The White Stripes. Diseño: Jennifer Ancízar.
The White Stripes. Diseño: Jennifer Ancízar.

El disco rayado: The White Stripes

15 minutos / Carlos M. Mérida

10.03.2021 / Columns,  Worn-out record

Me duele el oído izquierdo. Dentro está mi cabeza y fuera la calle Corrientes, el portal del Gran Rex. En el medio mi oído izquierdo. De adentro sale una nota tensa, de patrón televisivo, bloqueando el curso normal del sonido, que debería venir de afuera. En la mitad izquierda del campo de mi cara es al revés: mi cabeza le está gritando a Buenos Aires a través del oído. Es noviembre de 2019, cerca de la medianoche.

En el registro civil del rock hay un folio donde está asentado el nacimiento del grunge. La academia está más o menos de acuerdo en que este se produjo en Seattle, en algún momento de la segunda mitad de los ’80. Sin embargo, cuando alguien llega pidiendo un documento que certifique su defunción, ahí mismo comienza el dolor de cráneo de los archiveros, porque no saben bien dónde buscar. Si preguntan, yo diría que el grunge murió el 14 de agosto de 1997, en el célebre y desaparecido Gold Dollar Bar de Detroit, la noche en que Jack y Meg White decidieron presentarse en público por primera vez. Ni ellos, ni los parroquianos que tomaban cerveza tranquilamente, sabían del funeral al que estaban asistiendo. Estas cosas casi nunca se saben, por suerte, hasta que no se vuelven pasado.

Voy en un P-12. Enciendo mi reproductor MP3 de ocho GB. Abro una carpeta titulada The White Stripes. No sé si el nombre es de la banda o del disco. Las canciones se llaman Track 1, Track 2, y así hasta la última, que se llama Track 17. Trato de adivinar a qué época pertenece el sonido. Finales de los ’70, digo. Es 2008, o tal vez principios de 2009.

Jack White es un ejemplar único. ¿Díganme quién tiene más swing que él? Está entre la poquita gente a la que se le puede seguir llamando rockstar a estas alturas del siglo sin que te tiemblen los labios. Posiblemente, dentro del rock en inglés, sea el guitarrista que más quiero. Sigue viendo la guitarra con los mismos ojos que la primera vez. Para el White niño, primero, todos los objetos —incluida la viola— eran juguetes, cosas que sus manos curiosas querían agarrar, explorar. Después esos objetos se fueron convirtiendo poco a poco en mando a distancia, taza de café, libro, búcaro, pero la guitarra nunca se le volvió guitarra, la sigue tanteando con manos errantes de chiquillo tocón. El hervidero de sonido que producen esas manos —sobre todo en la etapa con The White Stripes— pareciera ser consecuencia de la acumulación, como si la guitarra tuviese incorporada una batería de litio del ruido, donde la música permanece, apretada, hasta que él decide liberarla, y entonces sale toda de una vez, sucia, tronando. La bulla que arman las manos de Jack White (a veces usando solamente dos cuerdas) escapa de toda lógica. Denle una viola, un amplificador, unas bocinas mierderas, y tendrán a los putos Rolling Stones en su garaje, y a la vieja de enfrente llamando a la policía.

—… pero no tenemos bajo, y yo no sé tocar la batería —le dice Meg a Jack, en inglés. Él sonríe. Piensa en Son House y en Robert Johnson. Es enero de 1997, por la mañana.

El estilo infantilizado de The White Stripes no es solamente una estrategia visual. Tiene mucho que ver con la música. Jack utiliza guitarras de plástico, de gama media o baja, y Meg ejecuta la batería de una forma muy básica. Esto hace que siempre nos parezcan un par de niños maliciosos. Niños impostores que se hacen pasar por músicos de banda de rock. El dúo es, también, un concepto estético. La pose de Meg detrás del set de drums es el opuesto natural a la del baterista del género: sudado, eufórico, cabeceador, muy Lars Ulrich, muy Mike Portnoy. Meg aparece sonriente, usando motonetas, meneando el torso con gesto pueril, con una chambelona blanca y roja en el parche del bombo que da al público. El concepto convierte a Meg White en una tremenda instrumentista, porque es muy difícil imaginarse que en más o menos 10 años que duró la banda, no aprendiese a tocar “mejor”, no le enseñara alguien dos o tres truquitos más. Sin embargo, ella continúa tocando como quien no sabe hacerlo. Su destreza es practicar la impericia.

—Tengo unos sonidos nuevos en la cabeza. Llevan bajo y otra guitarra —le dice Jack a Meg, en inglés.

—Arma una banda —responde ella. Él duda un segundo, y piensa en algo que no llega a decir. —¿Y The White Stripes? —pregunta entonces.

—¿Qué pasa con The White Stripes? —contesta Meg. Es 2005.

El álbum homónimo (Sympathy for The Record, 1999), ópera prima del dueto, ya deja claro a qué lugares del pasado miraban los White para configurar el presente. Hay un poco de metal (segunda estrofa de Cannon) y un poquito de western & country (intro by One More Cup of Coffee), pero lo que más hay es punk y, sobre todo, blues.

El punk está en el sonido enfangado de la guitarra, y en esa actitud minimalista y ambiciosa a la vez. La novena pista Broken Bricks es un ejemplo de ese método de concentración de energía en dos minutos, esencialmente punk. No tiene intro, ni solo. Es riff-estrofa-riff-estrofa hasta el final. Tiene, eso sí, dos puentes cortos (porque tampoco es los Ramones esto, estamos en Detroit, a finales del siglo XX), pero no desdibujan la postura punk de llego, digo, termino, me voy, y dejo la guitarra haciendo feedback acostada sobre el escenario. Esa pose de renuncia al adorno contrasta, y contrasta bárbaro, con la vastedad del sonido que la banda despide. A The White Stripes les queda chiquito el pub del barrio. No es que no puedan tocar ahí. Lo hacen muy bien, de hecho. Pero la guitarra Airline roja y blanca de Jack White siempre le va a pedir el estadio. En esa aparente contradicción está uno de los más hermosos misterios del dúo. Vayan a Screwdriver and Slicker Drips para verificarlo.

No hay cartel, pero yo sé que en ese mismo teatro habrá un concierto de The Raconteurs dentro de cuatro días. Al quinto tengo que irme de la ciudad, a regañadientes. Me encantaría el Gran Rex para comenzar a despedirme. Que fuese del teatro al aeropuerto. Quizá recoger la maleta en la casa de renta, pero ya, que no hubiese tanto Buenos Aires entre el Gran Rex y el avión. Si pudiera ir al concierto tendría que ser así, porque tengo que estar en Ezeiza a las dos de la madrugada, y el recital debería estar terminando sobre la medianoche. Pero no alcancé entradas. Todos los sitios de venta de tickets dicen que están agotadas. Lo sabía antes de venir a caminar por Corrientes, pero es que ahora estoy parado en el portal del teatro, disimulando sin éxito mi condición de turista, y no puedo dejar de pensar en eso, aunque no haya cartel. “Debería entrar un momento y preguntar si venden los fallos unas horas antes del concierto”, pienso. “Pero aquí no deben saber qué es eso de fallos. Aquí debe ser todo más organizado. Olvídate. Si en la página dice agotadas, es agotadas, sin posibilidad. Si hubiera alguna te lo dirían. El sistema es demasiado eficiente, no va a perder un consumidor así tan fácil solo porque cree que no puede comprar, cuando en realidad sí puede hacerlo”. Entro de todas formas. Tampoco es Dinamarca esto. Nunca se sabe. Es noviembre de 2019, por la tarde.

El nacimiento de The White Stripes tuvo muchísimo que ver con que Jack decidiera imitar a Dex Romweber, después de bajar un día a North Carolina a ver un show suyo con Flat Duo Jets. Y sí, hay un espacio bastante corto entre la causa Romweber y el efecto Jack White, sobre todo en el ámbito sonoro, y en esa forma desparramada de tocar la guitarra, pero el chico de Detroit es, más que todo, un hijo del blues: delfín gen-X de padres negros, tristes, que se llamaban Skip James, vestían de traje y estaban solos.

La soledad, más que los tonos menores o las escalas pentatónicas, define al autor blues. Por eso no es del todo exacto decir que la música de The White Stripes está influenciada por ese estilo, por lo menos no en el mismo modo en que lo estuvieron las bandas británicas de los ’60. El blues en Jack White no es tanto un asunto de influencia sino de identidad. Jack es un autor blues, y en este álbum es donde más se nota, pero salió en una época en la que para que alguien te llamara así tenías que ser negro, medio excéntrico, tener de 65 años en adelante y al menos un featuring con Eric Clapton. Lo único que separa a Jack White de los patriarcas del género es casi un siglo, que dicho así parece mucho, pero el tiempo actúa muy poco sobre la soledad profunda y grave de siempre. Varios de los temas del disco comparten el desamparo, la sensación de orfandad de aquellas grabaciones tempranas que hicieran tipos de bolsillo escueto y alma rigurosa como “Blind” Willie Johnson. Escuchemos su célebre Dark Was The Night, de 1927, y luego regresemos al disco de hoy, a 1999, al segundo solo de guitarra de Wasting My Time. El dolor es igual. Las notas caen, igualmente lentas, sobre la espalda. El día que compusieron esos temas, Jack White y “Blind” Willie Johnson se levantaron, cito a Bunbury, “con las mismas penas”.

Hay también mucho blues en el componente lírico de casi todos los cortes. Jack, como los sabios ancianos del estilo, también habla desde el portal de su casa, y sus palabras muy rara vez nombran cosas que su mirada no alcanza. Las palabras se quedan en el chismecillo de cuadra; que si fulanito mató a menganita, que si mi nena me dejó y se llevó mi dinero, esas cosas. Así lo hacían sus ídolos, y así lo quiere hacer él. Por eso, cuando habla de tema político-social (The Big Three Killed My Baby, Broken Bricks), se cuida mucho de no caer en la corajina grunge o en el tono culterano, pedagógico, de la canción protesta. Jack White nunca va a decir algo como “The times they are a-changin’”. Ese no es su tono. El blues no hace eso. En el blues, para llegar a los “grandes” problemas, hay que pasar siempre por los “pequeños”.

La pausa es muy utilizada en el álbum, como herramienta de fuerza. Al suspender la marcha por unos segundos, Jack y Meg garantizan el impulso posterior. No falla. Los silencios son su combustible, su turbo. Esto también los conecta con el blues, aunque ahora, cuando se apaga momentáneamente la guitarra, el tiempo no lo marca un zapato negro, lustroso, contra el suelo, sino el bombo acaramelado de Meg.

Otra semejanza: Jack White cuando narra, muchas veces reduce los elementos de la composición al mínimo. Todo lo que el oyente pueda inferir será excluido del cuadro. Observemos el inicio de Suzy Lee, cuarto track: “There’s a story / I would like to tell. / My problem is: / It’s one you know too well // Miss Suzy Lee / the one I’m speaking of, / the question is: / Is she the one I love?”. ¿Para qué gastar más tinta, no? El gran Robert Johnson también hacía eso, y no hay que salir del disco a buscar un ejemplo. Dos pistas antes, el dúo versiona su tema Stop Breaking Down, que comienza así: “I can’t walk the streets now / to consolate my mind. / Some pretty mama, she starts / breaking down”. En ambos casos el oyente, desde el mismo principio de la historia, experimenta una sensación de desconcierto parecida a la que ocurre cuando entramos al cine y ya empezó la película. Esto es muy del blues, una música tribal, aldeana, que no necesita introducir ni caracterizar mucho a sus personajes, porque todo el mundo sabe quién es el lechero, quién el borracho y quién el patrón.

Estoy en el laboratorio de computación de la facultad. Escribo en Google The White Stripes. Es, como sospechaba, el nombre de la banda. Sigo leyendo y me entero de que también es el nombre de su primer álbum, el mismo que escuché en el P-12 el otro día. Lo sé porque es el único en la discografía del grupo que tiene 17 pistas. Conecto mi reproductor MP3 de ocho GB a la computadora y cambio los nombres de cada uno de los archivos que contiene la carpeta titulada The White Stripes. Donde dice Track 1 escribo Jimmy The Exploder, donde dice Track 2, Stop Breaking Down, y así hasta la última, que se llama I Fought Piranhas. A eso vine, pero todavía me queda tiempo de máquina y me pongo a leer la biografía de Jack White, el cantante. Sobre el final dice que tiene una nueva banda llamada The Raconteurs, y que acaban de sacar su segundo disco. Es 2009, o quizás finales de 2008.

No quiero irme sin dedicarle un parrafito aparte a Wasting My Time, el tema más hermoso del álbum, y uno de mis preferidos sobre la tierra y debajo de ella. Es grande como las más grandes canciones. Aquí Jack White nos muestra que posee la sustancia única de los cantores eternos. Yo, de verdad, no puedo entender cómo es posible hacer una declaración tan honda, simple sincera, triste, dolorosa, desamorada, pesimista, optimista y sarcástica, todo eso en poco más de dos minutos de música y tres estrofas de palabras. Dejo aquí la primera de esas estrofas: “And if I’m wasting my time, / then nothing could be better / than hanging on the line / and waiting for an honest word forever"

Más allá del espectáculo, ya vale la pena venir al teatro solo por ver en el portal a la gente que va llegando, mientras esperas para entrar. Son 15 o 20 minutos de ver a la ciudad mostrarse. Claro, que en La Habana es mejor, no porque lo sea en realidad, sino porque es allí donde yo vivo, y por lo tanto, mi rol en el portal no es solamente el de observador, sino que participo saludando, abrazando, conversando, jineteando entradas o vendiéndolas, esperando a gente que siempre llega tarde. Además, en La Habana el portal del teatro, media hora antes del comienzo de la función, pertenece exclusivamente a la gente que llega, y no hay, como aquí, que compartirlo con los vendedores de camisetas. Algunos de ellos lucen exactamente como vendedores de camisetas (o de cualquier cosa que se vende en el suelo de una ciudad como Buenos Aires), con ese semblante gastado e indiferente. Hay otros que lucen más como la gente que llega al teatro, pero los distingue su cara de trabajo (la cara de la gente que está trabajando nunca es igual), y además de vender más camisetas, conversan más. Entre las cosas que dicen alcanzo a escuchar que Jack White es el mejor guitarrista vivo, y que el concierto de hoy es una oportunidad única. La gente sigue llegando, pero yo entro, porque al final no estoy esperando a nadie. Las luces están encendidas y hay una banda tocando de aperitivo. Me gusta, y me molesta que ellos crean que no les están haciendo caso, aunque es cierto; ni ellos mismos han venido listos hoy para que la gente les haga caso. Me pregunto si se quedarán a ver el concierto después. Seguro que no. Justo cuando se apagan las luces empieza el olor a marihuana y el ímpetu de la gente (sin que haya ninguna conexión entre las dos cosas, aunque yo, que todavía oler marihuana en espacios públicos me parece algo, no extraordinario, pero sí relevante, por un momento creo que sí). Un minuto después, sobre el escenario, la mano derecha de Jack White incide sobre su guitarra de una forma tan contundente, que me provoca un trastorno auditivo leve en el oído izquierdo, conocido como acúfeno. Es noviembre de 2019, por la noche, un poco antes de las diez.

Carlos M. Mérida

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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