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Crónica Foto: Andrés Wolf

Dulce de amistad, crónica de un encuentro esperado por más de cincuenta años

El crujido de una trutruca conjuró todos los temores que auguraban una baja asistencia de público al concierto de gala del emblemático festival Rock al Parque. La difusión institucional no había sido la mejor y la promoción apenas había comenzado la tarde anterior, poco después de que la agrupación aterrizara en Eldorado, así que no había certeza alguna. Años atrás, un show de las mismas características, encabezado por la legendaria banda de rock chicano Los Lobos, tristemente convocó a pocas personas que apenas ocuparon las primeras líneas de butacas de la platea. Pero la tarde del 9 de noviembre, a las puertas del Teatro Municipal Jorge Eliécer Gaitán se empezó a agolpar la multitud. A una hora de dar inicio a la función, dos filas daban la vuelta a las esquinas de las calles 22 y 23 entre las que se emplaza el histórico teatro de la carrera Séptima. El crujido de la trutruca, pasadas las 20 horas, invocó la magia, colmó el anhelo y consumó el sueño: después de “tocar, tocar y tocar” por el mundo entero, por primera vez en sesenta años, Los Jaivas estaban en Bogotá.

“Tenemos una historia y la hemos llamado La vida mágica, porque siempre nos pasan cosas muy curiosas, muy tremendas; nos encontramos en los mejores y en los peores momentos con algún signo, alguna luz, algo que pasa, que uno dice ‘esto es una vida’ mágica porque esto no le pasa a todo el mundo… Y venir hoy día a Colombia es parte de esta vida mágica, porque si uno piensa que en sesenta años no hemos podido venir y, mágicamente, aparecemos en Bogotá y en un festival que es gigantesco y muy importante, es un honor que nos están entregando, estamos felices. La parte mala es que nos van a dar muy poquito tiempo para tocar, entonces esos sesenta años no los podremos graficar en ese tiempo”, expresaba la noche anterior el bajista Mario Mutis junto al pianista Claudio Parra, miembros fundadores de Los Jaivas, en su habitación de las Residencias Tequendama, a pocas cuadras del Gaitán.

Fotos: Andrés Wolf

Fue precisamente La vida mágica ¡Ay sí! —tema que abre el álbum Canción del sur (1977)— la cantinela elegida por la agrupación chilena para iniciar su romance tardío con la capital colombiana. En menos de tres minutos Los Jaivas mostraron todas sus cartas para ganar la partida desde el vamos: la filigrana estremecedora con la que Claudio interpreta el piano, la plasticidad rítmica de Mario en el bajo, la potencia expansiva de Juanita Parra en la batería, la ejecución precisa de Alan Reale en la guitarra eléctrica, y el cable a tierra que Carlos Cabezas propone con el charango y el violín. En la pantalla del fondo del escenario, echando mano a los archivos de prensa, resaltaba de qué se trata un show en vivo de Los Jaivas desde comienzos de los años 70: “Gran recital. Música progresiva americana”, se leía en un titular acompañado de imágenes de la agrupación en esa época, y en otro aún más elocuente: “Parecen hippies, pero no lo son: hacen música polémica”.

Sin dar respiro a un público que no paraba de gritar y aplaudir, como intentando agradecerles que por fin estuvieran en Bogotá, Claudio arremetió con delicadeza las octavas de su piano para dar inicio a Pregón para iluminarse, otra de sus aperturas de disco inmortales, en este caso la grabación conocida como El indio (1975). Esta canción rebosante de buenos deseos para todas fue concebida durante su estadía en Zárate, Argentina, ciudad en donde se instalaron autoexiliados de la dictadura pinochetista, abandonando su Viña del Mar natal. Más tarde, en 1977, después de una temporada en Buenos Aires, harían lo mismo escapando del gobierno militar que tomó la Casa Rosada en 1976. Llegarían a París, ciudad en la que echarían raíces. A pesar de ello, y por lo mismo, el arraigo a la geografía y a los sonidos del continente potenció su obra.

Fotos: Andrés Wolf

“En el lado creativo hubo una influencia inconsciente por el hecho de que vivíamos en la ribera del río Paraná, que es un paisaje muy diferente a lo que nosotros habíamos conocido antes, o sea, estar a la orilla del mar. Zárate está saliendo de la región metropolitana, yéndose un poco más hacia un paisaje medio selvático que nosotros no conocíamos; entonces, llegamos al clima de esta región, que es muy húmedo, con lluvias tropicales y en cualquier momento tormenta eléctrica… Y el río mismo, el Paraná es un río navegable, entonces, de repente, pasaba un tremendo barco. Eran todas vivencias nuevas que, de alguna manera, han quedado impregnadas en la música. Por ejemplo, cuando escucho Pregón para iluminarse yo siento que está totalmente influenciado por ese paisaje. Es cierto que el hecho de vivir en distintos lugares ha tenido una influencia en la creación de la música, pero es algo inconsciente”, me aclara Claudio cuando pregunto por este asunto.

El amor por la cordillera de los Andes se volvió inquebrantable en París, en la comuna Châtenay-Malabry, en donde desarrollaron el concepto de otra de sus obras cumbres: Alturas de Macchu Picchu (1981). Fue cuando cantaron una de sus canciones, Amor americano, un huaylas peruano guiado por Mario Mutis en la guitarra eléctrica, que el público del Gaitán terminó de encender la fiesta con puro baile, que se extendió hasta Un día de tus días, un huayno de marcado carácter tradicional, con Juanita Parra terciando un bombo legüero y danzando como una chamana sobre el escenario para dicha de una niña de no más de doce años que no paró de gritar de pie en su silla, eufórica, el nombre de la baterista a lo largo de todo el concierto.

Fotos: Andrés Wolf

Esa exploración incesante de los sonidos telúricos de América y su particularísima manera de hallar piedras preciosas únicas, experimentación mediante, se hizo presente en todo el recital. Pero no porque la improvisación fuese invitada, sino porque cada canción es testimonio vivo del proceso creativo de Los Jaivas. Quien escucha atento no deja de preguntarse cómo consiguieron llegar a ese sonido y encontrar dichas gemas. Porque así como la improvisación ha sido fundamental, también es evidente que los ha comandado la curiosidad. Este grupo, formado inicialmente por tres hermanos —Eduardo, Claudio y Gabriel Parra— y dos amigos del colegio —Eduardo Gato Alquinta y Mario Mutis— con el propósito de entretener tocando música bailable, fue, como los colonos, abriendo trocha.

“Crecimos juntos y aprendimos la música juntos. Aprendimos un poco de la vida entre nuestros juegos de infancia. Cuando nos acercamos a la música también fue así, como un juego, era un juego más descubrir sonoridades. Por ejemplo, teníamos un piano al que sacábamos las tapas y tocábamos golpeando las cuerdas. Hacíamos instrumentos de cualquier cosa. Entonces del juego fuimos pasando a la cosa experimental, la búsqueda, la improvisación. De repente, ya un poco más maduros, todavía seguíamos tocando en fiestas, pero en nuestra casa seguíamos experimentando”, dice Claudio.

El concierto continuó con La conquistada, uno de los momentos más intensos de la noche en donde Alan Reale exhibió su buen oficio como guitarrista de rock, mientras Claudio, Mario y Juanita fraguaron un entramado armónico que sostuvo un solo brillante. Enseguida, y sin dar tregua, el rock progresivo se extendió con la potente pieza instrumental Tarka y ocarina, que inevitablemente trae al presente el legado de Gato y Gabriel. Aunque ellos no fueron los únicos ausentes: Francisco Bosco, integrante actual de Los Jaivas, no pudo acudir a la cita en Colombia por problemas de salud, obligando a que Reale lo secundara frente al minimoog, y Carlos Cabezas en algunos instrumentos de viento. A través de las visuales, que repasan sus pinturas inmortalizadas en portadas de discos, también se hace presente René Olivares, miembro honorífico de Los Jaivas, determinante en la fijación de la iconografía de la banda en el inconsciente colectivo.

Fotos: Andrés Wolf

Cuando indago sobre su relación con el rock y la música tradicional, Claudio y Mario son enfáticos: “No nos consideramos un grupo de rock. La cercanía con el rock es una cuestión generacional y de sonido por los instrumentos que usábamos entonces, que en ese tiempo era el sonido moderno. Vamos a tocar un tema que se llama Tarka y Ocarina, que nos gusta porque el es bien folclórico, empieza con las tarkas, pero cuando se toca lo mismo, las mismas notas con guitarra eléctrica y bajo, suena súper rockero, pesado”, dice Claudio. Y recalca Mario: “Cuando descubrimos que nosotros teníamos alguna posibilidad de hacer nuestra propia música, dejar de interpretar música de otros, decidimos en un momento no escuchar más música para no recibir influencias. Entonces yo vine a conocer a todos los grupos que nacieron más o menos simultáneos con nosotros a finales de los años 60, comienzos de los 70, cuando ya eran súperrequetecontra famosos. No fue una decisión tácita, no fue que hicimos una reunión, no fue una política de grupo”. Claudio acota: “En mi caso, yo había estado estudiando piano en el conservatorio y había descubierto músicos como Stravinski, Béla Bartók, Ginastera y Villa-Lobos, y a Ariel Ramírez con su Misa Criolla y la Misa Luba”. Y Mario concluye: “Claro. Y también música africana. Escuchábamos mucha percusión, gritos y coros espectaculares”.

La emoción en un concierto de Los Jaivas va creciendo con su repertorio, con cada canción, con cada melodía de piano que Claudio ha creado con maestría, como sabiéndose dueño del don de la infalibilidad y, también, de lo inefable. Cuando llega el turno para Mira niñita, a quienes estamos en el Gaitán no nos cabe más la dicha, algunos hemos llorado de alegría y otros han perdido la voz de tanto gritar. Una señora mayor, contemporánea con Los Jaivas, bajita, de pelo blanquísimo con corte de tazón, ubicada en la tercera fila desde donde les arroja besos, contempla extática todo lo que acontece en el escenario. Esa canción, guarda un misterio indescifrable y, como las mejores, detiene el tiempo cuando suena. Quizás el secreto que guarda se deba a esa conjunción entre rock y músicas tradicionales, como cuando dos astros se encuentran en la misma casa celeste.

Fotos: Andrés Wolf

Durante la entrevista vuelvo a insistir sobre su relación con el rock. Los Jaivas forman parte de un selecto grupo de bandas hispanoamericanas de rock progresivo celebradas en todo el mundo por los conocedores, pero Mario no duda en desmarcarse: “De hecho, casi casi nos negamos a tocar rock porque no hacíamos la secuencia armónica y los fraseos de guitarra propios del rock. Nosotros la hacíamos, más bien, a partir de instrumentos como la quena, la flauta o las zampoñas, que son escalas de quintas, por ejemplo, o las trutrucas, que son tres notas por cada trutruca y no dan más. Con base en eso, nosotros hacíamos los fraseos y las melodías, y todo lo demás con ritmos latinoamericanos, y esa era una fusión increíble. En el primer tema que grabamos después de El volantín, que fue el primer disco, descubrimos, como decía Claudio, el lenguaje musical… Que podíamos tocar, por ejemplo, el bajo de la mitad para abajo, los graves, junto con el charango, entonces ocupábamos toda la gama armónica con dos instrumentos y sonaba espectacular”.

Estiro la cuerda y les pregunto por qué no se plantearon, entonces, no usar instrumentos eléctricos y tocar sólo con instrumentos tradicionales, como otras agrupaciones chilenas que alcanzaron el reconocimiento continental, como Quilapayún, Inti-Illimani o Illapu. Pero Claudio es elocuente y reiterativo: “No, al contrario, tocamos la música del continente con los instrumentos que nosotros sabíamos tocar, inventamos algunos también, y con esos instrumentos hacíamos ritmos latinoamericanos e improvisación. Se nos considera dentro del movimiento [de] rock más por una cosa generacional, de sonido e instrumentación, que por el lenguaje musical”.

La intensidad eléctrica le cedió el paso a un apacible instante alegre y pastoril con la cueca peruana Cholito pantalón blanco, que antecedió a otro de los momentos más conmovedores de la noche. Cuando Los Jaivas hicieron su versión de la tonada Violeta ausente, que integra su álbum doble dedicado a revisitar la obra de Violeta Parra, la santa matrona y jardinera chilena apareció en la pantalla. Mientras ella bailaba, los bogotanos la acompañamos con unas palmas que anhelaban que no acabara nunca, que siguiera bailando para siempre, ahí, con nosotras, mientras Claudio daba otra muestra magistral de su dominio del piano simulando el sonido de las arpas paraguayas.

Fotos: Andrés Wolf

En la entrevista les he preguntado sobre su legado en la música latinoamericana. Asemejándola a un árbol, les pido que me digan junto a qué otras ramas de ese gran tronco les gustaría ubicarse. Claudio responde con mucho cuidado: “En nuestra casa familiar se escuchaba mucha música latinoamericana en la radio. Había emisoras especializadas en música de otros países, tango, música mexicana, y escuchaba mucho arpas paraguayas y joropos venezolanos. Entonces nosotros pudimos formarnos en ese medio. Creo que eso fue muy importante en nuestro desarrollo porque hacer música latinoamericana es natural, es normal, es como lo que uno debiera hacer. Me gustaría vernos cercanos a Violeta Parra, a Atahualpa Yupanqui, a las arpas paraguayas, y a los paisajes más que nada, los paisajes tan variados que tiene el continente americano. Siempre hemos querido insertarnos en los paisajes que hemos recorrido y en otros paisajes que no, que ni siquiera hemos visto y que a lo mejor ensoñamos”.

La siguiente canción en su repertorio para Bogotá es, precisamente, una evocación del joropo en clave progresiva: Sube a nacer conmigo hermano, de Alturas de Macchu Picchu, en cuya grabación original resalta el sintetizador minimoog interpretado por Eduardo Parra, el mayor de Los Jaivas, pero que en la capital colombiana fue cubierto por la guitarra de Reale y los Yamaha CP80 y DX7 de Claudio. Eduardo se retiró de la agrupación en 2009 y, desde hace unos años, vive en Fusagasugá, un municipio ubicado a 60 kilómetros de la capital colombiana. Aunque se mantiene activo en las labores divulgativas de la banda, esa noche resultó extraño saber que se encontraba en algún lugar del auditorio y no junto a su familia sobre el escenario.

La noche anterior, conversando sobre el futuro de Los Jaivas, Claudio me explica cuál es su principal inquietud: “Queremos seguir tocando hasta que no se pueda más, pero nos preocupa el patrimonio. Lo que nosotros no queremos es que se disperse, porque si no hacemos nada, no tomamos ninguna acción, cuando desaparezcamos van a venir las divisiones de la sucesión, se va a empezar a dividir y no queremos que pase eso. Entonces, estamos buscando el camino para dejar el patrimonio instalado de manera que siga funcionando y no tenga este tipo de perturbación. Justamente, como vivimos en comunidad, nuestros niños ahora son adultos y mantienen esa unión así, de estar siempre juntos, como hermanos, eso hemos querido preservarlo”.

Fotos: Andrés Wolf

El concierto se aproximó al final con su versión de un clásico de la música tradicional peruana: Mambo de Machaguay, grabada para su álbum Aconcagua (1982). Y breve, aunque no tanto, el primer —ojalá no el último— show de Los Jaivas en Bogotá consiguió saldar una deuda a la que ni el más arriesgado se atrevería a buscarle explicación alguna. Público y artistas entregaron todo lo que alcanzaron; pero es seguro que tenían para más, como el joven metalero que, tan pronto pudo, tomó lugar en el pasillo para acompañar de rodillas a la agrupación con un épico air guitar. Es extraordinaria la diversidad de público que convocan Los Jaivas. Esa noche, de su mano, el Gaitán fue la celebración de un encuentro esperado por muchas y, a la vez, la confirmación de que la música congrega, acerca, amista.

Así me lo explica Mario cuando hablamos sobre el paso del tiempo y la vigencia del grupo. “Lo que ha pasado en estos 60 años es que el público con el cual comenzamos fue creciendo en edad igual que nosotros, y fueron teniendo hijos y esos hijos se incorporaron al público, y crecieron y les dieron nietos que también se incorporaron al público; entonces, hoy día tú vas a un concierto de Los Jaivas y hay niños de cinco años hasta 99. Eso habla de una vigencia, porque el lenguaje y el mensaje siguen siendo los mismos: somos todos un país latinoamericano, tenemos un pasado común, tenemos un futuro común, no seamos idiotas, seamos amigos, seamos hermanos”.

En concordancia, la primera vez de Los Jaivas en Bogotá concluyó con una ferviente interpretación de Todos juntos, el himno que estos chilenos le ofrendaron a la humanidad en su segundo álbum, conocido como La ventana (1972). Para entonces —12 canciones y 90 minutos después— la gratitud era la dueña absoluta de cada corazón que latía en el recinto.

Fotos: Andrés Wolf

Mientras aterrizaba de haber vivido semejante momento, caminando por la carrera Séptima hacia el norte, a la altura del Museo Nacional, en la acera un par de veinteañeros, cigarrillo en mano, completaban su propio recital. Ellos tampoco querían que acabara. Teléfono móvil mediante, escuchaban La poderosa muerte casi como un recordatorio de lo que trasciende al implacable paso del tiempo. Reparo en su juventud y en lo que suena a través del dispositivo que han puesto en medio de los dos, y vuelve a mí el último momento de la entrevista, cuando se invirtieron los papeles.

“Nosotros no nos hemos considerado solo chilenos, sino que nos hemos considerado americanos. Entendemos que nuestra casa es todo el continente, tenemos historias comunes. Cuando empezamos a crear nuestra música, a través de la improvisación, fuimos descubriendo el lenguaje musical de Los Jaivas, y cuando ya teníamos bases sólidas sobre las cuales empezamos a avanzar, las raíces de nuestro continente, nos preguntamos: ¿cómo no va a haber grupos en otros países que les pase lo mismo, que estén en la misma búsqueda de identidad? Así encontramos a Polen en Perú, a Arco Iris en Argentina, a los Novos Baianos en Brasil, y después nos llegaban noticias de nombres de algunas agrupaciones que nunca conocimos ni escuchamos tampoco. ¿Tú tienes idea de que haya habido algo así en Colombia en esa época?”

Claudio Parra, 78 años, legendario pianista de Los Jaivas y responsable en parte de ese sonido inconfundible, me había desarmado por cuenta de su inagotable juventud y curiosidad. Fantaseo entonces con que, a su regreso, Claudio llegará a su casa a descubrir en el tocadiscos el álbum de Génesis —la agrupación colombiana que lideraran Humberto Monroy y Édgar Restrepo, contemporánea con Los Jaivas— que le obsequié justo antes de que el concierto empezara, y que, con eso, otra deuda entre Colombia y Los Jaivas también quedará saldada.

Fotos: Andrés Wolf

*El autor ha decidido utilizar el género femenino como genérico en este texto.

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