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Reportajes Foto: María Lucía Expósito

FIC Gibara ¡vela por la música!

Gibara es una madre que envejece lentamente, te recibe cada agosto con el mismo entusiasmo, pero poco a poco ves sus arrugas, las calles pierden el color y a más edificios los cubre un manto de abandono. La madre que, en sus faldas azules vaporosas, acoge cada llanto de felicidad y tristeza o te regaña acaloradamente cuando llevas muchas horas de la mañana sin comer. En el Festival Internacional de Cine Pobre la familia, los vecinos, los amigos y todos los que recibimos la invitación nos reunimos para celebrarla, expectantes de qué pasará en la nueva edición: de qué filme nos enamoraremos, a qué músico descubriremos, con quién bailaremos; evitando a toda costa una nostalgia prematura que te puede encontrar si miras demasiado al mar. ¿Y qué es Gibara para los habitantes del municipio cabecera de Holguín? Otra casa, el lugar al que tu familia te llevaba de vacaciones cuando eras niño y al que ahora vas con los colegas cuando te aburres en verano y aún no es festival. Ese lugar al que todos los occidentales llegan maravillados y tú solo los observas y les dices “sí, maravíllate con razón”.

Para José Enrique Rodríguez, más conocido como Pipo, pianista y director de Sintergia Jazz Collective, este FIC fue la primera vez que pudo tocar en Holguín con su banda, un año después de haberse ido a la capital “buscando camino”. Graduado del Conservatorio de Música de Holguín José María Ochoa, Pipo es ese muchacho fácil de tratar que todos conocían en la ciudad porque se paraba a improvisar con los trovadores, o en las jam sessions de las Romerías de Mayo. Decidió irse para el ISA de La Habana en 2023, donde rápidamente se volvió muy unido a sus compañeros de beca y les compartió algunos temas de su autoría que nunca habían visto la luz. El resto es historia, la misma historia de tantos holguineros “palestinos” en la capital, que encuentran su nicho y se ponen a crear para poder subsistir (económica y espiritualmente). Al fin regresó, para compartir con los amigos de siempre, con la sonrisa y el pelo rizo que lo identifican en cualquier parte, pero más emocionado, más risueño, porque en Gibara confluyeron sus colegas de la capital y los nuevos representantes del jazz de la ciudad de los parques.

Sintergia Jazz Collective está integrado por Marco Antonio Prades (saxofón, Santiago de Cuba), Gabriela Muriedas (saxofón, La Habana), Luis Ernesto Martínez (batería, Matanzas), David Ribalta (bajo, Matanzas), Panchito González (trompeta, Holguín), Jesús Darío Bordón (clarinete, Cienfuegos), Pipo en el piano y Anahi Saura, habanera, en la producción. Pretende llevar el jazz a los jóvenes cubanos, bebe influencias de la música alternativa, el rock, el funk, el pop y surge del deseo de tener algo propio, algo fuera del ámbito académico. Si conocen a alguien que crea que el jazz es aburrido y lento, llévenlo a escuchar a Sintergia y si no se puede, esperen al próximo año el lanzamiento del álbum Desde Holguín, para cambiar su perspectiva. El Club Náutico los acogió en una noche sin igual, llena de invitados como Claudio González (Misifuz), Hernan Cortes (Mosaiko), Redi Fernández (flautista), Arian Pol Lamour (didgeridoo, instrumento aborigen de origen australiano), Tobías Alfonso (El Mono Lácteo), Andy Guerra (pianista), Oscar Martínez (Boomerang) y una energía que envolvió a cada miembro del público y lo hizo levitar.

Foto: María Lucía Expósito

Cuando se trata de eventos grandes, Pipo tiene claro que nada es perfecto, él mismo trató con los productores del FIC y vio de cerca su empeño y preocupación en que todo saliera lo mejor posible, las guaguas que llevaban y traían a los músicos hospedados en Caletones (por falta de espacio en Gibara) nunca faltaron, así como la comida en los restaurantes designados. “Son tiempos difíciles, de muchas carencias, el tema de[l alojamiento] Caletones no era el ideal, porque le impedía a los invitados disfrutar de las actividades que se hacían en la madrugada, pero hay que ser justos y valorar lo que se pudo hacer”, me dice con la humildad que lo caracteriza, “con respecto al año pasado, sentí que este se dio muchísimo mejor y tengo fe en que el próximo seguirá superándose”. Más que nada, este FIC fue una meta cumplida para el joven jazzista holguinero, un agradecimiento a la tierra y los amigos que siempre lo apoyaron. Luego de pasar un rato con Sergio Ochoa, fundador y lead singer de Boomerang, podría decir que Gibara ha sido su madrina, guiándolo y recordándole el valor de la música y la creación en su vida. Sergio lleva seis FIC Gibara en la piel, desde los 16 años, con sus padres, hasta los 27 con su propia agrupación; formada en septiembre de 2019, solo mantiene de los músicos originales a Frank Fonte, bajista, director musical y productor, y a Simón Ibáñez, pianista y arreglista —aunque ha visto un aumento en su plantilla debido a cambios de formato—.

Foto: María Lucía Expósito

La noche en que tocó Boomerang no tuve descanso, trayendo a la actualidad el son y el chachachá mediante la fusión y la música alternativa. Ya había visto a Sergio en acción un rato antes, tocando con Fito del Río y la Granja, pues por temas de presupuesto ellos le propusieron a la organización traer a los tres grupos (Boomerang, La Granja y Frank Fonte) como uno solo: Debido al éxodo de los últimos tiempos estos artistas tienen sus proyectos independientes, pero tocan para los otros; esa solución permitió a cada uno tener su momento y resultó económicamente más sostenible. Sergio gozó cada espacio, interactuó con el público como todo un showman, agradeció, nos hizo reír y más tarde me recalcó la belleza de tocar con sus amigos.

Pero la anécdota que me hace calificar de madrina en el árbol genealógico de Sergio a Gibara data de su primer festival. Sería Gibara 2019, en el concierto de un grupo indie español, la que le susurrara al oído como un canto de sirena: «dale, que tú también puedes tocar con una agrupación allá arriba», y decidió crear Boomerang.

No hizo falta cuestionar si repetirá el próximo año, hay un pequeño malecón en la mente de Sergio que es gibareño y no habanero. Le pregunto precisamente por la organización y me dice: ”si paso trabajo en La Habana, paso trabajo en Gibara, pero nos reímos de todo, yo tengo fe en que puede mejorar”. Mientras algunos artistas alojados en Caletones se conformaban con dejar el festival a la una de la madrugada, otros amanecían o dormían en el sofá o el piso de algún amigo, ese fue el caso de Fito del Río y la casa de renta donde estuve con otros habaneros. FIC Gibara es ese espacio donde pasas de escuchar y admirar a alguien por tu celular, a tenerlo sentado en la mesa desayunando y compartiendo historias. ¡Y vaya si Fito tiene historias!

La primera vez que escuché Sacrificio, su último álbum, recuerdo haber sentido una potencia impactante en su voz, un desgarro lleno de sentimientos que no había otra manera de entender sino cerrando los ojos y dejándose llevar.

Foto: María Lucía Expósito

Vi a Fito por las calles gibareñas un par de veces, siempre sonriente, caminando como si se las conociera de memoria, es un error etiquetarlo en un género u otro, en una “tribu urbana” u otra, porque cuando se subió al escenario siguió siendo ese muchacho de camisas anchas y pelo revuelto y también un gran storyteller que hizo vibrar al público que ya se conocía sus canciones, aunque fuese su primera vez en la Villa de los cangrejos. No somos lo mismo después de ese concierto, de vez en cuando todavía me resuena Llevas una isla adentro. Me confesó que suele tener grandes expectativas y trabaja porque se cumplan, “yo me sentí escuchado, eso es lo que siempre busco, que la gente se abra, abra el corazón, la mente y se sensibilice, fue muy lindo tocar también con amigos que tienen sus propios grupos, que entienden la responsabilidad y lo que significan esos momentos”. Estos amigos fueron Tobías Alfonso en el piano, Frank Fonte en el bajo, Claudio Fernández en la flauta, Hernan Cortes en el drum, Sergio Ochoa como corista y Waldo Ramírez en la guitarra. En el formato original tocan indistintamente Hernan o Jorge Fernández en la batería, y de manera fija José Fernández en el piano.

“Me encantaría repetir el próximo año, pero hay algunas cuestiones de producción que espero puedan mejorarse… La vida del festival se la da el público, uno puede intentar buscar las palabras, pero no hay mayor verdad que esa”.

Como miembro de la familia gibareña, es mi segundo año consecutivo quedándome todo el festival, el cuarto de conocerlo y mi historia favorita de esta edición es una que ya todo el que me conoce se sabe de memoria. A los dos días, exploraba una tarde los parques gibareños buscando dónde comer y empezó a llegar a mí la melodía de Meteorito, seguida de la voz de Tobías. Recuerdo pararme en seco y pedirle a mi acompañante, casi temblando, que parásemos un momento y siguiéramos la música. Ahí estaban, en el Siglo XX, tocando de imprevisto él y Adrián, otro músico que seguía en Instagram y que hoy llamo amigo. Los temblores aumentaron cuando, al terminar esa pieza, Tobías dijo que la experiencia de Gibara era muy linda y cantaría una canción que reflejaba eso, el querer regresar. Si bien me hubiera encantado entrevistarlo apropiadamente, está muy concentrado en su arte y su sentir, me quedo con su yo más honesto, el que se emocionó cuando le regalaron un cuaderno para escribir nuevas canciones, el que de un momento a otro colmó de elogios (y verdades) a Adrián sobre la sinceridad de su arte y su guitarra criolla en la época de las guitarras eléctricas y, sobre todo, el que se puso a tocar y cantar mientras esperábamos un transporte de vuelta a casa que no sabíamos a qué hora llegaría. El mono lácteo surfeó las aguas de Gibara con su música, mi mayor dicha fue presenciarlo.

Foto: María Lucía Expósito

El FIC por supuesto también honra a los grandes músicos de nuestra cultura, dándole la oportunidad a las nuevas generaciones de conocerlos de forma personal, escucharlos en vivo, bailar con ellos, darse cuenta de que esa canción que cantan sus abuelos es de la autoría de los instrumentistas que tienen enfrente. El primer concierto del festival lo protagonizó la Orquesta Original de Manzanillo, aún dirigida por Pachi Naranjo, quien tomara el liderazgo a sus 14 años, hasta hoy con 74. Es admirable el recorrido artístico de esta agrupación, teniendo en cuenta su lugar de origen y su formato; casi como una metáfora del propio festival, el cual ha sabido luchar contra el llamado “fatalismo geográfico” beneficiando a proyectos que no encuentran su nicho en otro sitio. Y para cerrar disfrutamos de Manolito Simonet y su Trabuco, quienes nos permitieron gastar toda la energía que quedaba en esa última noche.

Foto: María Lucía Expósito

Aunque quizás el momento más emotivo fue la presentación de David Blanco, sintiendo a viva voz “le canto a Cuba querida, la tierra de mis amores”.

Es duro despedirse de Gibara, a todos se nos queda un pedacito de vida ahí en las mil y una aventuras que se tienen en cinco días; quizás por eso es imperativo regresar, porque una vez que Gibara te reclama como suyo, no hay manera de cambiarse el apellido. El tiempo se detiene y se reanuda cada año, los vínculos se fortalecen y los problemas pierden magnitud, esa es su magia. Eso, y la familia que uno crea.

Ana Laura Rodriguez Gonzalez Más publicaciones

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