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Reseñas

Como un divino reptil, Vanito a todo color

Hace unos años, durante la transmisión de un famoso show televisivo, el reconocido músico Lenny Kravitz sorprendía de buena manera a la coestrella invitada de la noche, Joe Namath, legendario quarterback de los Jets de New York, que en los años 60 hizo época en la Liga de Fútbol Americano. En aquella ocasión, Lenny confesaba que él era aquel niño vecino del barrio, que esperaba a Namath a la salida de su residencia, con el fin de lanzar juntos algunos ovoides, para asombro del ex mariscal de campo y de toda la teleaudiencia.

Pero no estamos en el plató de Letterman y es más que probable que Ihosvany Caballero Brown jamás haya participado en la creación de un touchdown. Por si fuera poco, entre el autor de Fly Away y un servidor, solo a nivel abdominal, deben mediar irreconciliables diferencias. 

Tampoco la entrada y salida de Vanito de su vivienda en la calle Velázquez, ni su paso acelerado y loma abajo por Melones o Rosa Enriquez, conduciendo alguna Forever bicycle, generaba gran expectativa entre los niños de la zona, mucho menos en mí, que con una crayola en la mano prefería pintar de forma recurrente alegres tocopanes, vencedores de aquellos Juegos Panamericanos.

Algo ha llovido y aunque ya ninguno de los dos figuramos en la oficoda de Luyanó, sabemos que el tiempo y el espacio son categorías inexplicablemente frágiles, sobre todo cuando Vanito tiene cerca una guitarra. 

La Sala Clamores, por su parte, tampoco es ajena a esas “trampas del tiempo” y, aunque su renovado aspecto no lo demuestre, anda ya por los cuarenta y tantos. El recinto ubicado en el barrio madrileño de Chamberí, constituyó uno de los primeros espacios consagrados al jazz en la ciudad, curiosamente cuando la movida madrileña marcaba otro beat. Luego, en sus salas también irrumpieron el funk, el flamenco o el soul, manteniendo, eso sí, la buena calidad del sonido en directo. En caso de que las paredes tengan oídos, las de este recinto han escuchado desde Joe Henderson, Pedro Iturralde, o Stanley Jordan, hasta Ariel Rot, o el mítico Antonio Vega. 

Pero no digo más, porque en el cajón de bateo ya está el anfitrión de la noche y la magia se hace presente en todo el local cuando suenan los acordes de Arrecife, mientras El Vano nos habla de quebrantos, heridas, dolor, agua y viento. Era su reencuentro con Madrid, ciudad que lo vio crecer como músico y tal vez la que más ha contribuido en la conformación de su leyenda, aunque hace más de una década reside en Miami y tiene por costumbre llevar a Santiago y La Habana en su mochila y también en la garganta.

Fue en esta última ciudad, pero en el año 1994, donde creó junto a Alejandro Gutiérrez la legendaria banda Lucha Almada y, año después, editaron el Vendiéndolo todo, disco de culto, del que nos ofreció Queriendo que te sientas bien, una pieza que Vanito ha rejuvenecido y posicionado en su repertorio para satisfacción de todo tipo de oídos, desde los más veteranos, hasta los jóvenes que prefieren acercarse a estas creaciones.

Pero, aunque una cita con Vanito siempre implica un acercamiento con la nostalgia, el nacido en Palma Soriano no vive instalado en el pasado, para satisfacción y disgusto de muchos de sus seguidores. Llegaba el turno entonces de Boca arriba y sobrecama, un nuevo tema editado por el sello Puntilla en Miami, pero que curiosamente comenzó a escribir en Madrid hace más de 20 años y que presentaba a manera de estreno en su lugar de origen. 

Según había comentado el propio autor en días previos, el lanzamiento de esta canción forma parte de una serie de singles que podrían integrar un nuevo EP y que los presentes en Clamores tuvimos el privilegio de validar. “C’est la vie, mi amor”, nos cantaba reflexivamente Vanito, o nosotros a él, porque ya a esas alturas, la sala comenzaba a ser suya y el poeta demostraba nuevamente su capacidad para secar al sol viejas heridas e historias, sin dejar de tirar un pasillo en la pista, con aires de renovación.

Caían seguidamente Niña guajira y Dame otro besito, llevándonos lo mismo hacia un punto cubano que funkeando con el pegajoso track que integró el álbum 1234, disco que a la postre se editó bajo la firma de Habana Abierta, en el 2011. 

Entonces el salón ya estaba listo para que Vanito, sin hacer uso de sedantes, abriera el tórax y desmontara su Corazón Boomerang, asistido en el proceso por la mayoría de los presentes. La emoción fue tal que no pudo contener las lágrimas al final de la canción; quién sabe cuántas evocaciones y recuerdos le invadieron mientras aseguraba, con conocimiento de causa, que llevar un corazón boomerang no es tan fácil. 

Luego tomó aire, bromeó con el público tras comprobar la poca pericia que en materia de cálculos imperaba en la sala y nos presentó ese problema matemático en forma de canción que obedece al nombre de Son iguales, otra de las eternas que atesora en la zona VIP de su repertorio. Confieso que extrañé en esta versión la ejecución en las cuerdas de Nam San Fong, casi tan protagonista como la propia voz. En este punto se debe aclarar que Vanito se presentó en Clamores sin más acompañamiento que su guitarra acústica, la percusión menor a cargo de Noslen, que repartía el ritmo por la vía de los bongós o el cajón indistintamente y, claro está, la inoxidable bomba de la que todavía es portador.

No obstante, los refuerzos —de lujo— no tardaron en llegar con la incorporación de Lynn Milanés. El anfitrión aseguró no compartir espacio con esta artista desde principios de los 90 en La Habana, aunque al respecto Lynn objetó, entre risas, que ya en Madrid habían repetido, si bien Vanito no era capaz de recordar ese segundo encuentro, por causas ajenas a su voluntad. En cualquier caso, unieron voces y sentimiento en la melódica Si te apartas de mí, tras la cual irrumpieron sorpresivamente con ese monumento de la canción universal que es Yolanda, cantada y sentida por cada uno de los asistentes, desde el primer verso hasta el último acorde. Sería bastante difícil, e innecesario explicar el magnetismo y ternura que desprende esta obra por sí misma, pero escucharla y vivirla junto a Lynn Milanés, hija del creador y de la musa inspiradora de esta pieza, conmueve de una manera muy particular.

Se retiró Lynn entre aplausos cuando era presentado ese veterano y compañero de ruta que es José Luis Medina, quien calentó el recinto con No quiero que lo olvides, apoyado por Vanito en los coros. Siempre resulta vibrante y se agradece la unión de cualquiera de los miembros de Habana Abierta. Es una lástima que la industria de la música y otras instituciones no sean conscientes de ello y no se conmemoren por ejemplo, los 25 años del antológico álbum 24 horas, con una celebración digna del homenajeado.

También algunos añoramos la presencia, además de Medina, de otros integrantes de la tropa, residentes, o de paso por la península ibérica, pero Habana Abierta fue y es una formación que siempre convivió con el protagonismo o la ausencia de muchos de sus miembros, a cargo de vidas y proyectos individuales.

Basta recordar que en 13 y 8 no estaba Kelvis Ochoa, que el propio Vanito y Alejandro Gutiérrez, enfrascados con Lucha Almada, no alinearon en la convocatoria de Pavel Urquiza y Gema Corredera, para la conformación de Habana Oculta. Tampoco Luis Barbería y Andy Villalón figuraron en los créditos de 24 horas, y a Boris Larramendi no lo vimos por El Sauce, en la última presentación de la banda en Cuba, en el 2019.

De hecho, en muy pocas ocasiones hubo cien por ciento de asistencia y puntualidad, así como en muchas otras, estuvieron músicos que no figuran “oficialmente” como miembros de la banda, pero sí de la familia: Alejandro Frómeta, Carlos Santos, José Luis Estrada, Raúl Ciro, Athanai Castro, Robertico Carcassés y, por supuesto Nam San Fong, serían algunos nombres que podrían integrar esa larga lista.

Pero la vida, bien lo certificó Vanito, no es más que un Divino guion y en Clamores se entonó ese himno con la euforia que lleva, porque ya sabemos de qué manera Habana Abierta siempre trae su rock ‘n’ roll con timba.

Se fue Medina del escenario, pero continuó cantando junto a todos, porque a esas alturas Vanito no bajaba la guardia y nos proponía, como ejercicio de éxtasis colectivo Lo bueno no sale barato.

Luego, este trotamundo se brindaba un respiro charlando con el público, mientras reivindicaba su condición de oriental y rescataba la obra que hace muchos años dedicara a su ciudad natal, Santiago, seguido de Chévere, tema con el que agradeció la presencia de todos los participantes, en especial del proyecto cultural Hummo Productions, responsable en gran medida de su retorno a la capital española, amagando así con cerrar la jornada.

Pero claro que nadie creyó en sus palabras y entre aplausos se realizaron algunas solicitudes, entre las que sobresalió ese estribillo que clama por una Habana a todo color, que le cantamos desde el público.

Vanito entonces se acercó al micro y gritó; “bendita sea La Habana, ciudad de mi sentimiento”, secundado por Lynn y Medina y yo regresaba al año 2003, al Salón Rosado de La Tropical, a sudar de lo lindo en pleno enero, abrazado a mis hermanos. Y por ahí también estaban, cómo no, Kelvis, Boris, Alejandro, junto a Athanai, David Torrens, Nam San, Yusa, Gerardo Alfonso, Santiago Feliú, y en Madrid la gente también se abrazaba y coreaba, probando que más de uno dejó bien clavada, muy lejos de ahí, la punta de su memoria.

De esta manera, ahora sí, Vanito se despedía hasta nuevo aviso de España, para retomar su camaleónico viaje por la vida. El DJ que lo sustituyó no quería lo mismo para nosotros y comenzó a animar la pista con música grabada, pero en mi caso al menos, pasados unos minutos, nada cobró más sentido que salir un rato a la acera, en busca de aire y de paso acomodar recuerdos y emociones en algún lugar seguro.

En las afueras del local, casualmente, Vanito acaparaba saludos, abrazos y fotos de parte de amigos, conocidos y seguidores, que se agrupaban en la calle Alburquerque, a la entrada de Clamores. Como a mí no me gustan demasiado los selfies, simplemente disfrutaba la escena a unos metros de allí, aunque he de confesar que cinco minutos después también quise saludarlo y agradecerle por todo. Seguramente Vanito pensó que aludía a su recién finalizado show, pero realmente me refería a muchos momentos e incluso hablaba también en nombre de otras personas.

Luego, mientras él se marchaba, a mí me dio por advertir que probablemente en ese instante cualquiera podría detectar en mis ojos un brillo muy parecido a los de Lenny, cuando en aquellas tardes de antaño solía encontrarse con su ídolo; aunque Vanito, ya se aclaró, jamás haya anotado un touchdown.

Larry Martínez Díaz Más publicaciones

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  1. Yuro (Hummo Productions) dice:

    Más que un artículo- crónica del concierto, este ha sido como leer el alma abierta de su escritor. Lo he disfrutado mucho. Gracias por el pedacito humilde que nos toca, de parte de todo nuestro equipo y de VANITO y compañía.

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