Vendiéndolo todo. Diseño: Jennifer Ancízar.
Vendiéndolo todo. Diseño: Jennifer Ancízar.

El disco rayado: Vendiéndolo todo

8 minutos / Carlos M. Mérida

02.06.2021 / Columns,  Worn-out record

Un día Vanito Brown asiste a una fiesta. Mucha gente, mucho alcohol barato, mucha bulla. “Hay salsa, sida, droga, rap y rock and roll”, dice. (Observen cómo el autor de Divino guion esquiva el cliché y, en vez de utilizar la palabra sexo, en la que seguramente pensó —porque el cerebro es vago y siempre va a tirar hacia el lugar común—, la sustituye por sida, una cualificación semántica que de inmediato otorga a la estampa esa fuerza nueva, tremenda). En algún momento, quizás en medio de una conversación, de un baile, o mientras cantaba algo, Vanito, observador con cédula profesional, vio en la fiesta esto: “Hay una cruz vacía en medio del salón / pero una misma vía en todo corazón”. Es esa de las imágenes que fulminan, pero tanto, que te las quieres tatuar la semana entrante. Fulmina porque describe a partir de un motivo concreto, y con herramientas comunicativas remotas —pues no son ni del pasado, ni del presente, ni del futuro—, el espíritu de una época y un lugar, que es la forma abreviada en la que se datan los sucesos para el prontuario de todos los tiempos. “Una cruz vacía”, señoras y señores. “Una cruz vacía en medio del salón”. Bienvenidos a La Habana. Bienvenidos a los ’90.

Subrayo esta línea porque es la que más me gusta, pero el álbum entero hace eso. La línea pertenece al segundo corte, Luz (Y no son los ’70) —una obra perfecta, porque yo no sé qué más se le puede pedir a una canción—, y el álbum fue la única aventura discográfica de Lucha Almada, Vendiéndolo todo, publicado por Bis Music en 1995. Ese mismo año salió otro hito en la historia musical cubana: el emblemático Como los peces (BMG/Ariola), de Carlos Varela. Con la ventaja que da decir esto casi 30 años después, no tengo dudas de que si estoy en la tienda y solo me alcanza para comprar uno, me voy con Vendiéndolo todo a casa, contentísimo.

Yo sé que Como los peces es el disco-fetiche de la década en Cuba (por lo menos dentro de lo que convenimos en llamar canción de autor), y que esa consideración se la ganó bien ganada; un trabajo que, en este o aquel momento de las vidas de todos los que amamos este tipo de música, ha sido insustituible. Sin embargo, si consumimos cultura con perspectiva histórica (que es como yo creo que debe hacerse, porque si no, no tiene gracia), es un poco raro sentarse a escuchar la fábula de los años ’90 narrada por Varela, cuando había voces más nuevas, modos más nuevos, timbres más nuevos, contando lo mismo. Ojo, que Vanito es solo cuatro años más joven que El Gnomo, pero cuando para entender el desarrollo del arte usamos la metáfora de las generaciones (que es muy útil, pero no por eso deja de ser una metáfora, un recurso más bien didáctico), las fechas de nacimiento son solo una de las variables, y no la más importante. Aunque Vanito Brown y Carlos Varela pertenezcan, quizás, a la misma cohorte demográfica, tienen sensibilidades muy distintas, que hicieron al autor de Habáname juntarse con Frank Delgado y al de La Habana a todo color con Boris Larramendi. Es por eso también que uno utiliza el tropo del pez para indicar silencio y resignación, y otro “un amor durmiendo calmo, (…) hambriento en lo profundo”.

Ningún otro disco de los ’90 tiene la vocación documental de Vendiéndolo todo, ninguno narra con esas ganas de narrar. Es como si Vanito y Alejandro Gutiérrez hubiesen querido decirlo todo de una vez, porque no sabían cuándo iba a presentarse otra oportunidad de grabar. Ni hay otro registro que diga mejor la palabra más importante de la década, la palabra fracaso. Cuando Vanito exclama: “Termina el siglo y tengo insolación” está diciendo “La era está pariendo un corazón”, pero al revés. El fracaso (de la Revolución como proyecto social) es el bloque temático central de Vendiéndolo todo. La mayoría de los temas conectan con esta idea, incluso canciones de amor como Queriendo que te sientas bien, donde al inicio identificamos claramente esa disposición antinatural del ánimo que consiste en entregarse de plano a la realidad, y que decida ella, porque sencillamente, no se puede hacer otra cosa, muy común en Cuba a partir de los ’90: “Te noto alterada, ¿acaso es el mismo problema? / No le hagas más coco, ese asunto no lleva remedio”.

Esta generación de cantores (la de 13 y 8, o de Habana Abierta, como prefiera llamarla usted) es muy dada al auto-reconocimiento y, en consecuencia, buscan constantemente diferenciarse de sus ascendientes directos, la gente de la nueva y novísima trova. En Vendiéndolo todo se nota por todas partes. Las diferencias, sabemos, van desde la reinterpretación del perfil de cantor comprometido hasta el empleo de alegorías sexuales explícitas, nunca antes vistas, o vistas muy poco en el género (“Puedo llenar de líquido tu alcancía”), pero la más notable, la que primero salta, es que esta nueva prole no le hace ascos a la pista de baile. Vanito y Alejandro no paran de recordárnoslo: “Estoy bailando rockasón con los muchachos”, “(…) baila mi conga, mama, menéate con lo que pienso”, “Tu movimiento de cintura me conmueve y me folclora”. Asimismo, se les percibe como asegurándose todo el rato de que el oyente sepa que está ante una mecánica distinta, ante un nuevo modo de trovar: “Y a estas alturas, corazón, / yo estoy buscando otra canción”, “’Cucha el tumbao (…), rockanroleao”, “La gente sabe bien lo que no quiere, / y yo bailo, y yo bailo rockasón”.

La reafirmación-diferenciación continua es una consecuencia directa de la falta de oportunidades que ha marcado a este grupo de músicos. Vanito y Alejandro no están dispuestos, para una vez que graban, a que el oyente termine el disco sin enterarse de lo que ha pasado ahí. No van a esperar a que este vaya a la Biblioteca Nacional y, después de consultar mil archivos y toparse con mil nombres, se percate de que a la altura del año 1995 no ha habido en la historia musical cubana una propuesta como esa. Ellos ya se lo están diciendo. Si, al final, decide comprar Como lo peces y enfrentar la década desde la pesadumbre, solo, tirado en un sofá mirando fotos de familia, pues muy bien, sería una decisión más que legítima, pero ya no habrá quedado por ellos.

Los Lucha Almada, a diferencia de Carlos Varela, en 1995 todavía no hablan como adultos, y eso es lo que hace que sus lecturas de la Crisis sean completamente distintas. Por ejemplo, El Gnomo proclama enérgico en El leñador sin bosque que no va a hacer de bufón; bien, pero la alternativa, la consecuencia de ello es ser olvidado. Alejandro y Vanito aún no habían llegado en esta época a ese grado de lucidez, por eso les escuchamos instantes de un candor bello y triste, como estos: “No voy a zambullirme, / no me da la gana”. Por eso, también, se dice “Estoy sintiéndome mejor” y “Nada peor que un sueño hecho pedazos” en la misma estrofa. Certificar esa luminosidad veinteañera en un álbum cuyo tema principal es el fracaso (porque ese era el tema principal del país), y habiendo observado cómo la realidad se cargó luego a toda esa generación, cómo Alejandro Gutiérrez no tiene una entrada en Wikipedia (que no significa nada, pero lo que estamos haciendo aquí es exagerar, para que se entienda mejor), hace que la escucha de Vendiéndolo todo, casi 30 años después, sea una experiencia recomendadísima.

Termino con dos imágenes, ejemplo de cómo estos muchachos tenían de limpios los filtros de su humanidad, un terreno que no sé si hayan vuelto a pisar, después de que la vida les exigiera ser más prácticos. La primera es de la novena pista, Generación: “Un tipo salta y se mata intentando. / Creo que su caída era un vuelo hasta el sol”. La segunda, con la que cierra el álbum y luego continuamos cantando en la cabeza, dice así: “Mi corazón (mi corazón) / tiene un motor (tiene un motor). / Ya se soltó (ya se soltó). / El que lo coja es suyo”. Estos eran Alejandro Gutiérrez y Vanito Brown en 1995, en Cuba, justo antes de decidir largarse de la fiesta, no subirse a ninguna cruz, y asumir que la vía iba a ser, por el momento, la Gran Vía.

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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