Ilustración: Jennifer Ancízar.
Ilustración: Jennifer Ancízar.

La industria musical en números: ¿tierra baldía?

10 minutos / Indira Hernández Alonso

09.04.2021 / Articles

En agosto de 2020 Magazine AM:PM, en alianza con the touch, publicaba su habitual infografía sobre consumo y mercado de la música en 2019. Aquel material, repleto de información sobre la industria musical global —contenido frecuente en esta publicación—, carecía de una homologación entre las estadísticas mundiales que allí se ofrecían y las cubanas. Los lectores, como yo, seguramente se quedaron con las ganas de conocer datos del contexto nacional semejantes a los que la Federación Internacional de la Industria Fonográfica (IFPI por sus siglas en inglés) proporcionaba: ingresos de la industria, principales mercados, álbumes más vendidos, ranking de artistas, entre otros.

La explicación a esa ausencia es sencilla: no existe tal homologación. Para los melómanos amantes de los números es una misión casi imposible acercarse a las estadísticas sobre los procesos del ecosistema musical cubano. Este es un objetivo añorado, y una asignatura pendiente. “Adaptados” como estamos en la Isla al secretismo con las estadísticas (y la información en general), un balance como ese podría resultar, incluso, una quimera. Porque lo más cercano que hemos estado de algo parecido ha sido cuando el Ministerio de Cultura publica un balance o estudio, o cuando accedemos al archivo generalista de la Oficina Nacional de Estadísiticas e Información (Onei).

¿Existe en Cuba algún observatorio que recoja y analice datos, tendencias, información musical? ¿Podemos saber si la música se consume más que otras manifestaciones artísticas? ¿Quiénes la consumen más? Si queremos conocer, por ejemplo, cómo se mueven los números de Yoyo Ibarra, ¿a dónde acudir? ¿Al departamento de Desarrollo Artístico del Instituto Cubano de la Música? ¿A la Egrem? La información que generan nuestras instituciones musicales está dispersa. Organizarla, procesarla y ponerla a disposición de investigadores y público en general es, si acaso, una tarea para ayer.

Pero no todo es blanco y negro. Desde hace un tiempo se respira un aire diferente y el 2021 parece venir con reajustes. Los primeros indicios aparecían precisamente en esta misma revista, cuando en una conversación con Yolaida Duharte —coordinadora nacional del Proyecto Mincult-Onudi-Koica: “Fortalecimiento de la competitividad, desempeño organizacional y capacidad de exportación de la industria musical cubana”— se dejaba entrever que algo se estaba cocinando en relación a la compilación seria de estadísticas, actualmente ausentes y/o desarticuladas.

Y es que trabajar con números y darles buen uso puede cambiar estratégicamente la industria de la música en Cuba, pues funcionan como termómetro real para medir fenómenos y trazar tácticas y estrategias certeras a mediano y largo plazo.

La música sí se consume

Hay una idea recurrente en los análisis: en Cuba ningún programa de radio o televisión dicta por sí mismo pautas sobre cuáles canciones son más populares, qué artistas son los más escuchados. Faltan no solamente allí los datos, sino que en los estudios se desconocen otros modos de explotación de la música tales como el Paquete Semanal, los usos on-line y otros canales más alternativos. Convivimos de una extraña manera con el hecho de la inexistencia de estadísticas públicas sobre el consumo musical; nos hemos adaptado (mal adaptado) a ello. Aunque, para ser justos, el portal Pistacubana intenta moverse en esas aguas y mostrarnos la realidad de lo más escuchado en la Isla, permitiéndonos acaso entender por dónde andan las preferencias de la audiencia. Pero ya lo decía, son intentos aislados.

El Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello es uno de los pocos centros en Cuba que acopia estadísticas para la gestión cultural, especialmente si del consumo se trata. No obstante, si bien sus investigaciones son loables apenas se basan en sondeos que parten de la encuesta como modelo, con muestras pequeñas y no representativas, predominando edades adolescentes. Estos estudios no buscan una evaluación de la viabilidad y efectividad de la gestión en la industria musical; sino brindar datos que permitan hacer reflexiones sobre el impacto y alcance de las acciones culturales proyectadas en los grupos analizados. Eso sí, las prácticas de consumo, los intereses y la satisfacción con la oferta actual pueden constituir puntos de partida útiles para vertebrar el trabajo en cada territorio del país, si se les presta la atención necesaria.

En cuanto a la música, Pedro Emilio Moras, jefe de grupo de Consumo Cultural del Instituto, asegura: “Nuestros estudios arrojan que en todos los grupos poblacionales el consumo musical siempre es elevado y tiende a fundirse con el consumo audiovisual, a través de los dispositivos tecnológicos. Esto no quiere decir que se acuda con frecuencia a espectáculos en vivo o se esté en contacto directo con la manifestación; se utilizan para el consumo espacios propios y públicos más que institucionales, si bien la asistencia a estos últimos espacios de cultura es mayor en los jóvenes”.

Pedro Emilio hace hincapié además en que “no hay manera de avanzar desconociendo los gustos de la población, ni relegando a segundos planos la búsqueda de información que demandan promotores, creadores y dirigentes sobre el comportamiento de la población en el campo cultural. Aunque existe la voluntad, todavía los esfuerzos y sondeos resultan insuficientes para monitorear con regularidad un fenómeno tan dinámico para, luego, retroalimentar políticas culturales intencionadas y hacer propuestas a los decisores”.

El problema —según el investigador y profesor— está además en que las encuestas requieren después de recepciones críticas. Se necesita socializar los datos más allá de talleres puntuales, porque “cuesta trabajo hacer entender la realidad de un consumo de ʽalta cultura’ por parte de un público muy focalizado; o incluso el consumo de géneros como el reguetón con cuya promoción hay reservas por parte del Ministerio de Cultura”.

Los últimos estudios acometidos, se han limitado a áreas geográficas capitalinas y, si bien los resultados arrojan algunas pistas interesantes, el sesgo en la investigación se hace visible. La última Encuesta Nacional de Prácticas Culturales, data de hace 10 años. ¿Las razones? El factor económico, lo costoso de la infraestructura y la movilidad, la necesidad de colegiar con la Onei, de capacitar a los responsables de su aplicación, a quienes luego procesarán los grandes volúmenes de datos.

En 2011, fecha de la encuesta en cuestión, la canción romántica aventajaba a la música popular bailable como el género más escuchado. Sería interesante ver los nuevos resultados de un ejercicio de este tipo en el 2021, cuando la tendencia podría ser totalmente diferente (una vez más, a falta de un estudio riguroso, caemos en el terreno de las especulaciones).

Primeras luces

Cuando Laura Vilar, directora del Centro de Investigación y Desarrollo de la Música (Cidmuc), conversó con AM: PM sobre la prometedora propuesta compilatoria de estadísticas en la música cubana —originada como resultado del ya mencionado Proyecto Mincult-Onudi-Koica—, dejó claro que esa maquinaria “aún no ha echado a andar de verdad”. Nos contó que el software con que se trabajó para levantar la información todavía se encuentra en un período de prueba inicial; y, recién en 2019 se pudo programar gracias a la labor del Centro para el Desarrollo Informático en Salud Pública (Cediscap). A ello se le suman las dificultades que trajo la pandemia, sobre todo las restricciones de interacción física, que han imposibilitado la implementación nacional del sistema que está — vuelve a subrayar Laura— en una etapa incipiente.

Esta iniciativa sería la base para la creación de un Observatorio Nacional de la Música Cubana, que, a partir de ese Sistema de Información y Análisis, proporcione los estudios requeridos sobre las tendencias de la creación musical cubana y sus procesos productivos. Sin embargo, aunque construir este repositorio simbolizó una idea sin precedentes, fue algo inicialmente no planificado.

La idea, según afirma Laura, era crear una herramienta básica para conocer cuál era el estado de la industria haciendo un diagnóstico general o una encuesta puntual de la música. En el camino, se percataron de que necesitaban un producto más completo, sostenible y útil en el tiempo. La idea del Sistema de Información y Análisis surgió entonces gracias a la necesidad.

Algunos datos generales , sin embargo, se tenían desde mediados de 2017 cuando a modo de diagnóstico echó a andar el Proyecto Mincult-Onudi-Koica: en Cuba existían 17 mil músicos profesionales, 33 escuelas de música, 303 instalaciones para presentaciones en vivo, 2232 instituciones culturales, 286 tiendas para la venta en formato físico, cuatro fábricas de instrumentos musicales y cuatro casas discográficas (estatales e institucionalizadas).

Aquella forma de enfocar la investigación, si bien preliminar, coincidía con la metodología asentada aún de capturar estadísticas totales, que de tan generales dejan mucha tela por dónde cortar. Pero para armar el repositorio del Sistema de Información del 2020 tuvieron que partir de lo que ya había: las estadísticas oficiales —y públicas— de la Onei, y las complementarias del Mincult.

“Hace mucho tiempo la musicología se preocupa por este tema”, comenta Laura. “El Cidmuc tiene 43 años de creado y desde los inicios Argelier León y Leonardo Acosta hablaban con seriedad de la industria y sus números. Para la década del 80, la musicóloga Carmen María Sáenz y el etnólogo Jesús Guanche prestaron atención a las cifras de la música campesina. Zoila Gómez, de conjunto con algunos sociólogos, también hizo estudios estadísticos con la vista puesta en las ediciones musicales. Lamentablemente, muchos resultados de estos diagnósticos no fueron ni han sido tomados en cuenta”.

Acceder a los datos para actualizar los estudios que sobre el sector se requieren depende de la buena voluntad y disposición del Instituto Cubano de la Música (ICM), las casas discográficas, empresas de la música y de tecnologías, sociedades de gestión y centros de investigación. Para que avance una iniciativa como el Sistema de Información y Análisis desarrollado por el Cidmuc —que hoy en día incorpora la información provincial a partir de las cifras suministradas por el Departamento de Desarrollo del ICM y de las diferentes empresas de la música—, hay que escarbar, convencer, incomodar y revelar; cuando el resultado sería un diagnóstico sumamente jugoso a emplear en el beneficio del ecosistema musical cubano.

Por otra parte, ningún sistema de información, por muy eficaz que sea, lo puede dar todo. Las investigaciones paralelas y complementarias son necesarias, y deben tener en cuenta —a la luz de un siglo interconectado y digital— las tendencias y herramientas para medirlas que proporcionan aplicaciones, plataformas y redes sociales mediante complejos algoritmos.

Volvemos a encender las alarmas: las estadísticas en el ecosistema musical cubano están dispersas y los esfuerzos por revertir la situación también. Mientras las encuestas sean el único método en aplicarse, y queden solo en papeles y no sean divulgadas públicamente para ser aprovechadas por estudiosos y actores de la industria; seguiremos arando un terreno baldío. Ojalá el anunciado esfuerzo del Cidmuc como resultado de las conclusiones mencionadas, eche a andar pronto y podamos ver los frutos. Otros actores (pienso en aliados con experiencia en gestión de la información, emprendimientos y proyectos locales, regionales o internacionales) deberían ser bienvenidos a esta enorme y presumiblemente fructífera tarea.

Indira Hernández Alonso

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