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Reseñas Foto por Dagoberto Cobas.

Festival de la Salsa 2024: La música atrae más allá de la lengua

Miércoles

Al aire libre y con el resonar de un posible invierno en La Habana, la noche rompe y llama a la celebración en el Club 500 (calle 12 entre Calzada y 3ra), sede del Festival de la Salsa. Bajo la dirección general de Maykel Blanco y la dirección artística de Edith Massola, acontece esta octava edición de este evento que se propone aglutinar lo mejor de la música popular bailable cubana. 

El horario de inicio de los conciertos se retrasa, como suele pasar en el primer día, pero poco a poco el ambiente va tomando forma con las propuestas gastronómicas, la música grabada para entrar en calor y algunos invitados que se dejan ver. 

A las 9:00 de la noche hace entrada la primera de las bandas: Manolín, El Médico de la Salsa, quien da la bienvenida a los invitados, un público mayormente extranjero que observa con intensidad y baila. “En la cara se te ve”, afina el coro, y bautiza con el sello de la música cubana las primeras notas del evento. Que la noche amenace con frío no impide a los presentes disfrutar, cada quien con su “pinta” lista para acompañar el baile.

Hay público, sí, pero no todo el que se quisiera. Observo el batir de algunas banderas: México, Panamá, Francia; el festival convida a latinos, europeos y cubanos a dominar el ritmo, a corear canciones y a bailar, como si fuera todo “una aventura loca” en La Habana.

La próxima orquesta, Anacaona, está cumpliendo 92 años de fundada y es recibida con aplausos. Se mueve entre los temas más conocidos de su repertorio y una nueva sonoridad que llega a su punto más alto entre las improvisaciones con el coro de la canción de Shakira y Karol G. en tiempo de salsa. Con la compañía de baile Tiempo Sabás a cargo del intermedio durante el cambio de orquestas, y con el público inyectado por la adrenalina, el escenario cobra un brillo diferente; alguien agarra mi mano y me invita sin siquiera pronunciar una palabra a mover el cuerpo, todos aprueban el baile. 

Foto por Dagoberto Cobas.

Más tarde, casi llegando la medianoche, la clave se marca sola y no hay necesidad de presentación para el tercer invitado: Issac Delgado nos invita a ajustarnos al tema, con una banda que retumba y suena casi perfecta. Los pies están inflamados, pero eso no es excusa para el bailador. A coro de “salsa, lo que quiero es salsa”, se produce un eco, una oleada de sudor que mantiene la noche viva. “Si tu mirada matara”, corean los presentes. 

La cuenta regresiva se aprecia en una pantalla encima del escenario, los músicos se ajustan a ese tiempo, el público mece sus manos. El festival de la salsa marcará el pulso de los próximos días. La curiosidad me atrapa y me muevo entre la gente, palpo el espacio: veo variedad en las edades pero la misma energìa; compruebo que la música atrae más allá de la lengua, es una teoría compleja y completa que marca un estado, que permite que fluya la verdad.

La última propuesta de la noche viene de Manolito Simonet y su Trabuco, quien auguraba que “en La Habana hay una pila e’ locos”; locos hoy por el aire frenético que mezcla el casino y el guaguancó, amantes de una noche. El baile de los músicos, combinado con canciones que todos conocen, impulsa la madrugada: el movimiento se mezcla como la sangre que no para de fluir dentro de los cuerpos. El primer día de conciertos deja a todos exhaustos, pero ansiosos. 

Foto por Dagoberto Cobas.

Jueves

El segundo día tiene un aire diferente, quizá la voz se ha corrido y el público ha aumentado. La orquesta de Chispa y los Cómplices abre la noche, y como invitado tiene a Pedrito Calvo, con quien todos corean “los pájaros tirándole a la escopeta”. No recuerdo cuando conocí la canción, solo que me es inevitable cantarla; pienso que así le pasa a muchos que van llegando, llevados por la inercia del ritmo. Tras Chispa, con Iván el hijo de Teresa se mezcla la timba y la rumba alarga los coros; pide un brindis y también agua para Yemayá, tal vez por estar cerca del mar muchos sienten su bendición. Le sigue Maikel Dinza y Soneros de la Juventud, quien le canta a la Caridad del Cobre, el sudor se mezcla con girasoles; “tócale para que baile el bailador”, dice el coro que muchos defienden y aplauden, al tiempo que los fotógrafos suben al escenario y se hacen eco del ritmo. 

El público no quiere parar. Llega como un tren indetenible la última orquesta, a la que muchos esperan. Con Los Van Van y a su paso de “vamo’ a pasarla bien” las ruedas de casino se acumulan a mi alrededor, se hace imposible caminar. La hora prevista se acaba; pero el tiempo se alarga y la noche también. Mientras, se homenajea a Juan Formell, Adalberto Álvarez y su Son, César Pupy Pedroso, José Luis Cortés y Juana Bacallao. El viaje de la música cubre un tiempo que se me distorsiona, un tiempo en el que se mezclan ritmos, sonidos y sentimientos.

Foto por Dagoberto Cobas.

Viernes

El fin de semana parece que convoca al público, el ambiente en el estadio se siente más cargado; algunos esperan orquestas y canciones específicas, otros llegan a pasar una noche diferente. Hay más personas, la cosa se pone mejor. 

El viernes nos trae orquestas de renombre como Lazarito Valdés y Bamboleo, El Noro y Primera Clase, Paulito FG y su Élite y Elito Revé y su Charangón. Los pies se sueltan, el pasillo se armoniza con los pasos de Jennyselt Galata, Yanet Fuentes, Maykel Fonts. El escenario es testigo de la conjunción de los artistas, la música es un bálsamo que siempre reconcilia. 

Esta noche me deja la experiencia de escuchar en vivo a varias de las agrupaciones que han puesto a disfrutar a más de una generación de cubanos. Las ruedas de casino definitivamente son parte de nuestra idiosincrasia; el ritmo se apodera una vez más de La Habana, como si lo más importante en este momento fuera el festival. 

Foto por Dagoberto Cobas.

Sábado

La lluvia amenaza, el sábado amanece gris, pero “siempre que llueve escampa”, y la música cubana tiene su raíz en la resistencia. La noche del 24 de febrero es testigo de Papucho y Manana Club, Haila María Mompié, Giro y la orquesta 8 y Más, y Maykel Blanco y su Salsa Mayor, quienes bautizan, cada quien con su estilo, la música cubana. 

El Festival ha resultado un espacio propicio para el intercambio. A pesar del éxodo de algunas de nuestras orquestas salseras, la energía ha sido espontánea y el público ha podido elegir entre una gran variedad de propuestas. Queda demostrado, una vez más, que la música cubana rompe barreras y que el baile es un buen remedio para aliviar las cargas, para sanar. Si bien el listón queda alto para futuras ediciones, sería provechoso continuar profundizando en el arte de la danza y su aprendizaje, que se promuevan más los intercambios académicos y que se creen más oportunidades para los músicos emergentes. 

El anfitrión promueve la energía de lo familiar, más allá de tener la oportunidad de disfrutar de las orquestas por separado se agradece la mezcla, el ir y venir que muchas veces termina en alguna fusión arrasadora. La energía compartida me deja el sabor de que la música es solo una y que la mueve el sentimiento de manifestarse. Marlon Pijuán, maestro de ceremonias del evento, complementa la estancia con una competencia de baile, que incita a los más osados a lucirse, y al público en general a ser juez y parte. Cuando el escenario se calienta la única forma de existir es mover el cuerpo hasta el cansancio.

Foto por Dagoberto Cobas.

Domingo

El domingo decido llegar más temprano y encuentro huellas del día anterior. Hago preguntas a los asistentes, algunos están desde la tarde, muchos esperan el cierre “que parece prometedor”. Al cubano le gusta la salsa, le gusta “lo nuestro”; es el día que más afluencia aprecio, en los lugares reservados, incluso en el de la prensa, hay bastante público. 

La última noche arranca con La Original de Manzanillo, una de las orquestas más icónicas de la música popular cubana y que puso a bailar a muchos con “a la hora que me llamen voy”. 

Entre canciones converso con Juan Guillermo, JG, el segundo invitado de la jornada, para quien “el festival es una oportunidad que Maykel Blanco ha dado a las orquestas de música popular para que se unan más. Esta edición del festival le ha dado lugar a todo el que está haciendo buena música cubana.”. A propósito de su propio trabajo me dice que “el género urbano se ha posicionado en un buen lugar, creo que están en un buen momento; en lo personal trato de fusionarlo con lo que hago porque es el sonido que le gusta a los jóvenes”. 

A JG le sigue Adalberto Álvarez y su Son, lo que me trae de vuelta a mi infancia. Recuerdo a Adalberto sentado en mi terraza; ahora estoy en el festival, y disfruto la orquesta como nadie. Bryan Álvarez hace el coro tan tradicional de “Voy a pedir pa´ti, lo mismo que tú pá mí”, y brindan por Adalberto, por la música cubana y piden la bendición a las deidades.

Tienen como invitado a Diván, para el que “toda la música que esté bien hecha, es buena música. Algunos artistas en el festival han mezclado temas de música urbana con música popular y creo que están haciendo lo correcto, porque al final todos trabajamos para el mismo público, que es el pueblo cubano. El festival de la salsa mantiene la música cubana viva, la música del bailador y tenemos que mantener esa idiosincrasia”

Foto por Dagoberto Cobas.

Ansiosos, más allá de la una de la mañana, entran al escenario Alexander Abreu y su orquesta, Havana D’ Primera. Escuchamos ritmos perfectos y su voz pone a todos a bailar. El sudor se burla del frío de la noche. Los celulares inmortalizan el momento, cada quien desde su lugar. Alexander y su banda ponen la energía del Club 500 demasiado alta, su música garantiza el cierre perfecto para el Festival. Con canciones como La chica del escenario, del nuevo disco, Pueblo Griffo , y los clásicos que no pueden faltar, tiene al público coreando y quien no, tararea entre movimientos y sonrisas. La banda desprende humo, caminamos, todos, por arriba del mambo. Las letras de Alexander se nutren de lo popular, de las historias de la calle, de la cubanía, pero también de aquello que se aleja y nos afecta. El evento llega a su fin con el escenario lleno y una conga que invita a los artistas y a todo el público, a las tres de la mañana, a arrollar.

Foto por Dagoberto Cobas.

María Karla Larrondo González Más publicaciones

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