Basta de música. Diseño: Jennifer Ancízar.
Basta de música. Diseño: Jennifer Ancízar.

El disco rayado: Basta de música

9 minutos / Carlos M. Mérida

07.05.2021 / Columns,  Worn-out record

Hoy vamos a alejarnos de la veta habitual de la columna —la de melodrama nostálgico— para hablar de Basta de música, la más reciente producción fonográfica del hombre orquesta oriental Martín Buscaglia, publicada en marzo del año pasado por el sello independiente español Lovemonk. Este fue el álbum que más escuché en 2020, que fue, a su vez, el año que más música escuché. Me rompió la olla desde el primer día, y me la ha seguido rompiendo sistemáticamente, hasta ganarse el marbete de disco rayado.

Sin información previa, contando solo con la que brinda el registro desde la portada, parece, pasado el primer minuto de Los instrumentos, el tema inicial, que aquí vamos a encontrarnos con una movida de tipo experimental y vanguardista, tan radical, que en la libretilla, en vez de salir las letras de las canciones, vendrá un manifiesto estético donde Martín expone las bases teóricas de su propuesta, con una foto de Arnold Schönberg en la parte inferior derecha de cada pliego.

Hay cuatro razones para creer esto. Una es el propio artista uruguayo, un tipo que ha sido incapaz de permanecer en estado de reposo desde que empezó a moverse a mediados de los 90, y así nos lo dice (más o menos) en Para vencer, el segundo track: “Por qué querés hacer / lo que ya hiciste ayer, / si eso ya lo sabés”. Otra, la imagen de tapa, la obra Brujas yendo al aquelarre (Luis Ricardo Falero, 1878), donde observamos a una banda de hechiceras desnudas, desatadas, gloriosas, temibles, volando hacia el lugar donde realizarán actos muy progresistas o muy entretenidos para el ojo decimonónico convencional, que por eso, para poder cerrarse tranquilo, les dio nombres estúpidos como “adoración de Satanás”. La imaginación nunca asignará a esa escena un sonido pautado u ordenado; la pista de audio que viaja de la retina al cerebro —y que no llega realmente al oído porque es una pista simbólica— se escuchará siempre anárquica, demencial, desmadrada como se escuchan las manifestaciones de las bellas brujas feministas de Ciudad de México. La tercera razón es, obviamente, ese título tan provocativo: Basta de música. La mitad del disco ya se vendió desde ahí mismo. Y la última, el opening, porque es una pieza descentrada, caótica en apariencia. Llegado este punto, los oyentes menos curiosos podrían decidir no gastar su chance musical de la tarde con rompimientos, detener la reproducción y moverse hacia un terreno más seguro (qué sé yo, Thalía, pongamos); entonces se estarían perdiendo un álbum tremendamente sencillo, sin jugadas oscuras ni tanteos formales del siglo XXIII, un álbum que está, como dice Martín en un fonograma anterior, “en las antípodas del ruido nocivo”.

Quedémonos con el ejemplo de ese primer corte, Los instrumentos, el tema más salido del plato, el más engañoso, el que más conectamos con el título de la placa. En esta canción Buscaglia juega constantemente con el límite del caos y el orden, pero este caos, sabemos, es un artificio; parece caos, cuando es en realidad orden fuera de foco. En la música el caos nunca existe en realidad, toda aproximación a él tendrá carácter discursivo, de “medio para”. No es la forma artística que mejor se lleva con él, por eso a las legiones de haters de Yoko Ono les cuesta tanto asignar valor a su obra solo desde el plano musical. La música es mucho más aburrida, mucho más predecible, mucho más reaccionaria de lo que quisiéramos, nosotros, la muchedumbre de oidores progre.

Como caos y música son elementos contrapuestos, cada vez que aparezcan juntos se creará un oxímoron. Casualmente, el artista rioplatense ha mencionado esta palabra en varias ocasiones, al responder las preguntas de los medios sobre el título del disco. Hagámosle caso y veamos a Basta de música como un oxímoron fonográfico donde las expresiones contrarias son, por un lado, el nombre; por el otro, la claridad, la naturalidad de las once canciones que lo componen; y el sentido nuevo que se genera de la combinación de ambas sería, pues, Viva la música amable, Basta de ruido, y así hasta donde queramos llegar.

Martín Buscaglia tiene que ser de las personas que no manejan bien el silencio incómodo, y te cuentan su vida sin que tú les preguntes. Te las encuentras en la parada una vez cada dos años, y comienzan a hablarte de su trabajo y de su jefe como si fuera un hecho público y notorio, como si tú recordaras algo de lo que te dijeron la última vez. Después de despedirse se quedan pensando en eso, en por qué diablos tuvieron que dar tantos detalles sobre su vida a un tipo que ven una vez cada dos años, pero ya es tarde. El silencio les da repelús y, además, son tan tímidas que no se atreven a preguntar sobre tus cosas, porque creen que será una indiscreción, entonces hablan de sí mismas para llenar el hueco, en un gesto que se parece un poco al sacrificio. Para vencer su timidez, Martín lo que hace es generar un amplio volumen de información sonora, pero (y esto es lo más importante) nunca llega a saturar la composición. Todo, absolutamente todo lo que Buscaglia dice se escucha, ninguna voz se diluye en el coro. Martín junta, no superpone; prefiere las urbanizaciones horizontales, las ciudades sin rascacielos, por eso es muy difícil encontrar una parcela vacía en el catastro de Basta de música. Observemos, por ejemplo, el minuto 1:12 de Chuza, donde hasta el acto natural de tomar aire para seguir cantando tiene una función rítmica, lo han convertido en instrumento y puesto a ocupar un espacio del tema.

The international hit del disco es, a la primera oída, Me enamoré, un tema al que es imposible no hacerle caso, por rico y delicado. Tiene un motivo principal que se nos va a quedar pegado en la nuca durante una semana. Un riff medio pijo, porque no le va ni la falta de movimiento ni el exceso de este. Suena el bajo y el cuerpo, obviamente, te va a pedir levantarte y bailar, pero no bailar como si estuvieras en una discoteca de Ibiza en tiempos pre-COVID (o en una de Cancún en tiempos de COVID); bailar solo, con las piernas ligeramente flexionadas, los brazos no demasiado lejos del tronco y la cintura dosificando la energía cinética; bailar al revés, de afuera hacia adentro, del mundo al físico; bailar corto, y así, dar sentido total a ese gancho del tema que dice: “¡Qué gusto y qué pereza!”.

La otra pista escogida hasta ahora para abanderar el disco en el desfile del streaming is Para vencer, que está muy bien, pero yo creo que la penúltima, Sencillo, habría funcionado mejor. Quizás Martín la esté guardando para más adelante, cuando la gente haya acumulado tanta música nueva encima del álbum que ya esté empezando a olvidarlo, y así traerlo de vuelta a la parte superior de la pila. Hay tiempo aún, pero sería una lástima que esa canción no se promocione como single, y tenga que pasar la eternidad en el pabellón de las preteridas, a menos que alguien en Netflix la rescate para formar parte de la banda sonora de una de esas ñoñeces que hace Netflix. Sencillo, además de sintonizar muy bien con el concepto de Basta de música, tiene más madera de hit; en este caso, de esos hits de rotación tardía que prefiere la gente que maneja sola por carreteras largas. Tiene, para mí, los mejores dos primeros versos del registro: “Te podría devolver mi amor, / lo que pasa es que ya no lo tengo”, una solución demasiado fina, demasiado al alcance de todos y al uso de nadie, de una sencillez demasiado cerrada para creer que Buscaglia no la copió, de manera consciente o no (y esto lo digo siempre como quien reivindica el reciclaje, ojo, no me vayan a comer).

El artista declara al inicio del álbum, como quien estrena perfil en alguna red social, que le gustan los instrumentos. Podríamos añadir, sin su permiso, con el que nos da el conjunto de su obra, que también le gustan, mucho, las palabras. Claro, a todos los creadores de canciones les gustan las palabras, pero no a todos les gustan, también, sin su significado, es decir, solamente por sus propiedades sonoras, rítmicas. Las palabras de Martín pertenecen menos al lenguaje que a la música. Dicen, pero antes suenan. En Dos patos, por ejemplo, el montevideano comienza narrando una historia —un delirio, más bien, pero con personajes, escenario y acción—, sin embargo, en el camino se entretiene, como los niños, o los adultos con déficit de atención, se olvida de lo que estaba contando y se pone a jugar con sintagmas nominales al azar: “Ola de calor. / Vino verde virgen”, pero también se aburre rápido y, después de decir “horóscopo tosco”, se queda retozando en la rima consonante, y sigue: “Paisajes de El Bosco / a través de un frasco. / Intelecto fiasco”.

Leí hace poco una reseña o una entrevista donde alguien calificaba a Martín Buscaglia de post-autor. Me gusta eso para él, post-autor: autor volatinero de las más lindas canciones que no dicen nada.

Carlos M. Mérida

Oidor. Coleccionista sin espacio. Leguleyo. Temeroso de las abejas y de los vientos huracanados.

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