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Comentario Son 14. Son 14.

El estruendoso silencio por los 45 años de Son 14

A pesar de no ser muy dado a absolutizar, hay una cosa que tengo bien clara: el son es la baza cultural más poderosa de la nación cubana. Esto se corrobora, sobre todo, a través del consuetudinario impacto global del complejo del son. Internacional, sí, porque desde dentro es difícil sustentar la afirmación.  

Ayer se cumplieron 45 años de la fundación de Son 14. ¿Y qué pasó? Nada, literalmente nada. Ayer debió ser un día para celebrar al son cubano, ese que debería apasionar a muchos, a los que les da lo mismo.

Son 14 logró lo que se pensaba era ya imposible: el impacto orgánico masivo a nivel latinoamericano —y en algunos reductos norteamericanos y europeos— de un proyecto nuevo de son cubano, con el añadido del impacto en Cuba, sin vivir en La Habana. Hay que tener siempre claro que de la forma en que está organizado todo, impactar en Cuba desde fuera de la capital es poco menos que imposible. Es un privilegio que ha tocado a muy pocos que a lo mejor hasta se ganaron alguna lotería más fácil. Imagínense que antes de Son 14, al menos de Santiago de Cuba, en esas dos décadas de los 60 y los 70 —casi 20 años— solamente pudieron sacar  discos las orquestas de Mario Patterson, Chepín Chovén y Los Taínos. Se dejó de grabar demasiado son. ¿Importaba?

Pero muchas cosas cambiaron con Son 14 y ya solo por eso debería ser objeto de culto eterno. La dupla de Adalberto Álvarez y Eduardo Tiburón Morales —el mismo jardinero de los Granjeros, el mismo zurdo que dio el primer jonrón dentro del terreno en nuestras series nacionales— se convirtió en historia. La narrativa del son cubano no es la misma sin ellos dos, aunque me gustaría destacar también otros tres nombres entre esa muy valiosa plantilla de soneros que habitó el conjunto a lo largo de los años: Andresito Hernández, Lázaro Rosabal y Geovanis Alcántara, pues fueron los que mejor sujetaron lo que Adalberto dejó. Al ocurrir la escisión, disminuyó de manera extrema la repercusión de Son 14 en Cuba. Pero el “conjuntísimo” siguió “dando jan” a nivel internacional, a tal extremo que el Cuídate de Vladimir, de Andresito Hernández, es apenas conocido por estos lares, pero fue un himno en Colombia, por ejemplo.

Hoy, cuando la banda sonora que se nos impone nada tiene que ver con el son, oportunidades como las que nos brinda este mes para hacer reverencia al complejo , sobre el género, deberían ser bien aprovechadas. Que en este noviembre de 2023 coincidan los 45 años de Son 14 y los 75 de Adalberto y no pase nada es indicativo de que el son no es importante puertas adentro. 

Mientras más pase el tiempo, más caeremos en la cuenta de que una de las peores cosas que le ha acontecido a la cultura cubana es el fallecimiento prematuro de Adalberto Álvarez. Con él se nos fue mucho son, tanto en lo puramente musical como en lo sociocultural. 

Que el son esté ausente en nuestra banda sonora cotidiana es multifactorial. Pero en esa onda expansiva de desnaturalización musical que padecemos, los herederos de esos legados deberían entender que su rol no es musical y ya; como mismo les ha tocado el beneficio de marcas consolidadas, les toca el compromiso con el género, con el movimiento musical que sus padres engrandecieron, con la cultura cubana.

Se nos fue Adalberto y ya el Día del Son Cubano es uno más entre esos que pasan sin penas ni glorias. Mientras tanto, este año se celebra el Latin Grammy en Sevilla —no en Madrid— el 16 de noviembre, durante el Día Mundial del Flamenco.

(Publicado originalmente en el perfil de Facebook del autor).

Alden González Díaz Más publicaciones

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