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Pablo Milanés, nuestra vida a través de sus canciones

Como sucede con los artistas que a lo largo de varias décadas consiguen dibujar una imagen precisa del país al que consagran sus obras, las canciones de Pablo Milanés son una crónica exacta de nuestra memoria colectiva, dilatando en ellas tanto lo más íntimo como lo más público. Desde que en 1963 firmara Tú, mi desengaño, fue creando un arco de resonancias poderosas en el que se unían con fluidez los ecos de la tradición y el aire nuevo que su generación trajo a nuestro ya rico panorama musical. Dotado de una voz prodigiosa, el bayamés nacido en 1943 y cuya muerte ahora tanto nos duele, era capaz de entonar lo mismo una vieja tonada de origen popular que versos martianos o de Guillén, que un bolero o una canción que repetíamos a coro en sus conciertos, como una garganta en la que cabían varias generaciones. Parte de una zona fundamental de este proceso que arrancó en 1959, Pablo Milanés añadió a su repertorio canciones suyas y ajenas que además reflejaban los contraluces y contradicciones de este devenir, legándonos un álbum a través del cual puede leerse la historia del país, y de sus ciudadanos, en una suerte de repaso paralelo al que, mediante grandes frases y posturas detenidas en una épica no siempre funcional, han escrito otras manos, y a través de la cual se filtra esa otra mirada, ese estremecimiento que su muerte nos hace sentir de un modo más profundo.

Tras su paso por Los Bucaneros y el Cuarteto del Rey, donde se entrenó en el diálogo con los ritmos de moda y sintió la influencia de Michel Legrand, entre otros, Pablo respondió a las enseñanzas de Luis Carbonell y otros maestros con sus primeras creaciones. Puente entre el movimiento del filin y la necesidad de captar el frenesí de esos primeros años de los 60, acabó protegido por el manto de la Casa de las Américas y el ICAIC al integrarse al Movimiento de la Nueva Trova, que ahora mismo está celebrando sus 50 años de fundado. Sus canciones fueron grabadas por Elena Burke y otras figuras arriesgadas antes que en 1975 apareciera su primer disco en solitario, musicalizando versos de Martí. Había transcurrido una década de su paso por las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, adonde lo llevaron la envidia y el recelo que padecieron no pocos en aquella época. De ese pasaje de su vida tardaría en hablar, porque hay dolores que incluso el tiempo sana muy lentamente.

Desde la Nueva Trova, Pablo, Silvio, Noel, Sara, Eduardo…, y muchos más, con el Grupo de Experimentación Sonora (GES), grabaron temas que poco a poco les permitieron hacerse reconocidos y que se integraron a la coral que desde Argentina, Chile y otros países del continente daban fe de nuevas urgencias. La segunda mitad de la década del 70 lo halló en madurez, y de ahí vienen clásicos como Yolanda, que cifraron una idea de Cuba, de su historia sentimental en ese acontecimiento que pretendía cambiarlo todo, y que junto a otras creaciones de sus compañeros del GES sirven aún como referencias nítidas de esos hallazgos y desgarramientos. Discos y conciertos, giras y creaciones para el cine, forman parte de ese período promisorio que se extendió hasta bien entrados los 80 y de lo cual es prueba su álbum doble Querido Pablo, lanzado y concebido en una escala pocas veces concedida a un artista cubano de la Isla en ese instante.

Con la llegada de los 90, también eso cambió. El nacimiento de la Fundación Pablo Milanés sería el eje de un conflicto mayor que acabó en crisis tras el cierre de la misma y una polémica con el ministro de Cultura, Armando Hart, que marcó el inicio de una larga serie de desencuentros. Pese a ello, Pablo jamás dejó de volver a Cuba, ni de grabar aquí ni de ofrecer sus canciones a series o a programas televisivos. Habría que añadir las controversias de la década previa durante su mando como director del Festival Internacional de Varadero, o su breve paso por la televisión como protagonista de Proposiciones, título que repitió la revista de su defenestrada Fundación. Son episodios que probablemente ahora no se evoquen desde las notas oficiales que lamentan su pérdida, pero a través de ellos puede recomponerse la cronología de muchos otros encontronazos, que los demás creadores cubanos vivimos en distintas dimensiones.

Yendo y viniendo de España a Cuba, Pablo Milanés tuvo siempre además el gesto de reconocer a otros creadores, noveles o consagrados, haciéndose acompañar por ellas y ellos en sus conciertos y discos, como prueba de una generosidad no muy abundante en el medio. Cuando se le entregó el Latin Grammy a la excelencia artística en el 2015, ya era un clásico continental, con las virtudes y peligros que tal término conlleva. Durante estos últimos años ofreció declaraciones críticas, reclamando cambios en su país, al que su obra seguía retratando de modo indeleble. Ello le costó ataques velados o directos que lamentablemente, mediante voces que no llegaban a la mitad de su estatura, lo persiguieron hasta sus días finales. Por suerte, esa figura es demasiado inocultable y, por encima de esos silencios y esos insultos, resultó imposible negarlo del todo. Cantó en Miami, y también sobrevivió a esa marejada intensa de aplausos y gritos que su presencia desencadenó allí. Su concierto de despedida (como muchos intuimos) de este año en la Ciudad Deportiva fue también parte de esa polémica que él encarnaba a la vista de funcionarios y burócratas, que se resolvió con esa multitud que colmó el Coliseo, reafirmando de qué manera él y sus canciones eran una sola esencia a través de la cual también reinventábamos nuestras vidas en el duro presente del país.

A través de su biografía y sus discos esa vida se cuenta de otro modo. Los jóvenes que acudieron hace ya un año al Ministerio de Cultura en pos de un nuevo diálogo, entonaron ahí sus canciones. La retransmisión de una telenovela producida hace 30 años nos devuelve en las tardes su voz, fresca y cargada de lirismo, pésele a quien le pese, entonando temas de la Trova tradicional (ante la cual se inclinó grabando Years, la serie discográfica que rescataba ese legado mucho antes del efecto Buena Vista Social Club), y otros  que aún suenan como si se hubieran creado ayer. Pablo Milanés nos pertenece como parte de nuestras vidas, porque a manera de un espejo habitado de palabras y acordes, también podemos reconocer nuestras alegrías y pérdidas individuales a través de sus canciones, como un trazo coherente de palabras, preguntas e ideas que dicen cuán intenso ha sido todo, y persisten en recordar tanto a sus enemigos como a sus fieles, que de todo eso algo deberíamos aprender. Que procurar la belleza tiene su precio. Que la vida no vale nada, que no ha sido fácil, que en el breve espacio en que estamos, o ya no se está, nos identifica la verdad que defendemos, y esa verdad, a veces, puede ser tan memorable y tan breve como la melodía en la que hoy, para reconocernos, nos buscamos en su infinita voz, que es la de Cuba.

Norge Espinosa Mendoza Poet, playwright, critic and Gemini. Incurable cultural bipolarity. In another life he was a cabaretologist. More posts

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