Ilustración: Jennifer Ancizar Desmontando la noche: Johnny Club
Dieciséis años tenía la primera vez que fui al Johnny —oficialmente Río Club, pero nadie lo llamaba así—. Entré de la mano de un muchacho cuyo rostro apenas recuerdo aun cuando tuvo el privilegio de acompañarme en el justo instante en que, mientras atravesaba el umbral de la discoteca, entraba también de un sopetón, de una vez por todas, a la noche.
Las horas de oscuridad no fueron nunca más la luna fría y una canción sonando bajo desde la radio de mi abuela; la puerta del Johnny se me abrió para acceder a un mundo paralelo de luces, lentejuelas, humo, risas, sudor y chicas retocándose el maquillaje frente al espejo de un baño público y de eso, quien lo ha vivido lo sabe, no hay retorno posible.
No debí mostrar mi identificación y asumo la falta de interés del portero como parte de la naturaleza de aquel antro, cuya magia desentonaba de una graciosa manera con su entorno. Y me refiero a la comunión de tantas Habanas diversas en el área fronteriza entre el agua salada y el barrio de Miramar, lleno de escombros a orillas de la Puntilla y esos edificios enormes de huesos expuestos, encorvados sobre su propia desgracia.
Allá también se encuentra el mar con el Almendares. Después de atravesar de lado a lado la ciudad, viene a descansar (o a darse el revolcón más turbulento) a las puertas del Johnny, con vasijas religiosas, flotantes ofrendas de animales y, sobre todo, el rumor callado de su beso a las barcazas dormitando en la madrugada.
Después de todo este tiempo, los edificios siguen en su sitio, el río continúa su invariable curso y el mar lo recibe con la misma ceremonia, pero pudiera decirse que, en realidad, las cosas sí han cambiado. ¡Y tanto!
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Tras haber sido una madriguera sinuosa en mis 2000 iniciáticos, El Johnny Club goza hoy de un bien ganado prestigio farandulero, justificado en lo que viene siendo cierta exclusividad. Un reluciente perfil de Instagram le restriega en la cara al resto de los clubes que este es su momento de gloria. Se luce convertido en un sitio poco accesible, con promotores, patrocinadores y un público a estas alturas fidelizado.
Como parte de la nueva era, Ana de Armas lo escogió una noche como parte de los festejos de su cumpleaños 35 y desde su escenario Bebeshito y Ja Rulay le recuerdan a Miami dónde nació el verdadero reparto.
Hasta sus puertas llegan quienes pueden permitirse una velada con precios que le han hecho ganarse el epíteto del bar más caro de La Habana y, quizás por eso, la codicia de todos los perseverantes en la ilusión de sentirse al menos por una vez, como yo, los dueños de la noche.
Lo cierto es que el Johnny Club post Covid dista muchísimo de lo que fuera hasta el año 2019, cuando en un intento por darle una nueva vida, completó su cartelera de reguetón con viernes rocanroleros. La banda Bonus tuvo allá su casa durante algunas semanas, pero para entonces las condiciones del lugar hacían que la estancia en él fuera casi insoportable.
Los módicos precios que fijaban la entrada en un CUC, o sus equivalentes 25 pesos cubanos, y la cerveza en un máximo de 20, no podían competir de ninguna manera con el pésimo estado de los baños, las averiadas consolas de clima y el abandono en sentido general: humedad, falta de pintura, mobiliario en extremo dañado. El Johnny se merecía ser nuevamente el sueño de alguien.
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A mediados de los cincuenta, semifundida con el paisaje de un pequeño bosque de pinos y mirando al mar, fue construida una pequeña edificación bautizada como Johnny’s Dream Club. Su programación era variada en cuanto a géneros, recuenta Rosa Marquetti en el texto Jazz en el Johnny’s Dream. Hablan los protagonistas, dedicado especialmente a este legendario sitio.
Las dos siguientes décadas vieron desfilar por este escenario a las más míticas figuras del filin, el rock y el jazz hasta que finalmente se convirtiera, en palabras de la musicógrafa, “en el auténtico epicentro del jazz en La Habana y en un espontáneo y no programado experimento de resistencia musical”, incluso ubicado ligeramente fuera de los habituales círculos de vida nocturna de esta capital.
Nombres como Paquito D’Rivera, Nicolás Reinoso, Alberto Aguilera, Pablo Menéndez, Enrique Pla, Carlos del Puerto o Jorge Yoyi Soler eran habituales en sus instrumentos o parte de una audiencia que sabía lo que buscaba y claramente dónde encontrarlo.
También eran asiduos Frank Emilio, Tata Güines, Guillermo Barreto e incluso se recoge aquí la ultima actuación de la bailarina de Tropicana Ana Gloria Varona. Así transcurrieron los 80 y ya el último decenio del siglo lo abrazó con su periodo especial. La crisis, el olvido, el silencio.
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La nueva administración del local rescató de forma oficial el nombre por el cual nunca dejaron de llamarlo y ahora luce en un lumínico gigante. Es imperdible. Dentro, cualquier expectativa queda desechada pues el concepto en todos los sentidos es, para decirlo pobremente, de otro mundo.
Ni una sola persona después de ir se sustrae al comentario “eso no parece Cuba”. A este punto me cuesta un poco discernir si se trata de un cumplido o una causa de profunda tristeza, pero sí es claro que enjuiciar a quienes han devuelto energía absoluta al “sueño de Juanito” sería cuando menos un sinsentido.
El espacio rediseñado, la circular plataforma al centro para recordar que sigue siendo el espectáculo lo más importante, la coctelería, las luces… El Johnny vuelve a ser un oasis y podrán algunos cuestionarse si para todos o para una minoría.
Para todos no es, como no lo son tantas cosas en este y en otros mundos, volviendo a la manida metáfora. Como antaño, desfilan por su escenario las voces más aclamadas porque habrán cambiado muchas cosas, pero la música, o al menos algunas músicas, continúan otorgando estatus. Y los cubanos de hoy lo saben. Lo han sabido siempre.
De tal suerte, El Johnny de Miramar es en sí la expresión de una buena mala noche, una resaca con sabor a victoria, sudada al ritmo que hace moverse a la farándula habanera, tan sedienta como estaba de un nicho, un trono conquistado por derecho propio.
Lugar: Johnny Club
Dirección: A entre 3ra y 0, Playa, La Habana
Modelo de gestión: autogestionado
Precio de entrada: Gratis (Con concierto, cover variable)
Precio de la cerveza: 650 CUP