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Artículos Tomada del post en Facebook de Alden González.

Collab: escucharlo sin parar por estos días

Paso trabajo para definir quién es mi cantante favorito; y varía según etapas y se hace más difícil en la medida en que uno va descubriendo talento nuevo, o viejo que no había escuchado. Sin embargo, hace mucho tiempo tengo la certeza respecto a mi cantante favorita (y ya creo que lo será siempre). De esa cantante me gustan muchos discos, pero también sé que mi preferido es Tua, un álbum de 2009 que contiene un track llamado Remanso, en el que hay un solo de mandolina que es un tratado de comunicación. Gracias a Maria Bethania yo descubrí a Hamilton de Holanda.

Hamilton de Holanda es uno de los músicos vinculados a la escena del jazz, latin jazz, instrumental o música experimental más comunicativos que conozco. Hamilton ha puesto la mandolina —ese instrumento inusual en esos ámbitos— a otro nivel. De hecho, desde mi modesta perspectiva, su transformación del instrumento respecto al tradicional (hace más de 20 años a los cuatro pares de cuerdas tradicionales le aumentó otro par, en Do, hacia lo grave), ha privilegiado lo expresivo, en detrimento de la subliminal ostentación de superioridad inherente a los habitantes de poblaciones de instrumentistas. Su obra discográfica es ejemplar en cuanto a conceptos de producción. De su vasta discografía resalto dos discos: Samba de Chico y Casa de bituca, tutoriales de sonido.

Y viene entonces la vida y le regala a uno un disco de Hamilton de Holanda nada más y nada menos que con Gonzalo Rubalcaba. Con Gonzalo, que para mí es una de las cimas en eso de comunicar la introspección desde la diferencia de su sonido marcadamente personal y su estilo signado —a mi modo de ver— por una gran virtud que no ostentan muchos: la multi decodificación.

Quien quiera entender cómo el virtuosismo se mira al espejo, cómo dialoga consigo mismo, que escuche este disco. Collab se llama, y es además una oda a la fluidez, a la dinámica, es referencial en el arte del acompañamiento (los momentos acompañantes son tan disfrutables como los solistas). Este disco es como una amena conversación de varios temas. Siendo el origen tímbrico tan dispar, lo que han hecho quienes diseñaron la producción merece muchísimo respeto, pues el sonido supera las expectativas que ya uno se hace al saber que participaron cracks como Carlos Álvarez, Gabriel Musy o Andre Dias.

Aprovecho esta oportunidad para hacer saber en el lugar que tengo a gente que está detrás de los conceptos de producción de suprema calidad que imperan en la música brasileña de cualquier estilo, y lo influyentes que fueron en trabajos que alguna vez emprendí. Admiro demasiado a gente como Moogie Canazio, Felipe Tichauer, Marcelo Saboia, Gabriel Pinheiro, Álvaro Alencar, Carlos Freitas, Roger Freret, Ricardo Dias, Leo Bracht y, por supuesto, Gabriel Musy y Andre Dias entre un largo etcétera de profesionales, que doy por hecho que tienen como premisa dotar de alma cada grabación. El sonido brasileño es otra cosa.

Un gran amigo recién fallecido, a cuya sabiduría le debo mucho, siempre decía algo parecido a  “el que tiene bomba puede poner todas las notas que le dé la gana, y al que no la lleva, ni una nota le suena”. Ya se pueden imaginar entonces el desastre que supone que quien “no la lleve” tenga incontinencia de notas o sea un fisiculturista armónico. Por ahí anda la explicación de muchas cosas. Sé, porque lo sé, que algunos de sus colegas (sobre todo de los que andan en el “fisiculturismo”) no entienden por qué Gonzalo sí y otros no, y eso es aplicable a los que se preguntan por qué Brad Mehldau sí, por qué Antonio Adolfo sí o por qué Joey Alexander sí. El truco está en la comunicación.Porque claro, sin “llevarla” no se puede comunicar.

Esta gran muela va de preferencias, no tiene ínfulas de reseña ni nada de eso. Que solamente sirva para que escuchen Collab, un disco que no paro de oír por estos días.

Alden González Díaz Más publicaciones

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