Ilustración: Mayo Bous Desmontando la noche: Melodrama Bar
En noviembre de 2020 escuché de un bar en Obrapía al que la gente iba a combatir la costra de la pandemia. Se hablaba del sitio como de una pieza de ropa nueva. Casi en la línea ascendente, tomando como punto de partida el diamante extinto del Capitolio, la noche del lugar estuvo ahí todo ese tiempo, tan cerca de la noche donde yo dormía.
No sé por qué le habrán puesto el nombre. No me interesa escarbar en el origen. Pero está comprobado: el azar podrá ser muy rimbombante en la cúspide vintage del Melodrama.
Era el cumpleaños de una amiga por octubre de 2021 cuando suprimieron en Cuba algunas restricciones post apocalipsis del murciélago chino. El grupo sobreviviente a la enfermedad y a la apatía acordó verse en el número 511 de la calle de las huérfanas, entre Bernaza y Villegas.
Un girasol mira al resto de tarde por la reja de la ventana. Casi pegados al dorso del portón de la entrada, dos o tres sillones con una mesa en el medio están a su vez ubicados debajo de una escalera. Se abre el telón desde las cinco de la tarde hasta la primera hora de la madrugada. El bar tiene dos pisos. En el primero, una mesita alta y dos sillas al lado de la ventana, los sillones, el baño, la cocina y la barra. Arriba, cinco mesas distintas, dos sofás, sillas de hierro y sillas tapizadas de estilo inglés. A la luz de una lámpara de noche espera el tocadiscos que nadie se atreve a usar y al costado los vinilos inclinados en un estante. Del techo provienen bombillas y candelabros.
En las paredes, demasiada información visual compite enmarcada: Una pelea cubana contra los demonios; Bruce Lee muestra el pecho al descubierto; Matilda tiene una pistola; cuatro veces se repite el nombre de Omara; Yes Coca Cola; el mechón y los labios encendidos de Lady Gaga. Dos turnos se permutan en días alternos el servicio de la cocina, las mesas y la barra. Mónica Ge Bravo, un tratado que pautaron las diosas de la estética (porque es injusto decir aquí solo mujer hermosa), comparte turno con un joven que en los meses sucesivos cambia de rostro y nombre. Desde la barra, la paciencia y la suavidad de José Ernesto comparten turno con una muchacha que antes había visto en las frecuencias laborales de La Casa de la Bombilla Verde.
Al Melodrama van adictos al rojo, sobrevivientes de bodas, cazadores, amantes, esnobs, descarrilados y pubertos. Gente que está en todas partes y gente que no volverás a ver. Varios músicos llegan para gastarse el dinero que hicieron ese mismo día en un bar más próximo al maquillaje cremoso del Centro Histórico. Otros llegan para tomarse al menos una cerveza porque no trabajan con las bondades de la pulcritud turística. Entran o salen, con el estuche de su instrumento pegado a la espalda.
Las noches del espacio funcionan con tramas interesantes, pero son peculiares los jueves de música en vivo entre las rutas para trasnochar en La Habana. Se acumula la concurrencia. La playlist del bar ya fue puesta en pausa. Al fondo de la segunda estación del local, donde una luz casi naranja difumina la intensidad enrojecida, empieza a las diez y media el concierto de las nueve.
Roxy Moreno al micro de mi primer jueves. Con ella, suenan también bajo, piano y guitarra. Esa noche invité a un muchacho a probar tragos desconocidos en la barra de Obrapía. El ritmo del reggae se adueña de la sala repetido en el coro de los presentes. Después vendrán los boleros, la improvisación y la práctica ilustre de complacer peticiones.
Todas las fechorías quedan en el eco interior que no traspasa contornos de salida. La atmósfera del color es una máscara perfecta para disimular el porcentaje alcohólico. Marcada su primera vez en un bar, le dije a mi acompañante (un cuerpo de 18 años) que yo quería ser prostituta. Aunque esté permitido fumar en cualquiera de los dos departamentos, la acera siempre acogerá las voces del humo bajo el foco de la calle. Nos fuimos antes de cerrar, o eso me dijo. Llegué mareada a la casa donde él vivía con los padres. Y vomité en su cama cinco tragos distintos del Melodrama.

Ilustración: Mayo Bous
Jueves, de nuevo. Aglutinada en el mismo piso, se movía la afluencia de esa noche. Una jam de jóvenes músicos al fondo. Cuando apenas terminó aquello la vi escurrirse con el bajista: mi amiga me dejó sola en el Melodrama. No quedaba un alma en pena para congeniar la última cerveza. Me quedé vagando por los sillones, debajo de la escalera barnizada. Luego subí. Arriba, tres parejas compartían en la mesa del sofá gigante la comodidad de sus murmullos. Epic fail. Tropecé yendo hasta el baño donde oriné accidentalmente encima de la tapa de la taza.
De un viernes es el último recuerdo que tengo. Fui para tomarme un trago fugaz con una femme fatale escorpio en el principio del noviembre pasado. No puedo retener el total de veces que he ido ni las que pasaron sin volver al cuartel general de la bruma rojiza. Este texto iba a seguir con el matiz de baba nostálgico-retrospectiva, pero Legal Mood anunció su estancia en el Melodrama. El regreso está garantizado.
Trece de junio. Jueves. Caso omiso a la advertencia de chubascos. Puente de 100-Parque de la Fraternidad. Encharcadas las calles de luz amarillenta en la vieja Habana: Caminas apurada hasta el cartel cursivo en la primera curva de Obrapía. Entras. Sientes la permanencia del enigma incandescente. Contra el vapor de los tiempos calurosos, sendos ventiladores giran en dirección a las mesas, a diferencia del clima de enero o diciembre. Sigue siendo temprano. Acuérdate de que nunca empiezan a las nueve. En media hora te tomas dos cervezas importadas sin mirar el papel cartucho de la carta.
Por la esquina derecha, se llama Joel del Río el cuerpo con el bajo que aprieta entre los dientes un cigarro. Al fondo, Carlos Martínez (el pollo extraterrestre) se sonroja abrazado a la guitarra eléctrica. Con boina y espejuelos, de frente y a la izquierda, Marcos Heredia a cargo de la guitarra acústica. Al centro, el cajón aguanta el embate de las manos y a su vez sostiene el peso del sobresalto vocal de Isaiac Morales:
“Ha pasado tanto tiempo / desde que tú no estás / Y ha pasado más de un águila / bajo el azul del cielo / sobre el azul del mar”.
Corren dos horas. Es medianoche. La lluvia tira sus baquetas contra el plato de la callejuela. La fuerza del pronóstico cae un poco tarde. Le pides una más a la voz cantante del músico del cajón. El micro queda abierto cuando terminan los veinte tipos de aplausos.
Cuentas por orden los detalles que quieres retener para desmontar la noche. Te fijas en el rectángulo verde que asume la decoración y en sus arabescos amarillos. No te engañes. Viniste a celebrar la visa de tu amiga, otro peligro de femme fatale escorpio. Trajiste por gusto el bolígrafo y la agenda.
Conforme avanzan los últimos minutos antes de que mueran las doce, se perciben bajas la playlist y las luces. Como ilusión metafórica de ambiente antiguo, en el Melodrama te están pidiendo cordialmente que salgas.
Como no fijaste los precios de la carta, pagas la mitad de la cuenta por Transfermóvil. Una de la mañana. Parece que lloviznará un siglo. Demasiado tarde o demasiado temprano para decirle joven a la sobremesa de los que continuamos. A esa hora relees con lo que te queda de conciencia social el graffiti de la pared de enfrente. Ok, “seamos realistas, pidamos lo imposible”, antes de irte a amanecer en una altura imprevista de la capital cubana.