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Articles Mongo Rives. Foto: Jaime Prendes. Mongo Rives. Foto: Jaime Prendes.

Un laúd florecido para el Rey

Buena parte de la historia de la Isla de la Juventud puede contarse a través del sucu suco. Desde “Campana, campana, / campana sube la loma / si no fuera por campana / nadie subiría la loma”, pieza primigenia de 1840, que describía la faena de quienes cortaban leña en las montañas en condiciones de explotación, hasta “Quédate con Mongo / y su sucu suco / quédate en tu casa /con tu nasobuco”, coro nacido en 2020 en medio de la pandemia de la COVID-19, pueden reconstruirse las costumbres, la idiosincrasia y cotidianidad de este lugar de Cuba desde los vericuetos de este género autóctono que, antes de tomar por nombre la onomatopeya del coqueteo de los pies con el suelo al bailarlo (suc- suc- suc- suc), tuvo casi tantas denominaciones como la Isla misma: rumba, rumbita, dancita, compay cotunto y cotunto. 

De ahí el tremendo mérito de Ramón Reinaldo Rives Amador, o simplemente Mongo Rives, por haber rescatado y mantenido vivo hasta hoy el sucu-suco, que recibió como herencia de su abuela Bruna Castillo, junto al compromiso de transmitirlo a las nuevas generaciones de su familia, y terminó convirtiéndolo en patrimonio de toda una ínsula. 

Nacido en el entorno rural de la Isla de Pinos de la primera mitad del siglo XIX, cultivado por los campesinos más pobres como motivo de fiesta y también de lucha, y siempre a la sombra de otros ritmos más populares como el mambo y el chachachá, el sucu suco tuvo en Mongo no solo a su principal cultor —por lo cual mereció el calificativo de Rey del género— sino a su más obstinado defensor. 

Si de sucu suco se trataba, Ramón era de armas, o mejor, de laúd tomar. Le ganó la disputa al mismísimo Eliseo Grenet de que el nombre fuera terminado en o y no en u, como comenzó a difundirlo por el país el autor de Mama Inés, después de su visita a la Isla en 1948. 

Foto: Cortesía de Yuliet Calaña.

Foto: Cortesía de Yuliet Calaña.

Grenet planteaba algo lógico: si el nombre provenía de la onomatopeya pues debía ser uniforme (sucu sucu), pero Mongo defendía la idea de que sucu suco lo nombraron sus creadores y eso debía respetarse, además de que rimaba con conuco, bejuco, trabuco… “y ahora con nasobuco”, decía en días recientes como quien da el tiro de gracia. 

Junto a su carisma infinito, Mongo cargaba con un saco de caprichos que quienes lo queríamos, aceptábamos sin chistar. Como mismo se preparó toda la vida su potaje de frijoles negros hasta que le permitieron las fuerzas porque ningún otro sazón complacía las exigencias de su paladar, renunció a hacer colaboraciones con músicos de mucha popularidad, que podían haberle suplido la falta de promoción que siempre tuvo a instancias nacionales, porque consideraba que no entendían la esencia del género o querían desvirtuarlo.

Algunos, como el ya fallecido fotógrafo Jaime Prendes, sacaban, al contradecirlo, muy buenos dividendos. Sirva de ejemplo este tríptico donde lo capturó deletreando su-cu-su-co. Todos los presentes sabíamos que después de la rectificación venía, de esa manera mágica en que solo él podía hacerla, la historia del nacimiento del género. 

Foto: Jaime Prendes.

Foto: Jaime Prendes.

A Mongo lo entrevisté al menos 30 veces, en contextos de conciertos, disco, condecoraciones, días de la cultura cubana y cumpleaños, pero prefiero la versión desenfadada e intimista de su persona, que me deja la suerte de haber sido una de las tantas niñas pineras que asistió a sus talleres de repentismo y, como si la dicha fuera poca, su vecina.

El estrecho espacio de la sala de su casa, primero, y una terraza más amplia, después, se convirtieron en escuela donde se formaron varias generaciones de músicos que  lo han llorado en estos días desde los más insospechados lugares del mundo, y que cargaron, allí donde fueron, con la tradición del sucu suco, su historia, su baile y, por supuesto, las enseñanzas de su maestro. 

Foto: Cortesía de Yuliet Calaña.

Foto: Cortesía de Yuliet Calaña.

Los que como yo, no tuvimos vocación para la música, perfilamos en aquellos talleres nuestro gusto y orgullo por un ritmo que algunos consideran una variante del son o un son “mal tocado” y otros algo completamente nuevo, pero que posicionó a esta pequeña Isla en el rico pentagrama musical cubano. 

Gracias a aquellos talleres, para muchos jóvenes pineros hoy la música campesina es tan cool como cualquier otra. En Santa Fe se enamora con sucu suco, se celebra la conquista amorosa con susu suco y el despecho… se alivia con sucu suco. 

De guayabera y sombrero desde el amanecer hasta la hora de dormir; con una sonrisa cosida al rostro que pocas situaciones lograban deshacer; con el piropo y el refrán a punta de labios; dejando por donde pasaba una estela de sabiduría musical y popular; cumbanchero, lo que atribuía a que nació un sábado; familiar y excelente cocinero; improvisador en guateques y en el medio de la calle; acariciador de perros abandonados; aferrado siempre al laúd y convirtiendo una isla en melodía, Mongo Rives, más que un hombre corpóreo y por tanto finito, es un estado de ánimo que nunca va a abandonar Santa Fe. 

La última vez que lo entrevisté lúcido fue el 22 de junio de 2020, el día que su grupo, a petición suya, saldó contradicciones que lo había llevado a desintegrarse y se relanzó con un repertorio del cual 15 canciones eran compuestas por él, en la antesala de sus 92 años.

Recuerdo que me dijo que estaba triste porque había perdido la voz, por eso en la presentación se limitó a enriquecer las piezas con frases habladas distintivas como “qué rico”, “aprieta”… Aún así, él era el mayor espectáculo.

Recuerdo también que la palabra que más mencionó fue muerte. Agradeció que estuviera allí la televisión porque “había una bola de que se había muerto”, reclamó que en Palmas y Cañas estaban esperando “que me muera para ponerme otra vez” y denegó la petición de un músico —no sé exactamente cuál— con un cortante: “mientras yo viva, el sucu suco se mantiene puro, después de mi muerte pueden hacer lo que quieran”. 

Todas las veces que habló de la muerte lo hizo con la tranquilidad de quien ha vivido como ha querido, de quien sabe que deja un legado contundente, sobre todo a quienes continuarán haciendo del sucu suco la banda sonora más auténtica y hermosa de su Isla de la Juventud.

Con esa misma tranquilidad le puso el cuerpo el viernes 21 de enero, sobre las 11 de la mañana, en su cama, en su casa de La Fe, enfundado en su guayabera, con su sombrero reposando sobre el vientre, rodeado de su familia cercana y algunos vecinos. En espera del almuerzo y minutos después de que, con su vozarrón reducido a un hilito, le pidiera a su hija Marilín acomodarle las almohadas.

Ataúd de Mongo Rives. Foto: Cortesía de Yuliet Calaña.

Ataúd de Mongo Rives. Foto: Cortesía de Yuliet Calaña.

Como había pedido, fue velado en la Casa de la Cultura santafeseña, que a partir de ahora lleva su nombre. En lo de que no quería lágrimas no se le pudo complacer porque sí hubo y muchas, pero no más que sucu suco, versos, canciones y décimas al pie de su tumba. 

Algunos podemos sentir que Mongo se nos fue debiéndole mucho, pero entre ello no está el amor ni la admiración de su pueblo, el mismo que, espontáneamente, como nace la verdadera gratitud sin alharaca, poses ni simulaciones, se ha encargado de que cada día el laúd del parque de Santa Fe, erigido en su honor, amanezca florecido.

Yuliet Calaña Cronista y croquetera. Si no sabes bailar sucu suco, te enseño. More posts

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  1. Armando Miralles says:

    Un símbolo de la Isla. Excelentectrabajo de Yuliet PC, demostrando su versatilidad infinita.

  2. Francell says:

    Nadie mejor que tú para dedicarle las mejores palabras al mayor ícono musical de tu adorada Isla. Nadie mejor que tú con la pluma en toda Cuba…

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