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Entrevistas Foto: Cortesía de la entrevistada

Enid Rosales o la música en todas partes

Enid vive la música, casi prefiere escuchar cantar a los niños que cantar ella. En sus conciertos se crea una especie de sala mágica donde todos cantan, todos ríen, todos sienten la música. Enid es una niña grande que juega en el escenario mientras usa de pretexto sus canciones para compartir una fiesta con esos pequeños que la han aprendido a querer, que están creciendo con ella.

Llevaba 20 años de carrera artística, de la que le dicen “seria”, para adultos; pero la realidad es que pocos la conocían antes. Ya cuando comenzó a hacer música para niños fue inevitable llegar a cada hogar, colarse en el imaginario popular, formar parte de la banda sonora que marca una generación, hacer que la música esté en todas partes.

“La música para niños me ha marcado, la gente me ve en la calle y me dice: ¡Ah tú eres la que hace música infantil! Pocos saben que soy trovadora o que toco el tres”.

El trabajo para los niños no le era ajeno; en paralelo a su carrera para adultos, acompañó a otros artistas que siempre han hecho música infantil, como Rita del Prado, el Dúo Karma, Liuba María Hevia o La Colmenita.

“Comencé a componer mis propias canciones infantiles cuando salí embarazada  de mi hijo Álvaro, en el año 2017. La maternidad, desde el mismo proceso de gestación, me cambió la vida; empecé a mirar de forma diferente a los niños. Cuando nació mi muso inspirador, fue el mayor desborde creativo”.

El 2021 marcó el año de su despegue a lo grande en el mundo musical, y fue gracias a la música infantil.

“Cuando decidí hacer el disco La gente del espejo pensé en Ángel Lorenzo, mi mano derecha, mi alumno. Quería hacerlo con él porque además de tocar la guitarra, es un excelente arreglista. Grabamos instrumento por instrumento. Estábamos en pandemia, no había de otra.

“Mi primer concierto fue en Habana Music, cuando radicaba en Infanta, en Centro Habana. Eso fue en febrero del 2020. Me sentí desde ese momento como pez en el agua; los niños me respondieron tan bien… entonces entendí que había encontrado mi lugar, mi otro lugar”.

Foto: Cortesía de la entrevistada

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Enid, la de los cintillos 

Desde el primer concierto infantil Enid se convirtió visualmente en lo que vemos hoy. “Me puse unos collares y un cintillo de colores, y me dije: es por aquí la cosa. Tal vez mi pasión por Mafalda haya influido”, aclara sin titubear.

“Las anécdotas con los niños son  muy simpáticas. Un día saliendo de un concierto en Bellas Artes, ya me había quitado la diadema, me había hecho mi “moñito”, y una niña le estaba pidiendo a su mamá hacerse una foto con Enid. Yo estaba al lado de ella y me preguntó: señora, ¿dónde está Enid? Yo le dije que era yo misma, pero que ya no tenía el cintillo. Entonces me miró bien y me dijo que sí, que yo me parecía a Enid”.

“Los primeros cintillos que tuve fueron de Aguas de Marzo, unas chicas que se han especializado en hacer ese tipo de accesorios, pero después fui conociendo otros emprendimientos que se dedican a lo mismo y me han encantado, tal es el caso de Bokeh Accesorios de Moda.  Tengo muchos, ya perdí la cuenta, es obsesivo. Cada vez que veo uno nuevo, lo compro. Creo que debería asociarme con una marca que me haga unos especiales, porque cada vez los quiero usar más grandes”.

Ya lo habíamos dicho, Enid es una niña grande, inquieta, juguetona, feliz, que adora compartir con otros niños, que canta por, para y con ellos.

La docencia es su arma secreta. Ha dado clases a todas las edades, desde el ISA hasta los más chicos en MusiPeke, o en sus propios talleres Do Re Mi con Enid, donde hay desde embarazadas y bebés, hasta niños y niñas de 10 años. La experiencia en los talleres de iniciación musical fue fundamental para conectar en los conciertos con su público ideal.

En algún momento del día Enid duerme, se cepilla los dientes, sale a comprar la diadema que usará en su próximo concierto, juega con su hijo o toma un café con su madre, la que ella considera indispensable en su vida. Sin ella, no hubiera podido hacer mucho, porque ¿quién la ayuda con Alvarito?

“Mi madre es mi ancla”, dice Enid, y en ese mismo momento entra a la habitación doña Nancy Villasón. Toca levemente la puerta, la abre y le dice a su hija: “¿Qué vas a cocinar hoy?”. Enid se ríe, no quiere decirle que ha interrumpido, pero le advierte que aunque llevemos rato dando cháchara como dos amigas de años, estamos en una entrevista de verdad. Nancy se queda muda, me mira con pena, pero yo también sonrío. Le digo que no pasa nada, que así son las mejores entrevistas que he hecho, espontáneas, sin postureos ni silencios absolutos, con el entorno de referencia para saber a ciencia cierta cómo vive el personaje que estoy cuestionando. Ella, aún sin reponerse, me dice que me quede a comer, que Enid cocina riquísimo.

Foto: Cortesía de la entrevistada

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Los inicios

“Siempre fue el arte. Desde pequeña me gustaba cantar. Entonces me convertí en la cantante líder de los matutinos de la escuela. Ya después comencé a recibir clases de coro con una vecina, gracias a mi mamá que reconoció que yo tenía seriamente aptitudes para la música”.

Pero entonces, Enid cursaba el sexto grado y no pudo matricular en piano en el nivel elemental de música. Para comenzar en la escuela de arte una carrera larga, ya estaba pasada de edad; por eso comenzó en guitarra, una carrera más corta.

“Empecé en el Conservatorio Adolfo Guzmán, una escuela que ya no existe. Era nocturna, para niños “desfasados”.

En aquella época, a las cinco y media de la tarde comenzaban sus clases de música, luego de haber estado desde las ocho de la mañana en un aula recibiendo otras asignaturas en su escuela “normal”. Casi a las diez de la noche terminaba la jornada docente. “La carga era demasiada, los niños no podíamos con tanto. Pero ahí logré graduarme de nivel elemental de guitarra”.

En el 2000, en el “cambio de nivel” de elemental a medio, Enid optó en segunda opción por el tres. Hasta ese momento, no existía la cátedra de tres y laúd en la enseñanza elemental, por esa razón pudo elegir el tres como segunda variante.

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El tres me escogió a mí

Enid estaba clara, la guitarra no era lo de ella, más bien se cataloga como una guitarrista de la media, del montón. “Porque seamos realistas, en esta tierra de buenos músicos, cualquiera toca la guitarra mejor que yo”. Ya el tres es otra cosa.

“Nada más fue encontrarme con el instrumento, para darme cuenta que ese sería mi compañero de vida. Conocí todas sus posibilidades rítmicas, como acompañante, como solista, que se puede tocar un son tradicional, pero también música clásica, o jazz, o flamenco, todo.

“Apenas me aprendí tres acordes y salí a trabajar; lo otro lo fui incorporando en la calle, tocando en vivo en los grupos.

“El trabajo con Erick Sánchez fue otro aprendizaje. Ser músico acompañante de un trovador te da otro bagaje que luego se aprovecha. Aprendí mucho tocando con el Dúo Karma, Liuba María Hevia, Rita del Prado, Frank Delgado. Comencé a abrirme un mundo hacia la canción, a componer mis propios temas.

“Pero cuando yo estoy acompañando, estoy haciendo eso: a-com-pa-ñan-do, no puedo imponer mi obra, aunque uno siempre deja la huella a través del instrumento; si no, ¿para qué estoy ahí?”

Cada tresero tiene su manera de tocar, crea su propio estilo que se puede llegar a reconocer aunque esté sonando una banda gigante y haya un solo tres. “Tengo amigos que me dicen que de solo escuchar un tema, saben que ese tres es mío, que lo grabé yo”.

“Una vez le escuché decir a una trovadora venezolana que en su país los cantautores se acompañaban de su instrumento, que es el cuatro venezolano. Y yo me dije: caramba en Cuba debería ser igual, para eso tenemos el tres. Creo que eso me marcó, por eso decidí hacer mi obra como trovadora con el tres”.

Foto: Cortesía de la entrevistada

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El tres: cubano y machista

No es una guitarrita, es un tres. Si quieres que la música suene cubana, tiene que tener un tres, un instrumento nuestro, creado aquí para que suene a Cuba.

“El tres es un instrumento machista, así de claro. Incluso sus terminologías. Cuando te dicen que estás tocando “macho”, es que estás tocando duro, que estás tocando bien, o lo contrario, si te dicen que estás tocando “hembra”, lo estás haciendo muy mal”.

Antes, una mujer tresera era súper mal vista. ¿Cómo una mujer iba a estar de bares y cantinas tocando en un grupo de son? Eso era un escándalo.

“La mujer toca el tres como mujer, como hembra, y lo hace bien. Total, a las guitarristas también les salen callos en las manos; las cuerdas de acero no marcan la diferencia”, dice mientras se mira sus manos.

Obviamente, hay un antes y un después de que fuera creada la cátedra de Tres y Laúd por Efraín Amador. El proceso empírico es más de hombres, pero ya en la academia cambia, ahora hay más mujeres treseras.

“Yo he tocado de todo en el tres. Creo que tengo el único concierto de tres y órgano que se ha hecho. Fue en mi iglesia de El Carmelo; compartí con un monje alemán que pasó una temporada en Cuba. Un día decidimos hacer un concierto, montamos un espectáculo haciendo un pase por obras del barroco, muy clásicas, y otras con arreglos que hice para tres. Fue una experiencia maravillosa. La iglesia se repletó, tal vez por la curiosidad de ver algo que nunca se había hecho”.

Foto: Cortesía de la entrevistada

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Esa es Enid Rosales

El talento en Enid es natural. Es una excelente músico, una buena profesora, una buena acompañante y, para colmo, es buena obteniendo galardones. En 2022 sale su primer disco infantil y ese mismo año gana el Premio Cubadisco en esa categoría.

“Fue un disco lindo que hicimos de manera independiente, porque en ese momento las disqueras no tenían presupuesto para pagarlo. El proceso fue muy divertido: grabamos cosas de percusión gracias a iniciativas locas que tuve como golpear con unos zapatos en la mesa; pero la cereza del pastel fue el coro Allegretto. Esos niños son geniales, en dos días grabaron ocho temas; y lo tuvieron que hacer solo unos pocos, porque con la pandemia, el número de personas en el estudio era súper reducido. Esa energía y ese amor que se vivió en el proceso de grabación, al final creo que se ve en el disco, se puede sentir”.

En cada concierto de Enid Rosales en Bellas Artes son muchas las familias que se quedan afuera hasta el último momento porque no alcanzaron entrada, pero al final logran ser parte de la fiesta, se sientan en las escaleras, se agrupan entre los asientos, se acomodan en cualquier espacio que quede disponible para no perderse el espectáculo.

“El Teatro del Museo Nacional de Bellas Artes es mi casa. Es el lugar que siempre me recibe y al que siempre quiero volver. Es un teatro pequeño, pero que genera una energía inmensa, esa cercanía con el público es especial.

“Yo estoy muy contenta con la acogida que han tenido mi música y mis videos en la televisión nacional. Ya más de un amigo me ha dicho que me he convertido en el patrón de prueba; casi todos los días ponen un video, o si no un concierto de los que también he tenido la suerte de grabar. Creo que los artistas necesitamos y agradecemos esa promoción, pero en un género como el que defiendo, son los más pequeños los que lo agradecen y los que más lo necesitan”.

“Que tus principales seguidores sean niños, es una experiencia muy sanadora, pura. Los niños de mis talleres me adoran; nos damos abrazos colectivos, y luego salgo llena de mocos, y me llevo sus catarros… pero es muy divertido”.

Enid une un cuento con otro, habla de la edad, de crisis vagales, de sus décadas de experiencia laboral, de los cientos de alumnos que ha tenido, del sinnúmero de colaboraciones que ha hecho, y en ese momento yo saco cuentas.

—¿Qué edad tú tienes Enid?

“Vas a tener que transcribir cantidad”, y suelta una carcajada para cambiar de tema. Hasta el momento se había contenido, estaba en modo seria, en pose de entrevistada, en su estudio, sentada en una silla giratoria, negra, de las de oficina de toda la vida .

En todo el tiempo que duró la entrevista ni agua tomamos; solo hablamos y hablamos, como si fuéramos muy cercanas; yo conociendo más de ella pero ella queriendo conocer de mí. Por momentos los papeles parecían invertirse y ella era la entrevistadora.

—¿Y tú eres periodista de siempre? Pero, además del periodismo, ¿haces otras cosas? ¿Y eso que te dio por entrevistarme?

Entonces soy yo la que comienza a reír. A Enid quería entrevistarla desde que la conocí; desde que un amigo me dijo, el día que ella humildemente matriculó en un taller de improvisación del que también fui parte: “Mira, esa es Enid Rosales”.

Leidys Hernández Lima Más publicaciones

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