Mujeres. Diseño: Jennifer Ancízar / Magazine AM:PM.
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El disco rayado: Mujeres

5 minutes / Carlos M. Mérida

27.01.2021 / Columns,  Worn-out record

Yo creo que son muy pocos los que saben con exactitud las coordenadas del instante de su vida en que escucharon a Silvio por primera vez. No digo el Silvio-persona —el que nació en San Antonio de los Baños en noviembre—, su voz actual, sus discos. Digo el Silvio-aire —al que el Silvio-persona también pertenece—, el que está lo mismo en un spot pinguero de los CDR, que en el trozo de papel que dejaste debajo de la mesa de la muchacha que te gustaba en la secundaria, que en la voz de Chocolate MC. A este es más difícil decir cuándo y dónde lo conocimos: hallar el punto que corta al meridiano del tiempo con el paralelo del espacio.

En mi caso debió ser muy temprano, posiblemente antes de que el cerebro empezara a engavetar recuerdos. El viejo tenía unos vinilos que no paraba de pinchar en su tocadiscos ruso. Sé que eran varios, pero solo dos llegaron a mi corteza pre-frontal: Causas y azares (Fonomusic / Egrem, 1986) y Unicornio (Areito, 1982), del cual me encantaba la portada por los colores y las imágenes.

Cuando me acerqué a Silvio en serio, ya me sabía de memoria gran parte de sus canciones, y había cantado muchas de ellas en esos actos político-pioneriles que tendremos, seguro, por bastante tiempo más. Mace, Por quien merece amor, El día feliz que está llegando; me recuerdo muy bien cantándolas de niño. Algunas maestras me decían “Silvito”. Una de ellas se ofendió cuando comenté, mientras ensayábamos Pioneros con el coro de la escuela, que en la parte de la canción donde decía: “Fue como regresar a un lugar / donde guardo raíces y luceros” se escuchaba la misma melodía que en los dos primeros versos de la segunda estrofa del himno nacional; que mi papá me había dicho, Silvio le había pedido permiso a no sé quién para hacerlo. Mi apostilla no le hizo ninguna gracia y cuestionó las fuentes de información de mi padre. ¿Qué relajito era ese con los símbolos patrios?

Fue un proceso medio extraño, medio hermoso, descascarar estas canciones ya más grande, sin el matutino y la pañoleta, cuando las palabras dejaron de ser solamente símbolos gráficos y sonidos, y se volvieron lenguaje; cuando “un servidor de pasado en copa nueva” fue “un servidor de pasado en copa nueva” y no “bla bla-bla-bla bla bla-bla-bla bla-bla bla-bla”.

Las del Mujeres (Areito, 1978) no las tenía tan quemadas, salvo Y nada más, que acompañaba los créditos de la telenovela A pesar de todo —posiblemente los más vistos en la historia de la televisión cubana, porque todos queríamos certificar si al final la estatua del Caballero de París caminaba o no, ¿se acuerdan?— y ¿Qué hago ahora?, por la versión que había hecho Moneda Dura en su disco hopefully (Egrem, 2002). Era el que más me gustaba entre varios álbumes con los que redescubrí a Silvio alrededor del año 2004, y que lo convirtieron en mi ídolo de adolescencia. Mi relación con él fue la misma que habrá tenido con Kurt Cobain más de un púber noventero de Seattle, o con el Charly de Sui Generis los flacuchos peludos de Buenos Aires. Es probablemente la más importante expresión estética en mi historia personal. De ahí que siempre le perdone chealdades mayúsculas como Cierta historia de un amor, la séptima pista del registro, que tuvo que gustarle bastante en 1978 para ubicarla abriendo el lado B de la edición LP original.

Escuchando esta placa, para no darle muchas vueltas, encontré la poesía. Antes de “Ya no te espero / Ya eché abajo, ayer, mis puertas”, o de “una mordida de pantera en lo más mío” en mi vocabulario la palabra poesía no estaba demasiado lejos de la palabra poema. Las diferenciaba, claro. Si alguien, por ejemplo, hubiese anunciado: “Ahora, para continuar, Patricia, de 6to B, recitará una poesía”, yo habría sentido que algo no andaba bien. Pero antes de Mujeres, antes de Silvio, el uso indistinto del término no me remordía la entraña. Fue el de San Antonio de los Baños quien me reveló que el lenguaje es un triángulo, o el trazo curvo de la letra D mayúscula; que si la distancia más corta entre dos puntos es una recta, entonces la poesía es toda la cantidad de espacio que hay fuera de ella, todas las formas más largas de llegar al punto B desde el punto A. Y ese es el hallazgo más trascendental, después del hallazgo de uno mismo. Imagínense ustedes lo que viene después de eso. Así que en las borracheras me dejan todas las de Silvio, que yo las canto.

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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