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Reseñas Foto: Josep Guindo

Cuba vibra en la Gran Vía, cerca de Sol

Alguien me dijo una vez que el sobresalto de recién llegada a Madrid se va cuando sientes que la Gran Vía ya no te emociona. Toma años para que eso suceda, sobre todo porque para una melómana como yo la Gran Vía siempre tiene algo nuevo: un solo de trompeta con un bolero que el eco de la estrecha calle multiplica; músicos callejeros con instrumentos poco convencionales; los coros de la gente; las ruedas de baile; las marquesinas con tantas propuestas como poco tiempo para abarcarlas. Gran Vía es muy cosmopolita, triunfar en sus tablas significa tener superada esa asignatura que es la Europa hispana, tan familiar como exigente.

En las cercanías de Sol, cuando cae la tarde, la marquesina del Teatro EDP Gran Vía, antiguo teatro de La Luz, se ocupa con un evento que me devuelve a casa. Cuba Vibra se lee y lo primero que pienso es que el título me aburre, la cubanía ligada a la alegría, al desparpajo, esas cosas que ya no son tan así. Luego recuerdo que estoy en una capital europea donde la estrategia de marketing y la publicidad están diseñadas de otra manera y se me pasa. Cuba atrae, como un mito que se alimenta con cada puesta en escena que muestra la alegría de un país que se ha tenido que reinventar.

Lizt Alfonso está en España con un equipo de treinta personas para estrenar un espectáculo que tiene mucho de novedoso: un recorrido por el universo sonoro del país desde la década del 50 del pasado siglo —más o menos cuando este teatro fue inaugurado— hasta el presente. Un viaje en el tiempo donde, a diferencia de los míticos espectáculos de Lizt Alfonso Dance Cuba, la música es protagonista. La función llega a Madrid con más de 200 ciudades recorridas en los cinco continentes, parte de una celebración por los 30 años de fundada la compañía.

En la puerta me recibe Juan Carlos Coello, mánager de la agrupación, que me habla un poco de lo que no se ve: cuánto agota viajar para cumplir con giras extensas; cómo se las arreglan para quedarse en habitaciones de hotel, en apartamentos; el alivio de estar en España, cuánto de hogar tiene Madrid. Me habla de las bondades de poner en escena Cuba Vibra por tres semanas, detenidos en la ciudad por un tiempo que les permitirá recargar las pilas. “Esta vez rentamos casas con cocinas, señal de que tendremos algo de tiempo y espacio para descansar”. Aun así, Juan Carlos trabaja mientras las tablas se iluminan. Comentamos brevemente sobre cómo ha mutado el público de la compañía, que usualmente atrae más locales que cubanos y que, precisamente, es lo que busca su espectáculo: “si estamos en New York se llena de newyorquinos, siempre se llena, es un lujo al que no tememos”; pero probablemente esta sea la primera vez que advierten tantas caras cubanas, tantos rostros conocidos, amigos que se acercan a saludar o gente nueva en busca de la nostalgia. ¿Para quién se baila fuera de Cuba, con trajes cubanos, bailes cubanos, música nuestra? Una respuesta que muta, un país que está cambiando.

Suena el tercer timbre y se apaga el inmenso candelabro de cristales sobre mi cabeza. En el escenario tres músicos: Jonathan García al piano, el bajo de Yenly Medina, Yandy Chang en las percusiones y la voz es de Yaíma Sáez, hilo conductor entre la música y el baile, protagonista de la noche. Cuba Vibra no apela a la nostalgia, aunque nos devuelve a los clásicos del repertorio cubano, chachachá y mambo, son, rumba y guaguancó. La puesta narra las mezclas que han conformado la identidad cubana; el baile español que ha sellado a la compañía desde su fundación esta vez se mezcla con tambores africanos y algunas sonoridades norteamericanas, con breves irrupciones de jazz, swing y rock ‘n roll.

Foto: Josep Guindo

Encienden las luces y en escena las faldas de vuelo ceñidas a la cintura, camisas abotonadas, encajes, labios rojos, colores vivos. Cuba tenía sus propios bailes de salón, la clase media de la Isla es la que está sobre las tablas bailando chachachá, mambo, danzón, una fiesta del té a la cubana… o a la habanera. A la música en vivo se suma un chelo, tres, guitarra, más percusiones en diferentes momentos, con los músicos Efraín Chibás, Dayron Echevarría, Ernesto Hermida, Juan Pablo Solas, Yuniel Rascón; con la participación de Carlos Alfonso, Consuelo Veláquez y la propia Lizt en los arreglos y los diseños de sonido, junto a Armando G. Sin. Los bailarines acompañan las voces, con traje blanco y una disposición que recuerda a la Banda Gigante de El Benny, y los clamores de las nueve bailarinas en el escenario, que impregnan la fiesta del té con la particular alegría blanca y burguesa de los años republicanos.

El bolero marca los puntos de inflexión de la puesta en escena entre coreografías; la gran bolerista que es Yaíma nos trajo un canto cercano: “siempre que te pregunto que cuándo, cómo y dónde…”.

Foto: Josep Guindo

Llega el momento del baile español y aparecen las bailarinas con faldas de vuelos blancos, capuchas y velas en sus manos, descalzas, sin rostros. El pianista presenta el cajón y las faldas vuelven a ser lo más vistoso de la coreografía, con formas que recuerdan a Alas, un espectáculo estrenado por la compañía en el Gran Teatro de La Habana en el 2006. Las alas, en las coreografías de Lizt Alfonso simbolizan el crecimiento, la espiritualidad, la búsqueda del vuelo alto, la movilidad. Tal vez por eso las velas y la ausencia de rostros. Entre los vuelos aparece una bailarina negra, una de las dos que puedo distinguir entre todas, también vestida de blanco, para cantar y bailar a los dioses negros, al ritmo de tambores africanos, rumba y guaguancó. No puede faltar la afrodescendencia en la narrativa musical cubana ni el panteón yoruba en nuestra espiritualidad. Sale la rumba de sus ritos originarios y entra al solar. Allí le espera la escoba y la chancleta, las mujeres visten pantalones y las tumbadoras se hacen protagonistas de ese baile que erotiza el rechazo de la mujer hacia la sexualización masculina.

La puesta de este domingo tenía algo excepcional: fueron invitadas a escena las bailarinas de la compañía de Sara Martín, maestra y bailarina de flamenco. Decorando su propia historia con la tradicional bata de cola española, gruesa, de lunares rojos y negros, y los tacones sobre el tablao, enfrentaron a las cubanas, igualmente con sus vestidos tradicionales y chancletas de madera; contrastaban los sonidos percutidos en una coreografía que hacía honores a las raíces de cada compañía. De Novo es una coreografía original de Lizt Alfonso versionada por Sara Martín, que compartieron en escena por primera vez.

Foto: Josep Guindo

Una escena me gustó sobre todas. Esta vez los vestidos de volantes eran olas, un mar rebelde y, sobre él, una pareja que intentaba forzarlo, domarlo. La mujer tiene una evidente angustia, él lucha contra las fuerzas naturales para llegar a la otra orilla, o al menos eso parece. Esta vez el cuerpo negro es él, sus ropas son pobres, rotas, la miseria lo saca de la isla y lo tira al mar. Percusiones y rezos crean un ambiente hostil que enseguida se reconoce: la migración por el estrecho que se ha tragado tantas vidas cubanas que perseguían el sueño de la Florida; también la de nuestro protagonista que, a pesar del forcejeo, muere bajo las olas, bajo las faldas blancas y azules que juegan con las luces desordenadas.

Foto: Josep Guindo

La historia de Cuba no puede ser contada sin el movimiento, de sus músicas y de sus hijos, con sus tantos orígenes y hacia tan diversos destinos, lejanos como para invocar al país que sabemos de memoria, pero que nos pertenece en su complejidad. Vuelve la voz de Yaíma a arrancar alaridos al público con su Perdóname conciencia, ovaciones de pie para sus últimas notas sostenidas, las mismas que han visto pasar a las grandes voces boleristas cubanas: un homenaje a La Lupe, Elena Burke, Moraima Secada, Olga Guillot, Celia Cruz.

Nuevamente las luces se encienden y el domingo vuelve a ser más claro, y sales de tu país a la Gran Vía, a Sol, no sin antes toparte con la treintena de jóvenes que corean, gritan y aplauden fuera del teatro, y se brindan para las fotos en un inmenso cartel que jura que, a pesar de todo, Cuba vibra a su forma, en cualquier ciudad.

Foto: Josep Guindo

Adriana Fonte Más publicaciones

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