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Fotorreportaje Foto: Marcela Joya

Estirar la magia

Parece un desfile de pericias coquetas en cámara lenta. Una coreografía bien ensayada. Una exhibición de moda de los años 30. El fondo sonoro de un sueño de Tin Tan. Parece pasado pero es presente de muchos: el danzón se baila en el salón Los Ángeles como si fuera la música más importante de hoy.

Este lugar, que está en la Colonia Guerrero de la Ciudad de México desde 1937, y puede recibir a unas setecientas personas a la vez, tiene mucho rojo en sillas, sombreros y labios, y un eslogan que reza que “Quien no conoce Los Ángeles no conoce México”. El taxista que me llevó una tarde de domingo del pasado enero me lo recordó cuando le pregunté si sabía cómo llegar al salón. “Y supongo que bailan muy bien”, agregó.

Dije que suponía mal. Pero eso no importaba porque íbamos solo a mirar. De qué manera tan distinta a los cubanos bailan el danzón los mexicanos; porque tanto en sus coreografías como en su forma musical, el danzón mexicano es bien diferente al cubano. Se notan en el primero, por ejemplo, las influencias del tango y de las big bands estadounidenses. Por eso las secuencias de baile de doce pasos, las tantas trompetas y los tantos saxofones en una orquesta. No hay tanto, o nada de eso en el danzón que, creemos, empezó a tomar forma en Matanzas, como a finales del siglo XIX.

Tampoco es que en Cuba importe demasiado el danzón, ni ahora ni desde hace muchísimo tiempo. Mientras que en México tuvo su momento de renacimiento —y con eso de “academización”— durante la década de los 90, en Cuba ya lleva décadas fuera de casi todo repertorio y pensamiento. Tal vez algo tenga que ver con que, si bien en ambos lugares el danzón fue primero música de élites y después de fiesta en la clase trabajadora, en México muy rápidamente se instaló en la clase media, donde sigue repicando.

Foto: Marcela Joya

Para simplificarlo mucho, un profesor de baile en México hoy le explicaría a un novato  que el danzón es una pieza musical que se divide en tres partes: melodía uno —o estribillo—, melodía dos y montuno. Al final del montuno hay un remate —en el que se bailan ocho compases— y entonces una pausa de movimiento. También simplificándolo mucho, un musicólogo cubano diría que no, que el estribillo es la introducción, el montuno lo que le sigue y lo que se baila, y la pausa —que no existe— es más bien el paseo, en el que no se baila pero tampoco se para (como hacen los mexicanos), sino que se “pasea”

Tal vez suena confuso, porque incluso si se le mira, lo es. A mí las pausas de los mexicanos al comienzo me confundieron. Los estuve observando bailar por tres horas y casi no doy con el chiste. Pero no es tan difícil: se trata de entender que hay un apego casi amoroso a la frase musical. El danzonero mexicano, como pocos bailadores hoy, se mueve con los ojos puestos en los de su pareja, y el oído pegado a la orquesta —oh, ¡en Los Ángeles se baila con orquesta en vivo!—. Si escuchas bien, sabrás dónde parar. En la pausa, que no quiere decir que la música para sino que el ritmo cambia, a veces la pareja mira a la banda sin soltarse las manos. Otras veces, se miran entre ellos como si estuvieran a punto de besarse, pero no. Se sonríen con parpadeos. Se hablan con leves movimientos de cuello. El danzón es un baile de lenta seducción cuyo fin no es la conquista, sino el juego de estirarla. No me interesa particularmente aprender a bailarlo pero, mirándolos, pensé que quisiera poder bailar así la vida, estirando esa magia; y que la orquesta del día a día no me permita olvidar la importancia de la pausa, de los silencios.

Foto: Marcela Joya

Pero las pausas concretas como figuras de baile en el danzón mexicano antes no existían, dicen algunos, y las vino a imponer la academia. Ramona Celis —que lleva toda la vida que recuerda bailando danzón—  piensa, en cambio, que así se ha bailado desde siempre; aunque le parece recordar que mucho antes, además de parar, también caminaba de la mano de su compañero durante la pausa, como en una especie de “agradable silencio sonoro”. Y es que solo hay “silencios sonoros” en Los Ángeles.

Durante los recesos de la orquesta, esta vez, la Danzonera Acerina, el DJ pone mambo y los mexicanos —estos mexicanos, digamos— lo bailan con una agilidad bien opuesta a la que poseen para bailar el danzón. Algo pasa —o no pasa— en sus caderas, algo no pasa —o pasa— en su deseo; pareciera que el mambo se impusiese como culminación de un flirteo que nadie está dispuesto a concretar.

Otros días, a veces los sábados, en Los Ángeles tocan son cubano. Hay cada vez más músicos cubanos en México, y cada vez menos músicos cubanos en Cuba. Cuando fui a Los Ángeles, estaban anunciando un grupo que vi en otro lugar y cuyo nombre me dejó un zumbido. La Nueva Nostalgia, se llamaba.  Pensé que si hay algo que no necesitamos renovar en esta vida es la nostalgia; casi la repudio. A veces creo comprender que tantos la cultiven, pero yo la quiero lejitos de mí. Lo curioso es ver que a tantos les seduzca esta “renovación”. He oído de, por lo menos, cuatro grupos con ese mismo nombre.

Foto: Marcela Joya

Esta Nueva Nostalgia no es la que se fundó hace cuatro décadas en Cuba, ni la de Maracaibo, sino un grupo de músicos mexicanos y algunos cubanos recién llegados desde Santiago —y cómo se nota—. Sonaban exquisito, aunque insistieran en tocar más de lo mismo porque “eso es lo que los mexicanos quieren oír”. No creo que sea tan así.

Me quedé preguntándome si, acaso, a estos danzoneros de Los Ángeles les pasaría con el son algo parecido a lo que les ocurre con el mambo. ¿También les evaporaría la magia de la espera y lo bailarían por fuera de toda geometría posible, como anhelando el fin? Me pareció que otros mexicanos, en otros lados, en casi todos lados, lo bailaban un poco así.

Foto: Marcela Joya

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Marcela Joya Marcela Joya Sabe hacer cosas útiles, como cortar pelos ajenos y emborrachar a los otros, pero prefiere escuchar música, escribir y tomar fotografías. En ese orden. Más publicaciones

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  1. Alfredo dice:

    Deliciosa explicación de cómo bailar el danzón. Tan precisa como aquella seducción que persigue solo alargar la conquista, en un rito de pausas, sonrisas y silencios cómplices. Estuviste genial..

  2. Ivan Restrepo dice:

    Muuuuy buena nota sobre el baile en el mítico Salón Los Ángeles

  3. Rosa Marquetti dice:

    Maravillosa crónica visual y sentimental. Gracias, querida Marcela Joya, por esa aguda mirada y ese lente profundo, solo tuyo.

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