Enrique Colina. Foto: Tomada de Cubacine.
Enrique Colina. Foto: Tomada de Cubacine.

Enrique Colina: que no se acabe el querer

8 minutos / Berta Carricarte Melgarez

03.03.2021 / Artículos

“Nadie, nadie, nadie quiere a nadie…, Se acabó el querer. Nadie, nadie, nadie quiere a nadie” Con ese estribillo de Los Van Van termina el documental Los bolos en Cuba y una eterna amistad (2011), de Enrique Colina. Con ese estribillo que acompaña la imagen de una niña negra que baila en un solar. Al fondo, una bandera cubana mal dibujada en la pared, y atravesada por una maraña de cables eléctricos. Creo que también hay una hoz y un martillo pintados en el destartalado muro. No recuerdo un final tan triste en el cine cubano desde que vi Reportaje (1966), cuyo último plano también apela a la imagen de una niña campesina, de tez y blusa blancas, sombrero de guano y mirada morfinómana. 

Colina se me fue antes de que estuviera lista para decirle adiós, si es que tal cosa hubiera sido posible. De todas las pérdidas de ese bingo macabro llamado 2020, su desaparición física fue —para mí— la más inesperada. Siempre preferí verlo a distancia, escudada en mi timidez y satisfecha de la admiración que me despertaba como crítico, comunicador y realizador cinematográfico. Su deceso me inspiró volver a ver su obra documental y ello me ha producido una especie de empacho. He tomado distancia, lo que naturalmente trajo consigo más preguntas que deslumbramientos venales. 

Pero una cosa es indiscutible, no puede trazarse el mapa fílmico del cine cubano en los años 80 sin colocar en su debido lugar títulos como Estética (1984), Vecinos (1985), Más vale tarde que nunca (1986) y Chapucerías (1986). Y si fuéramos a hablar de las estrategias discursivas que esgrime el realizador en sus obras, sin dudas una de ellas es el apoyo que letra y música de diferente procedencia le ofrecen al efecto concreto que pretende lograr al hilvanar las imágenes. 

En este sentido, Colina selecciona con extremo cuidado aquellos fragmentos que mejor describen una determinada situación. Casi siempre escoge piezas musicales de carácter popular, muy conocidas y que independientemente de su calidad le sirven de contrapunto humorístico a una idea, o refuerzan la comicidad de un planteamiento. 

Edición, banda sonora y puesta en escena son las claves para el despliegue de los argumentos que interesan al realizador, y que transversalizan lo social, lo económico y lo cultural, al menos en la década mencionada; pues en sus dos últimos documentales, ya entrado el siglo XXI, preferirá el sarcasmo y la sátira.

Lo que Colina ofreció en los 80 desde una mirada burlona, humorística, venía afectado por un relativo grado de exclusión; de hecho, el Colina de esta década representa el último intento de mirar con satírica nobleza la realidad cubana en su más epidérmico grosor. Esa es una de las razones por las que utiliza fragmentos musicales que manipula para restar objetividad y beligerancia a lo dicho.

Pero ya lo anunciábamos al inicio: la mayor cómplice musical de Colina fue la orquesta Los Van Van, a cuyas piezas recurrió una y otra vez. Vecinos empieza con la presentación que compuso Juan Formell para el programa televisivo Revista de la mañana. “Sandunguera, que tú te vas por encima del nivel, mírame cómo me tiene, que me tiene con la lengua casi afuera”, acompaña la imagen de una mujer que suda la gota gorda haciendo aeróbicos. “Esa guagua que tú esperas y que quisieras que llegara y que no se demorara a lo mejor se va a tardar…, tu tranquilo”, esta frase que encabeza el corto Yo también te haré llorar (1984), sigue describiendo uno de los problemas más estresantes de los últimos 60 años en Cuba. “No tires esa bola extraña, y déjate de cuentos conmigo” es el fragmento musical que cierra un sketch montado por Colina para denunciar el chismorreo de las vecinas de un edificio multifamiliar. “Somos 14 bichos que te harán bailar sin parar, somos eso que anda”, enfoca su burla hacia los patógenos que desatan el picor en perros callejeros, uno de los tópicos de Jau (1986). 

Formell y Colina se identifican no solo a través del humor, sino por el respeto y confraternidad hacia la gente de pueblo, enmarañada en sus litigios por una vida mejor, y saeteada por adversidades que rebasan su voluntad y su capacidad para superarlas. 

Otra de sus características distintivas es que Colina dirige el lente hacia el ciudadano de a pie, respetando la diversidad étnica, el natural mestizaje de nuestra población. Jamás se decanta por resaltar patrones de belleza occidentales; primero se va a la calle, a sorprender los rostros de la realidad cotidiana. No privilegia mujeres jóvenes o blancas. Su mirada es caleidoscópica, inclusiva e intuitiva, pero dentro de los perfiles que acomodan la mirada autocomplaciente de una sociedad heteronormativa. El plano en que una mujer joven atraviesa la calle con la cabeza llena de rolos, termina en un panning hacia un cartel que dice: “Se desriza”, y a continuación se ve un proceso de desrizado con peine caliente. Toda la secuencia es muy respetuosa y de una calculada espontaneidad. Se oye a El Puma cantar: “Hay muchas cosas que me gustan de ti”…Pero donde Colina lleva la picaresca criolla a punto de ebullición es en el plano final; un negro joven, de esos que le ponen la carne de gallina a las yumas, sonríe a cámara mientras enseña jubiloso su arreglo de platino sobre un canino. En el colmo del kitsch, el realizador encuentra el suavizante musical: “y después que le pongan salsa…, Después que se acabe el arroz, que no haya otra cosa, Tráeme un pedacito de pan, pa mojarlo en tu salsa sabrosa, mi negra”.

Canciones interpretadas por Pacho Alonso, Annia Linares, Roberto Carlos y el Conjunto de Roberto Faz, entre otros, fueron más que complementos semánticos dentro de la sintaxis discursiva de Estética. Probada la fórmula, el cineasta repite la dosis ese mismo año en Yo también te haré llorar, corto en el que se describe la paranoica justicia del talión que nos autoinflingimos los cubanos cuando de maltratados clientes pasamos a maltratadores: “Tú no tienes sentimientos, ni tampoco corazón, se acabó, se acabó…”. 

Y de pronto se acabó la bienaventuranza de los 80. Sobrevino el derrumbe del campo socialista, de la Unión Soviética, del Came, del copón y la vela. Cuando en 2011 Colina presenta Los bolos en Cuba y una eterna amistad, ya no tiene intenciones de coquetear con la comedia, y se tira de lleno en el sarcasmo y en el comentario cáustico.

No puede haber sarcasmo mayor que comenzar un documental sobre el congelamiento en los 90, de las muy cálidas relaciones entre la antigua URSS y Cuba, con un bolero que dice: “Me abandonaste en las tinieblas de la noche, y de me dejaste sin ninguna orientación”. Incluso, haya el modo de introducir dos viejos temas de la orquesta vanvanera: “que La Habana no aguanta más”, y “dime dónde quieres que te ponga la barbacoa”…

La selección musical en La vaca de mármol (2013) es más previsible: “Matilda va, Matilda viene, y suspirando se detiene, muuuhh”; compases de El buey cansao, Pijirigua, y cierra con un coro popular espontáneo de Tengo una vaca lechera. Ubre Blanca, extraordinario mamífero cuyo cuidado, alimentación y vigilancia supuso una odisea para un grupo de personas, terminó con el sacrificio del animal, su preservación mediante taxidermia y su perpetuación en figura tallada en mármol. Su muerte quedó desdramatizada mediante la interpretación de Luis Miguel: “Ya no estás más a mi lado corazón”… Como en Los bolos… el fallo consiste en haber alargado demasiado el material, lo cual no tiene nada que ver con el tiempo que dura en pantalla, sino con el ritmo y la selectividad de la información. El flujo y la calidad de lo que se dice extravió en sus postrimerías su intencionalidad y por ende su impacto en el receptor. Con esa injusta languidez cierra La vaca de mármol

La última vez que lo vi fue junto a su esposa Marta Araujo, como parte del público que asistía a una conferencia de prensa durante un no muy lejano Festival de Cine de La Habana. Me quedé mirándolo con la absoluta convicción de que el maestro estaba trabajando en su próximo documental, de que el siguiente sería más intenso y corrosivo que los anteriores, de que todavía tendríamos Colina para rato, de que no se había acabado el querer, de que no se podía acabar.    

Berta Carricarte Melgarez

Berta Carricarte Melgarez

Maratonista, antimachista, industrialista y fan de Michael Jackson. Aspirante a tiktokera.

Más publicaciones

Deja un comentario


Más en Artículos

Ayuda a sostener nuestra revista

• Dona •

Become a Patreon