Ernesto Lecuona
Ernesto Lecuona.

Universo Lecuona

9 minutos / Frank Padrón

30.08.2021 / Reviews

Dedicada a Alicia Alonso y Eusebio Leal, y bajo el auspicio de dos instituciones que simbolizan esas grandes personalidades cubanas (la Uneac y la Oficina del Historiador de la Ciudad), fue estrenada en la televisión cubana mediante el programa Bravo! —a propósito de sus 25 años en el aire— la miniserie documental (en cuatro capítulos) Ernesto Lecuona: Siempre en mi corazón.[1] Esta producción cuenta con guion y dirección del investigador Ramón  Fajardo Estrada (Bayamo, 1951), periodista, director radial y estudioso, entre otras materias, de la música cubana, a quien debemos acuciosos ensayos sobre imprescindibles figuras nuestras tales como Rita Montaner, Bola de Nieve, María de los A. Santana o el propio compositor y concertista, ahora objeto de estudio desde este texto audiovisual.

Dividido en cuatro etapas que ocupan cronológicamente los respectivos segmentos (1895-1927, 1928-44, 1945-56 y 1957-63), tales divisiones no son arbitrarias ni caprichosas, sino que corresponden a periodos significativos y muy bien delimitados, tomando en cuenta vida y obra del maestro.

Ernesto Lecuona (Guanabacoa , Cuba, 1895 – Santa Cruz de Tenerife, España, 1963) es considerado una de las cimas de la música cubana. El compositor e intérprete es apreciado, sobre todo, por sus aportes al melodismo pianístico, sus incursiones lo mismo en la solfa de raigambre africana como española —justamente los dos polos que confluyen en nuestra identidad cultural y nacional, bien se sabe— mediante canciones, piezas instrumentales y géneros más complejos como la zarzuela o las bandas sonoras del cine que suman más de 850 partituras,  y donde bulle también el Caribe. Todo con un sello tan criollo que es imposible no identificar la esencia insular en sus sainetes, danzas, caprichos o boleros, por mucho que se envolvieran en formas y ritmos foráneos.

En términos generales, la serie tiene un valor testimonial indiscutible: la seriedad y el rigor de su realizador no admiten dudas, y su conocimiento de primera mano de la figura homenajeada permitió la fidelidad que trasunta la copiosa información almacenada y compartida en sus imágenes, así como la selección no menos exquisita de artistas relacionados con Lecuona: cantantes y pianistas que lo interpretaron a lo largo de sus carreras, coreógrafos que lo llevaron a la danza partiendo de la impronta escénica de no pocas de sus piezas —y no solo las que engrosaron el género lírico— e incluso actrices que participaron en estas o en algunos de los filmes que contaron con su exquisito pentagrama.

Portada del libro Ernesto Lecuona. Cartas, con selección y anotaciones de Ramón Fajardo Estrada.

Portada del libro Ernesto Lecuona. Cartas, con selección y anotaciones de Ramón Fajardo Estrada.

Pero, aun con la valía del autor en tanto intelectual y ensayista, no estamos ante un cineasta propiamente dicho, y es aquí donde el texto fílmico muestra fisuras; pienso que Fajardo pudo aportar incluso el guion y toda la asesoría necesaria para tan significativa y notoria empresa, pero delegar la parte cinematográfica en un profesional del ramo, que acaso hubiera evitado defectos que saltan a la vista en una revisión ni siquiera tan profunda de la obra.

No hablemos tan solo de lo plano y poco creativo de la imagen, del molesto didactismo que transpira la serie, y de un montaje que alterna en todo momento testimonios/música/información, sino que la propia distribución de la última deja bastante que desear. Ya puestos a ser convencionales en la factura, y tratando de priorizar la recepción por parte de los espectadores, debió echarse mano al socorrido recurso de la voz in off para transmitir los textos escritos. Así al menos estos hubieran llegado de una forma más segura, mientras que del modo en que están plasmados, desde una letra pequeñísima, es imposible seguirlos —ni con la vista más privilegiada—; además de que ni con incluso el ritmo bastante lento en pasarlos resulta suficiente para aprehenderlos: es mucha la información y tanta la que se pierde debido a este método sin dudas desacertado.

Sin embargo, los nombres de los entrevistados o títulos de las canciones e intérpretes no solo aparecen suficientemente visibles, en letras de puntos medianos, sino que, como para que no quedaran dudas, se recortan contra un fondo de letra mucho mayor que repite innecesariamente tales semas, y ocupan casi la tercera parte de la pantalla generando un recurso efectista, hiperbólico y, a todas luces, innecesario.

En sentido general, los testimonios de los entrevistados  aportan luz y contribuyen a armar el retrato no solo artístico sino humano del gran músico. De igual modo, complementan el conocimiento puntual de su trayectoria en las diversas etapas que la formaron, siempre dentro de un quehacer incombustible y altamente fructífero que lo lanzó desde temprano a la fama internacional. Lo mismo puede considerarse de la selección musical, con segmentos interpretativos que van de Rita Montaner y Gladys Puig a Lucy Provedo y Miriam Ramos; de Huberal Herrera y Nelson Camacho a Jorge Luis Prats y Frank Fernández, la Ópera de la Calle y la Orquesta Sinfónica Nacional, pasando por verdaderas embajadoras de su cancionística como María de los Angeles Santana o Esther Borja.

La participación de Miriam, acompañada por Ernán López Nussa y varios músicos en la grabación de Siboney, uno de los momentos del disco-homenaje de estos artistas al maestro, me pareció muy significativa en el capítulo final, pues proyecta su mundo no solo melódico sino armónico y rítmico a otros lenguajes que ensanchan y enriquecen sus concepciones originales, en este caso el jazz.

Si bien las intervenciones de María de los Ángeles en cuanto a testimonio resultan muy valiosas por sus vínculos artísticos y afectivos con el maestro, lo propiamente interpretativo, sin embargo, no me parece igual de feliz. En uno de los segmentos, durante un homenaje al compositor protagonizando una actuación en la que ya mayor exhibe un franco deterioro de sus condiciones vocales (que como se sabe fueron inmensas) además de una evidente sobreactuación; en otro, al final, un montaje la muestra evocadora paseando por un escenario en el teatro vacío, mientras escucha su propia voz del pasado, esta vez sí plena y hermosa, pero arruina el efecto con una serie de caritas y gestos que lucen  impostados. Pienso que ambos momentos sobran; debió escogerse algo de la etapa más valiosa, décadas atrás, cuando la soprano se encontraba en la plenitud de sus condiciones vocales.

Portada del álbum Esther Borja interpreta a Ernesto Lecuona.

Cover of the album Básico, No Básico y Dirigido Esther Borja interpreta a Ernesto Lecuona.

Por otra parte, aunque Esther aparece en los primeros capítulos, incluso participando como cantante en un filme rodado en Argentina durante los años 40 (Adiós, Buenos Aires), o con sus grabaciones dentro de la coreografía que realizó el Ballet Nacional de Cuba homenajeando al maestro, considero no debió faltar en el cuarto y último capítulo, teniendo en cuenta su “testamento” con tres discos basados en la cancionística casi íntegra de Lecuona (además del que hizo dirigido por Luis Carbonell en los años 50,  esa maravilla que constituye Dos, tres y cuatro voces), y la importancia del espacio Álbum de Cuba, que centralizó durante mucho tiempo, en la difusión de su obra. Borja fue, evidentemente, “la voz de Lecuona” y su presencia debió alcanzar mayor relieve en la serie, sobre todo en el segmento final.

Y hablando de este, muy importante resulta el análisis, desde la voz del propio Fajardo y otros intelectuales y músicos, de la imperdonable y malintencionada campaña que generó la partida del músico de  su patria producto de calumnias envidiosas de ciertos colegas (que también alcanzaron nada menos que a Gonzalo Roig y Rodrigo Prats). A la vez me pareció impreciso, al culpar solo a nombres específicos (César Portillo de la Luz y Rosendo Ruiz Quevedo en primer término) que en todo caso fueron la “punta del iceberg” de una errada política cultural la cual tuvo en el Centro Nacional de Cultura y funcionarios dogmáticos y estalinistas como la tristemente célebre Edith García Buchaca, a los verdaderos culpables.

De todos los entrevistados, solo Nelson Camacho toma el “toro por las astas” y refiere esta realidad. Otros, incluyendo al propio Fajardo, aunque unánimemente consideran injustas e inaceptables las acusaciones (cierta complicidad con la dictadura batistiana al no denunciarla respecto a sus crímenes como merecía y actuar durante su mandato) las limitan a esos dos compositores, con lo cual el testimonio aparece sesgado e impreciso.

Con sus limitaciones, sus falencias tanto morfológicas como conceptuales, Ernesto Lecuona: Siempre en mi corazón es un material de indudable valía, rev(f)erencia sincera a una de nuestras cimas musicales, esa que, si perdemos, tal como opinó certeramente Eusebio Leal, es como si “le arrancáramos un brazo” a la cultura.

Ahí, dentro de sus imágenes, sigue latiendo el genio de la “Damisela”, “Crisantemo”, “María la O” o “El Escorial”, siempre también en nuestros corazones, engrandeciéndonos como simples melómanos pero, sobre todo, como nación.

[1] En puridad, mejor que los dos puntos debió aparecer el subtítulo homónimo de una de sus canciones más conocidas y hermosas, tras un punto y seguido. El signo de puntuación utilizado (en su sentido demostrativo) le confiere una connotación demasiado académica o docente.

Frank Padrón

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