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Crónica Ilustración: Rubén Cabra

Ensemble Interactivo de La Habana: la gira

Son las cuatro de la tarde en el vagón de un tren que entrará al anochecer de Ámsterdam. Cargados con instrumentos y maletas, van dormidos los cuerpos de Yasel Muñoz, Mariana Hutchinson, Sarah Gutiérrez y Pepe Gavilondo. Hace 17 días, el 18 de abril de 2024, aterrizaron en el aeropuerto de Hamburgo, Alemania, para atravesar cuatro países y siete ciudades en 15 conciertos. Juntos, por primera vez fuera de su escenario habitual cubano, armaron los caminos de la aventura del Europe Tour del Ensemble Interactivo de La Habana (EIH).

Han corrido los meses desde que iniciaron las gestiones el año anterior con el anuncio de la gira y su campaña de recaudación de fondos en la plataforma WhyDonate, apoyados por la académica y productora alemana Lea Jakob.

El EIH es un proyecto de creadores e intérpretes que se dedica a desarrollar y promover prácticas musicales de carácter interdisciplinario y experimental. Desde su fundación en 2014, el Ensemble ejecuta distintas fórmulas de improvisación colectiva y un amplio espectro tímbrico que surge de la combinación de instrumentos variados del mundo sinfónico, la música étnica y la música electrónica.

Esta bitácora parte del interés por documentar —gracias a la correspondencia por audio— las cartas intercambiadas durante el trayecto, los matices escritos e ilustrativos de lo que podría llamarse un trasplante provisional en la vida y el alma de los músicos mientras interceptan otras latitudes.

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El tren continúa en marcha insonorizada hacia Ámsterdam. “Deberé de hablar bajito” dice pegado al teléfono el susurro de Pepe. En la calle Línea de La Habana está por llegar el horario más ruidoso del día.

Días lindos pero muy agotadores se deslizaron en la retrospectiva de Viena y Ginebra. Ahora van a otra capital con ocho bultos pesadísimos. “Pero Viena es especial —cuenta la voz—; está hecha como de pasteles finos. Una ciudad de silencio, orden y anti caos”.

Fue en Viena que llegaron las primeras cartas del EIH. Allí tuvieron un reencuentro con dos almas que poblaron ramas de la historia del Ensemble: la violista Angélica María Cruz (Angie) y la clarinetista Vivian (Vivi) Ferrero estuvieron junto a ellos. Angie vive hace más de seis años en esa ciudad y Vivi hizo una travesía desde Italia para acompañarlos. Si alguien les hubiese dicho que cinco años después andarían por las calles de Viena dando el mismo berro de siempre, no lo hubiesen creído.

Es casi mediodía en una capital diez veces menos ruidosa que La Habana. Pepe está en la entrada del museo. Puertas adentro, en el Leopold, los demás siguen mirando las colecciones de Klimt y Egon Schiele. Suena entrecortado. Las cuerdas vocales intentan sacudir el cuerpo cuando los ojos han visto demasiado rápido:

“Viena es arquitectónicamente fascinante, es un viaje en el tiempo. Es también mucho espacio, mucho silencio, calma —hace una pausa para sacudirse la nariz y esto percute la grabación en un registro grave que me ubica en la oscuridad del pañuelo—;  espectacular».

Por ahora, la sensación más fresca llega en la última oración de Pepe: “Anoche, en un bar, Yasel partió en dos a Viena”.

Yasel Muñoz está en el escenario de un club de jazz, situado a la izquierda de la noche del jueves 25 de abril. La flauta es en este minuto de la noche el músculo que domina al resto. El cuello es un arco a merced de notas cada vez más extendidas. Su cuerpo entero parece estar hecho de viento. Vendaval abrasivo que revienta una esquina titilante de la nocturnidad musical vienesa.

Yasel se levanta con resaca. Se viste. Un cigarro dice la primera palabra. Los demás aguardan. El día antes, y el siguiente, la Universidad de Ciencias Aplicadas y la Universidad de Música y Artes performáticas, ambas con sede en Viena, fueron parte del periplo de estos músicos cubanos:

“Hicimos otro workshop donde estaban haciendo un festival del medio ambiente en Viena y colaboramos con nuestro aporte musical. Participamos en una serie de conferencias muy interesantes sobre el poder en el arte y el poder como concepto global. Pudimos escuchar e intervenir. Las exposiciones apostaban por lo alternativo, por romper las barreras que impone cierto tipo de poder político y económico, cualquiera de esos paradigmas. Fue súper bueno saber que hay gente conectada en ese mismo canal con nosotros. Por poner un ejemplo afín, a nosotros en Cuba no nos incluyeron en el catálogo del Centro Nacional de Música de Conciertos y ahí estamos rompiendo completamente con el poder de una institución con tanto poder estructural”.

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Un tren que intercepta los Alpes Suizos los despide de Austria. A Sarah le conmueven las imágenes de este trayecto. En su recuerdo irán a asentarse las alturas nevadas, superficies grisáceas y rocosas con costillas blancas. Pepe tiene los ojos pegados a la ventana. Lleva consigo una cámara con la correa enlazada al antebrazo.

En Ginebra, las fotos de viaje dan cuenta de la estancia en una ciudad mitad gris, mitad soleada. Durmieron en un apartamento de dos habitaciones. Un amigo del barrio de Pepe y de su hermano los llevó a ver la ciudad desde lo alto. Salieron a explorar las montañas y allí encontraron, junto al impacto del frío, un templo budista y a sus monjes rezando. Subieron a donde está el CERN (Centro Europeo para la Investigación Nuclear) y vieron las instalaciones por un balcón enclavado al frente, parados a otra altura.

Ginebra instruyó las papilas del gusto en el sabor de la fondue, una cacerola de queso caliente que huele muy bien al centro de la mesa. Un pincho se sumerge en la exuberancia blanda y amarilla y después va a la boca. Combinado con el queso, a la postre del viaje paladar, se palpan toques de vino.

“Andábamos caminando por la ciudad y en el lago vimos un cisne. Yo me puse a filmarlo muy de cerca. Detrás de mí, sentados en un banco, estaban Yasel, Pepe y Mariana. Yasel se puso a cantar una canción en alemán, obviamente inventada, y nos cagamos de la risa”, se vuelve a reír Sarah.

Tocaron dentro de una librería y también lo hicieron en L’Ecurie, un bar y sala de concierto. El tres de mayo de 2024, la cartelera en francés de Auberge des Verges anticipó en su entrada: “A través de la intercontemporaneidad, las conexiones estéticas y la maestría de la composición de expresiones libres, el Ensemble Interactivo de La Habana nos lleva a un viaje de expansión. Ellos amplían las posibilidades naturales de los instrumentos clásicos gracias a la electrónica para explorar territorios musicales rituales, minimalistas y de improvisación libre. Esta es la trama dramática de la experiencia: ofrecer una guía por paisajes extravagantes, zonas de altibajos, ritmos burbujeantes y dosis de folclore”.

Para Yasel, la improvisación colectiva dentro del circuito de la música contemporánea tiene un lenguaje particular, con gestos muy definidos e interacciones determinadas: “Hemos apostado por tener un poco menos de prejuicios a la hora de abordar este tipo de lenguaje. Tocamos en lugares convencionales y no convencionales. Nos presentamos en salas un poco más serias donde se hace música de autores consagrados, un estilo más de cámara y música escrita. Y, de pronto, en otro lugar se suma una bailarina de tap a la escena, con nosotros haciendo variaciones rítmicas super locas. Esta modalidad, como la música contemporánea y el sound painting, se inventó aquí. Proviene de la música del siglo XX europea, sobre todo la parte de Alemania y el Imperio Austro-Húngaro. En Cuba siempre mantuvimos esa estética de tocar en salas de conciertos más institucionales, como Bellas Artes y Fábrica de Arte Cubano y en espacios insospechados, como un parque, la entrada de una escuela primaria, un ómnibus P2, un elevador, daba lo mismo realmente. Podemos ser igual de académicos, que populares, o folclóricos”.

“Hubo gente que nos dijo que no se esperaban esto viniendo de un grupo de Cuba porque, tal vez, fue a los conciertos con una expectativa determinada. Hubo, por otro lado, quienes valoraron ir a otro país donde nos íbamos a presentar o enviar sus conocidos a nuestros conciertos —Mariana imprime el tono de serenidad de sus diez de la noche sobre mis cuatro de la tarde—. Sabíamos que les estábamos brindando una experiencia única a esas personas. Junto con eso, aparte de que lo que hacemos puede ser una combinación peculiar, no nos limitamos a un género, no nos encasillamos, y eso sí suele ocurrir aquí: o tienes algo muy experimental, o tienes pop, o tienes folclore… Rompimos esos aspectos. Somos todos muy diferentes y hay de todo en Cuba y entre todo hay esto, y esto, en su forma, es muy cubano”.

“La impresión general del público es que nunca habían visto algo así. Cuba puede brindar experiencias como esta, fuera de lo tradicional. Fueron a nuestros conciertos jazzistas reconocidos. Estamos conectando con la gente. De ambos lados nos hemos ido sorprendiendo”, rememora Pepe.

En Albatross Library, pedazo silente en una ciudad de cimas, la intranquilidad sonora del EIH elevó las notas sobre el mutismo de los libros. En el auditorio, la música se movió por el reino de los vivos como el viento entre las montañas.

“El aspecto rítmico tiene un impacto en el público. En los talleres, las presentaciones y las conversaciones luego de los conciertos, percibimos que la gente no está acostumbrada a que los toquen y los abracen. Había quienes deseaban irse con nosotros después de los encuentros —coge aire Mariana antes de admitir que su lado personal está ahora entre dos aguas—. Es lindo cuando chocan esas dos, o esas tantas culturas de Europa del Norte con la cultura caribeña. Mis compañeros descubrieron las dos caras, las personas rígidas con cero sensibilidad y cero reflejo, y las personas que nos recibieron con expresiones más sanas, que aunque muy directas fueron sinceras. Yo soy un bicho intermedio. Personalmente, me vi en una posición curiosa entre las culturas. Estar en el medio de las dos. Entrar en una y otra. Abstraída, como fuera de la situación, me ubiqué también entre el sentir del lado de los espectadores, porque soy cubana y alemana”.

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“Continúo fuera del vagón, por las reglas del transporte. Puedo hablar pero no por teléfono, aunque esté susurrando”. Ambientado aún en el periplo de Austria, el audio fue interrumpido por un schhhh. El del lado se lleva el dedo índice a la boca. Antes de irse a Ginebra, una de las performances dejó ecos en Sternwartestrabe 36, 1180.

Al caer, la tarde construye en los cuatro cuerpos un ejercicio de música interior que invoca los rojizos antillanos. Un cristal-ventana informa que, fuera de esa habitación, insisten todavía el gris y la calma. Los primeros movimientos doblegan lo que ya no será nunca una línea, más bien una espiral de círculos que parten de la existencia secuencial de la insinuación de un tango, que alza su voz después en el caos vociferante de los instrumentos.

Las primeras sombras tildan la marcha musical como pasos que se escapan por una acera húmeda. Estridencias percutidas, van apuradas por los bordes finos de la intemperie hasta el deseo audible en el umbral de lo que ya es una noche movida y a la vez solitaria. Se llega después a un sitio de nota escampada para intentar dormir o permanecer, aunque en la vigilia o el sueño reaparezca, de fondo, la llovizna.

“Momento lindísimo —resopla Pepe— La casa de Ariella; que es donde hicimos el concierto, tiene un patio lleno de flores y de insectos llenos de agua por la primavera. La performance no formaba parte de ningún festival. Esa experiencia nos unió con gente feliz de recibirnos. No hubo que ensayar. Vivi tocó como si nunca se hubiese ido. La idiosincrasia cubana que no se pierde pero a veces se extraña. Qué rico ser cubano, asere. Qué bien llevarse tan bien.

“Ahora le decimos adiós a Suiza, a sus montañas y a su comida carísima. A diferencia de Viena, que es más como la casita mágica de un cuento, en Ginebra encontramos una geografía llena de montañas con sus lagos y con una diferencia en sus costumbres y una dinámica más familiar. Más bosques, montañas más palpables. Muchos niños, programas de energía verde, gente amigable”.

En este tren estarán unas horas más. Preservar el ritmo creativo y la concentración para improvisar, junto con el cansancio, les desafía. Mañana toca concierto. Harán, de nuevo, una performance con guion irrepetible. Se pronostica un día lindo junto a Léster Domínguez, otro músico en las venas del EIH que los acompañará en las percusiones. Pero hoy llegarán muertos.

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Ilustración: Rubén Cabra

Treinta minutos han pasado en el Rijksmuseum de Ámsterdam. Yasel sigue sin moverse frente a La ronda de la noche de Rembrandt. No entiende por qué la gente levanta el celular sobre la impronta del arte.

Rumbo al próximo destino de Países Bajos, el cuadro de Rembrandt se acomoda todavía en los flashes mentales de Yasel, que en esta gira descubrió por primera vez, a diferencia de sus compañeros, la mayoría de los lugares. La primera vez en Alemania, la primera vez en Austria y la primera vez en Holanda: “Lanzarse y fluir con el mood de la ciudad es de las cosas más lindas que puede tener una gira. Ámsterdam tuvo un matiz particular dentro de todo. Como ya Mariana había vivido allí, le entramos a la ciudad por donde había que entrarle. Casi todos los paseos los hicimos en bicicleta. Recorrimos los canales y descubrimos la arquitectura magnífica que tiene esa gente desde el minuto que pusieron el primer ladrillo rojo. Cómo levantaron esa ciudad sobre agua, una ciudad tan cosmopolita y tan heterogénea que a la misma vez te abraza y tiene su propia personalidad. La sensación de ver una arquitectura que nace desde abajo y luego miras hacia arriba y ves esas casas súper estrechas, con su economía del espacio. Eso te vuela la cabeza.

“La vibra de cada ciudad te lleva a un lugar a la hora de exponer un discurso. Llegar a la ciudad de Rembrandt y a la ciudad de Van Gogh y tener a la vista esa súper pincha. Todo eso te transfigura para construir un lenguaje dentro de ese lenguaje, un metalenguaje dentro del tuyo, chocando con cosas. Como quiera que sea estás siendo permeado por todo ese arte y terminas como en una especie de trance sensorial que soltarás cuando vayas al escenario”.

“Pasaron cuatro días libres en Ámsterdam, la ciudad que más disfruté de la gira. Pudimos estar juntos con un tin menos de estrés. Relajar un poco —Sarah tiene otro pasaje narrativo—. Uno de esos días, Yasel y yo nos montamos en una bicicleta acuática y nos fuimos tomando vino, flotando sobre los canales de la zona. La sucesión de conciertos fue cada vez mejor, pero donde más cómoda me sentí fue en el concierto de la sala Splendor”.

En Splendor se filtra la luz azul de Ámsterdam por dos aberturas cuadradas. La tarde morirá muy lento. Viene el comienzo. Suenan las cuerdas de violín y cello, ramas superpuestas sobre la tierra dócil del piano. Después se percute, piedras en las manos hacen chispa encima de las ramas. Y un siseo continuo de flauta enciende el primer destello de fuego.

El fuego hace vapor en el escenario. Su acústica inicial asciende a la racha del agitamiento electrónico. Es de noche. Crujen las ramas, arden. Caliente la base de la tierra. La llama se aviva con el viento que también refresca la superficie de su origen en el eco del contacto entre las piedras.

Sabe ser generoso el fuego que permite a su alrededor un carraspeo de gargantas. Sigue encendido. Pasos de tap llevan en las manos artefactos metálicos que levanta, como rombos brillantes, el cuerpo de Marije Nie, en el clímax de esta fogata. Sabe morir la flama de una combustión improvisada. Deja escapar su huella. La ceniza vuela en los aplausos, a sala llena.

“De Ámsterdam todos nos enamoramos —suspira el audio de Pepe—. Así como un crush. Hard. Falling hard”. Ilustración: Rubén Cabra

El sol de Rotterdam los recibió tras bajarse del tren, antes de una noche multi instrumental y acústica en la sala Batavierhuis. Llegar, montar y tocar. Una estancia breve en otra ciudad de Países Bajos. En los rumbos artísticos de Holanda, Mariana fue traductora cultural de códigos sociales: “Fue muy especial ir con el EIH a Europa. Es como llevar a mi familia cubana hacia esa otra parte de mi vida. Tuve momentos personales y curiosos de reencuentros, gente que no había visto en mil años y que no sabía que iban a estar. Donde más pasó fue en Holanda, porque mucha gente que yo conocía asistió a las salas. Fue surreal. Coincidieron personas que quiero mucho en Holanda con personas que quiero mucho en Cuba. Se unieron mundos muy diferentes”.

La voz de Mariana se desplaza en una cuerda leve. Va abriendo en el transcurso cajas de memorias distintas. En uno de sus bolsos de viaje están los recibos de papel de toda la gira. Ella se encargó de la contabilidad en esta aventura. Eso significa gestionar los fondos, llevar de la mano las cifras de gastos, las entradas que se sumaban de algunos conciertos donde les pagaron “por sombrero”.

Desde su perspectiva, la autogestión de los grupos no es una cosa peculiar del EIH o de ser cubano: “es una cosa bastante común en el mundo, aunque sí es más acorde respecto al tipo de grupo que somos nosotros. En Cuba, generalmente es Pepe quien produce las cosas, más otras cosas que yo gestiono. Estamos acostumbrados a autogestionarnos, pero en otro contexto. La gira nos puso frente al estilo de hacer los viajes solos. Nadie se puede dar el lujo de tener un productor, las orquestas grandes quizás sí, pero todos estos grupos que están más al borde del mainstream, muchas veces tienen que autogestionarse. Aparte de lo intenso y fatigoso, hacerlo fue una buena experiencia”.

De Rotterdam a Hamburgo. La voluntad lucha contra la extenuación. El sexto viaje de tren. Decimosexta de veinte escalas. Paseos, comida, los canales y sus rutas acuosas en las urbes alemanas. En el audio de Pepe se rehace el tiempo de este otro lugar:

“Hamburgo nos cautivó. Es una ciudad de mar y puertos. Allí nos esperaba una sala chiquita pero lindísima. TONALi Saal está escondida en un callejón, tiene un piano buenísimo y un apartamento de huéspedes donde nos quedamos Yasel y yo. El concierto llenó la sala. Asistió mucha gente joven. Fueron músicos amigos de nuestra productora y amigos de Mariana. Una de las performances más especiales, por todo lo que salió. Un canal trascendental e interdimensional. Tocar a flauta, cello y piano fue algo que hacía rato no experimentábamos. Fue como traer esa fábrica que hicimos a trío una vez en la pandemia, cuando Sarah empezó con nosotros, e improvisábamos en casa.

“La gente se quedó impresionada con nuestra estética libre. Nos preguntaron cómo trabajábamos el ritmo, porque les llamó la atención la forma en que manejamos eso, que para ellos no es tan fuerte y lo entienden de una manera distinta. La riqueza en el trabajo ha sorprendido a los europeos. Creo que percibieron lo sincero dentro de esa intensidad que emana en nuestra interpretación. Somos muy abiertos en lo que sentimos”.

En TONALi también se produjo un soundfarm y un soundpainting con académicos de esa sala, profesionales de 30 a 35 años que estudian y trabajan en el campo de la música. Las charlas y abrazos con la gente, habituales regalos de calidad humana: “El día después hicimos un taller de cuatro horas que se desarrolló en un ambiente sano en el que, como director, pude sacar más provecho que en otros talleres y contar con más cosas”.

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Sarah se asombra, a pesar de no ser esta su primera gira. A las claras, todo esto empezó sin saber en qué se estaba metiendo: “Fui con una orquesta a una gira con recorrido amplio y alguna que otra ruta más. Pero el Europe Tour del EIH ha sido el más agotador, la carrera más larga, variada y versátil. Muchas cosas nuevas. Además de que en este modo de experimentación se hace algo distinto. Uno nunca sabe las dimensiones a las que puede llegar algo, hasta que lo estás viviendo. Sabíamos, aparentemente, que iban a ser muchos trenes antes de muchos conciertos, pero una cosa es la teoría y otra es la práctica. Sí, sabíamos que iba a ser aplastante, pero fue definitivamente maravilloso”.

Conforme a la observación de Mariana, el reto está en que todo se mantenga siempre fresco: “Tuvimos que renovarnos, aceptar que hay cosas que podían repetirse y es válido repetirlas y no elaborar todo desde cero en cada performance, aunque me sorprendió lo poco que repetimos. Hicimos una buena pincha en el sentido de darle una vuelta distinta a todos los conciertos. No es como las giras con las orquestas, donde se trabaja con partitura. Cada performance fue único y para ello había múltiples herramientas a nuestra disposición. Hicimos conciertos puramente acústicos con violín, cello, piano y flauta, multiinstrumentales, y otros usando los pedales que tenemos con electrónica en vivo.

“Si hoy te sientes con menos energía, lo que saldrá será eso. Es parte del proceso ser tú misma dentro de esa improvisación. Sabíamos que nos íbamos a desgastar. Decir: caballero, hoy estoy con cero inspiración. La estrategia era hacer algo diferente, pero sin ensayar, para no gastar tantas ideas en el momento del ensayo. Hubo conciertos donde sentimos más conexión que en otros. Ese es el desafío de la improvisación constante, dado que ni en Cuba habíamos tocado tan seguido”, añade.

“De una ciudad a la siguiente, hicimos hasta tres escalas en un solo día, con las maletas y los instrumentos —cuenta Yasel—. Andábamos con un cello, que normalmente ocupa mucho espacio en el interior de un transporte. Rezamos porque no se atrasara un tren para que no se nos fuera el otro, que por suerte no sucedió. Corrimos en muchas de esas estaciones, porque en la transferencia lo que teníamos eran cinco o siete minutos. Eso era bájate y súbete, lidia con los demás pasajeros y avanza con todo ese equipaje pesado para otra zona de la estación. Es una locura que física y mentalmente te abruma. Hubo lugares adonde llegamos y ese mismo día había que tocar. Esfuerzos adicionales dentro de la gira, que ya al final nos encontró abatidos”.

En una habitación silenciosa de Berlín bosteza la penúltima carta de Pepe Gavilondo. A Berlín llegaron exhaustos: a la escala final del séptimo tren, al auge irremediable del cansancio físico y creativo: “Pero Berlín es una ciudad llena de gente distinta de todo el mundo, perfecta para reunirse con amigos. Es mágica y relajada, tiene algo especial que sorprende. Una paz moderna que se expande”.

Se quedaron en casa de Sarah Willis, integrante de la Orquesta Filarmónica de Berlín y presentadora de programas sobre música clásica, que siempre se ofrece a ayudar a los cubanos que encuentra por toda la región. Una tarde, los cuatro acordaron verse en Tempelhofer Feld, la pista de un aeropuerto antiguo y ahora devenida en espacio abierto donde la gente va a montar bicicleta, patinar, hacer picnic y volar cometas. Europa los sacudió de abril a mayo, en treinta días de convivencia.

Empieza Mariana: “Fue intenso estar todo el tiempo juntos. Vivir esa cotidianidad de desayunar, almorzar, andar como de campamento. Fue intenso igualmente porque teníamos una pila de maletas. Mucha cargadera y viajadera en tren. Tuvimos nuestro tiempo de canalización para compaginar cuatro personas, que al final son muy diferentes, durante un mes. Saber cuándo apoyarnos, cuándo criticarnos. Entender que no hay que hacer todo juntos todo el tiempo. Lo manejamos bastante bien. Quisiera saber si se nota que cambió algo después de la gira. Pasamos momentos muy acelerados, momentos donde necesitamos del otro. Lloramos. Reímos. Nos conocimos mucho más en nuestros pequeños hábitos diarios. Nuestros placeres, nuestros disgustos”.

“Aprendí a mantener la calma, a economizar ideas, a tomarme espacio y tiempo para estar sola. Porque, aunque fueran mis mejores amigos, estar conviviendo un mes juntos bajo estrés puede ser complicado y, sin embargo, fue bien”, dice Sarah.

El día siguiente cerraría la última performance para el que eligieron un formato electrónico. Kater Blau, un complejo de bares y restaurantes, los acogerá en uno de los showcases dentro del Classical: NEXT, un festival que presenta a artistas y conjuntos de varios países que trasgreden los límites y amplían los horizontes de la música.

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La racha de un periodo en movimiento azotó la cadencia de los integrantes del Ensemble. El fin de ciclo es un boomerang. Inevitable retorno el de la historia. Al principio, fueron otras las caras que llegaron en avión a este mismo país, el pasado 18 de abril. Un día después, a 246 kilómetros de Berlín, Lüneburgo amaneció con menos de 10 grados. Arrimada al noroeste de Alemania, esta localidad tiene entre sus instituciones públicas a La Universidad de Leuphana, un centro de educación humanista, sostenible y de orientación y práctica que promueve el libre deseo de comprender, la innovación, el desarrollo de la personalidad y el compromiso social.

“Lüneburgo es un pueblito de Alemania que tiene sus características. Súper lindo, pero al berro. Tremendo perro frío. La primera experiencia fue con los universitarios de Leuphana, jóvenes que estudian economía, ciencias sociales, negocios… una pila de carreras diversas, pero ninguna era directamente música. Varios estudiantes se anotaron en este seminario. Fue bastante complicado y había que ponerse a inventar ahí. Al final, la dinámica en los workshops funcionó. Fueron tres o cuatro días de trabajo e interacción con los alumnos. Ellos fueron muy receptivos, mantuvieron el interés y nos preguntaron mucho sobre Cuba”, entona Yasel en perfecto holguinero.

Mariana complementa: “Hicimos dos presentaciones con los talleristas con los que trabajamos. Este tipo de interrelación saca a otros de su día a día un poco tieso. Recibimos mucha información y retroalimentación durante los conciertos y de parte de los contactos que tuvimos con mucha gente en general. Les llegó positivamente la energía que uno tiene como cubano y la sensualidad o la alegría de vivir. Aquí, por lo general, la gente está más cohibida, quizás en todo el mundo hay muchos códigos, y nosotros, viniendo del relajo cubano, como que nos saltamos eso”.

Sarah se estrenó en el lugar de la profesora. Hace solo tres años dejó de ser estudiante. Para la más joven del EIH fue bastante loco estar del lado de quien enseña: “en el primer taller no me di cuenta que era la profesora hasta tres días después. Me estaba comportando como una alumna en el lugar de la maestra. Después lo conversé con Mariana, estuve un poco como en shock, pero fue disfrutable. Sentí que lo podía hacer y que se me puede dar si lo intento”.

Después de dedicarle el día entero a sesiones de trabajo en la Universidad de Leuphana, Sarah tenía rutinas de estudio. Junio tres. Cada vez más próxima la fecha de las pruebas de audición del máster que había deseado hace mucho tiempo. La gira partía en dos sus horarios, para cumplir con los encuentros y para la auto preparación. Dualidad funcional con la que no pudo todos los días. Antes de comenzar este camino, supo que para ella sería un examen de fe mezclada con disciplina.

El taller concluyó el 21 de abril, con un ejercicio musical concebido en el espacio cuadrado entre los pasillos de Leuphana. Su mecánica instrumental simulaba el ciclo del agua. Mariana es el pespunte ascendente del vapor que fue llovizna. Besa el oído que sube y en la cima avista una desembocadura lejana. Sarah es el horizonte, un pincel sobre el mar donde descansa el altar de lo que fue la llovizna de Mariana. Yasel es la nube que arrastra con lluvia en picado también la ventisca. Pepe, efecto de choque ardiente tras el viento lluvioso de Yasel en el rompimiento de la nube alta sobre la tierra seca, gravemente herida.

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El 18 de mayo, antes de ser devuelto a los 35 grados Celsius de La Habana, Pepe estaba solo en el aeropuerto de Berlín. En el departamento de salidas, lo secundaban una maleta, una maletica y el cello de Sarah. Sumergió el tiempo de espera en la añoranza. Berlín se le acabó más rápido de lo que hubiese querido, como siempre pasa, porque él quisiera vivir ahí.

Pegó la columna al espaldar de un asiento incómodo del aeropuerto. Cerró los ojos. Regresó al pensamiento que lo inundó los minutos que se escurrían antes de la última performance en Kater Blau. La palabra último quedó flotando. El último no, se dijo, cuando estén los cuatro en el agosto insular harán una presentación en Cuba: “Llegó el momento de despedirnos por un ratico. Son diez años y una pila de sentimientos y memorias y experiencias que no puedo realmente describir ni contener. La vida es así. Las cosas hermosas vienen por ciclos, y este ciclo está llegando a su fin. Estoy convencido de que no está terminando, sino que nos estamos tomando una pausa para que nuestras vidas sigan por otras facetas. Vamos a ver qué pasa en el futuro”.

Cerca de Pepe, en la antesala sofocada de aquel concierto final, estuvo el sentir nostálgico de Mariana. Entre las memorias acumuladas, pesará el sobresalto del reencuentro: con Léster, que vino a Ámsterdam desde España y con Vivi, que vino de Italia hasta las calles de Viena. Y cómo eso fluyó de una manera tan natural: “Una vez que eres parte, el bicho EIH lo vas a tener siempre en el ámbito personal, artístico y musical. Eso es algo que da mucha esperanza en el sentido del ahora. ¿Dónde vamos a estar? ¿Nos reencontraremos así mismo con 70 años y haremos una gira como viejitos? Creo que sí; el bicho EIH que llevamos dentro se alimenta de la experimentación, de no encasillarse, de no tener miedo a la búsqueda”.

En Sarah, el concepto de gratitud madura en la anatomía sedienta de una intérprete evolucionada. “Después de salir de la academia, lo único que hacía era tocar cello y estudiar música clásica en mi cuarto, sola. Realmente no tenía mucha química con la gente en Cuba como para tocar. Creo que, como con todo, si no tienes química con la gente con la que tocas es muy difícil, sobre todo si es un grupo pequeño, pues en una orquesta se balancea un poco mejor porque un director la dirige. Cuando conocí a Pepe, a Mariana y a Yasel eso cambió, encontré a tres de mis mejores amigos, sin duda, gente con la que tenía una conexión espectacular y gente con la que por primera vez en Cuba yo sentí que podía hacer música y compartir y hacer de todo. Pepe me introdujo en el mundo de la improvisación, cosa que yo nunca había hecho, y, sin embargo, se notaba que tenía mucha facilidad y buena intención para ello. Mi vida cambió definitivamente. Cambió la manera en la que aprecio la música. Cambió la manera en la que aprecio incluso la música clásica. Ahora veo la música como un todo, donde los géneros se retroalimentan y no como de un género tal u otro. Cambió mi vida para relajarme no solo en la música sino en todos los sentidos. Un desafío, sin duda, pero un desafío que no me costó nada. Ha sido y va a seguir siendo un viaje maravilloso”.

Yasel comprendió, en su andar por la vida, que ciertas emociones se condensan y resumen. Su síntesis tiene tres puntos: “el hecho de probar nuestro discurso de tantos años aquí en donde se inventó esto, ver la respuesta del público que conoce y que no conoce, dejarse impactar por esas experiencias y conocer lugares nuevos, experiencias que te van matizando”.

Ilustración: Rubén Cabra

La última carta de Pepe fue la más melancólica de la gira. Su propio himno de permanencia respalda la historia del EIH. El audio acaba con un manifiesto cuya tesis halla en el cambio las raíces subterráneas de la existencia perpetua de algo: “Una década hermosa llena de mucha música, mucho amor y emociones y mucha intensidad está llegando al término de su primera etapa. Por lo pronto necesitamos un break para seguir nuestros senderos en la música y en la vida, para cambiar un poquito y aprender cosas nuevas, y eventualmente volver a unirnos, aunque sea un día en un lugar y juntar todo lo que habremos cambiado. De eso se trata, por eso el Ensemble es eterno. Es su concepto. Sé que mientras estemos vivos, nosotros cuatro más Léster, Vivi, Santiago Barbosa y Luna Tinoco, siempre va a existir el Ensemble y siempre vamos a poder tocar y hacer algo. El Ensemble va a seguir cambiando y así vivirá. Y eso es hermoso”.

Es 15 de mayo. El ambiente del Kater Blau resuena al costado de un canal, en Berlín. DJ, danzas urbanas, tragos y voces de los idiomas del mundo transpiran y confluyen en el Classical: NEXT. Once y cuarto de la noche. Sobre el pequeño escenario el turno nueve de los diez showcases que han desmenuzado el día. El Ensemble resiste media hora, sin stop; construye un poema atmosférico y vibratorio. La marea se hipnotiza en la tormenta de sonido. El playtronica de Pepe extingue la vida útil del murmullo de la concurrencia.

María Lucía Expósito Más publicaciones

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