestador, pero que toca el clarinete en la banda. Él y su compañera, saxofonista, qué energía tan linda. Con ellos hablamos precisamente de la suerte de padecer nuestra locura.

***

Almuerzo en casa de Dayron y la familia. Olor a luzbrillante, más cerveza fría, pies descalzos, guayaba en lasquitas. Toda la estirpe Oney y sus cariños y Carlos, Dayton y yo pinchando temazos, fueron el preámbulo al pescado a la brasa más rico del mundo. Sonó Shorter, Oscar Peterson, la big band de Maria Schneider, Zenón… y todos escuchábamos como niños. Hay una magia en escuchar música colectivamente. No sé cómo explicarlo. Es como si en algún plano las atenciones de cada persona se aglomeraran en una sumatoria de uso común que contiene los criterios y la concentración de todas ellas. Es entonces cuando detectas ese golpe estratégico en el bombo que había pasado desapercibido durante décadas, o descubres por primera vez una intención oculta en la frase con que termina la melodía.

***

Caminamos en procesión con los instrumentos hacia la casa de la cultura. Ahí será la descarga de cierre del festival. Casona colonial preciosa con su reverberación satánica indispensable para este tipo de actividades. Montaje, con gente ya, dos tarimitas de mypimes vendiendo cerveza y cositas masticables. Qué emoción.

Siempre extraño las jams. En La Habana las extraño mucho. Sé que la culpa en gran parte es del aterrille diario, el transporte etc., pero el músculo musical de una ciudad lo da en buena medida el que los músicos nos juntemos a tocar. Haya o no haya money por el medio.

Gente joven sube a tocar. Me parece un milagro. Uno con nombre propio. Nos celebramos las ideas en los solos, los colores en los acordes, las complicidades rítmicas, y tocamos, sin egos y sin esnobismos. En Morón, con los Oney, así es como se hacen las cosas.

Aquella noche terminó en la habitación del hotel. Nos subimos con los instrumentos, comida del pantry, cervezas de no sé dónde, y en aquel camarote brutalista sonaron la música y las risas hasta la madrugada.

Pocas horas después, atravesando cañaverales rojizos de vuelta a La Habana, pensé en que cuando menos te preocupa trascender, más profunda es la huella que dejas. Solo tienes que ser un imán.

Como nos decía en el conservatorio el gran Eladio Reinón a modo de mantra: curiosidad, constancia, paciencia y amor.

Alfred Artigas Más publicaciones

Deja un comentario

Aún no hay comentarios. ¡haz uno!

También te sugerimos