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Artículos Foto: Rafael Valdivia. Foto: Rafael Valdivia.

Coleccionar a contracorriente en Cuba

Coleccionar, en la mayoría de los casos, es un acto sumamente individual, una suerte de pasión monologante que parecería incentivar más el ensimismamiento que la socialización. Pero, a menudo, esto no es más que un estereotipo. Si bien dentro del ejercicio del coleccionismo musical existen patrones psicológicos dignos de estudio, sobran los casos del impacto que ciertas figuras de este gremio han tenido en la cultura (entre ellos el cubano Cristóbal Díaz-Ayala). La lista sería extensa, y también los diferentes perfiles y esferas de la vida sociocultural en los que cada uno ha contribuido. 

El coleccionista es un hub de musicografía. A través de él circula un flujo informativo que es más valioso en la medida que es menos accesible, sea por rareza, antigüedad o de difícil compilación. Personalmente, para practicar el coleccionismo de discos, como cubano y ciudadano del mundo, encuentro los mismos argumentos para la preservación y comprensión del pasado que en la acción y modificación de las inconformidades con el presente, vengan de donde vengan. 

Porque la manida invocación a la “preservación del patrimonio” no debería solamente enfocarse en el rescate y ordenamiento acomodaticio de la información y los valores de ese pasado, sino en encontrar las conexiones con un presente vivo no folclorizado, y, sobre todo, en “vender” nuestra música de una manera atractiva, sin desdeñar a todos los que intervienen en una producción musical, todas esas conexiones para los nuevos consumidores. En este empeño, el disco es una apoyatura imprescindible si logramos verlo más allá de un simple registro sonoro. 

Un muestrario de los archivos de la Colección Díaz Ayala en la FIU, Miami. Foto: Colección Díaz Ayala. FIU, Miami.

En mi caso, por ejemplo, suelo enfocarme más allá del soporte, en su concepto, la información que refleja y promueve, el alcance de su contenido. 

El disco en tanto soporte sonoro, más allá de las distinciones específicas como mercancía de consumo cultural, es también un documento, una suerte de nodo en los flujos creativos entre músicos, géneros, estilos, culturas, etc. Es un alto en el camino que permite, al cabo del tiempo, cual foto de familia, entender un instante específico. En un disco confluyen músicos, productores, arreglistas, diseñadores, compositores, fotógrafos, sonidistas, escritores, entre otros perfiles. Y esto es precisamente algo que se ha resentido bajo las nuevas formas de consumo: la visibilidad y reconocimiento por los públicos de un trabajo en equipo, la posibilidad de un registro efectivo de cara a la memoria futura. Pero al mismo tiempo, todo parece indicar que es algo de lo que no deberíamos prescindir todavía.

La magia de Spotify, por ejemplo, nos oculta todo este concierto de roles profesionales que suelen intervenir en un disco. Y por mucho que este nuevo orden estimule las carreras de los músicos a golpe de single tras single, el rigor profesional y artístico indica que el disco, como sello de identidad del creador, es una unidad de sentido y un cierre temporal de inquietudes, no una sucesión de temas por caprichos o azar; en consecuencia, intervienen muchas personas, como en un filme. 

Si antes el disco constituía un medio directo para cumplir objetivos de facturación, es cierto que hoy está varios pasos atrás en ese sentido. Aun así, sigue contemplando similares exigencias, artísticas, profesionales y documentales; siguen los músicos requiriendo productores, grabadores, equipos de trabajo.  

Todo esto nos hace pensar en la supervivencia del disco como soporte. Si se mantendrá de una forma física o derivará en NFTs coleccionables, o permanecerán ambas, solo el tiempo lo dirá. De cualquier manera, en la Cuba actual, una integración efectiva entre el coleccionismo, los consumos musicales, la enseñanza, el patrimonio, etc., precisa necesariamente de un enfoque interdisciplinario, con voluntad institucional y que también facilite la integración entre lo público y lo privado. 

El coleccionista de vinilos en Cuba es una especie en peligro de extinción. Resulta difícil imaginar un contexto más adverso que el actual para esta actividad, en el que se han combinado múltiples causas para asestar un duro golpe a un pasatiempo que pudiera considerarse irrelevante, si no fuera porque se trata de música, que, sobre la Isla, es siempre algo muy serio. 

Colección Gladys Palmera. Foto: Tomada del sitio web del proyecto.

Colección Gladys Palmera. Foto: Tomada del sitio web del proyecto.

Es obvio que, en primer lugar, la crisis estructural que vivimos desde hace 30 años tiene un efecto directo y primario en este hobby. Quienes posean un vinilo valioso en Cuba, probablemente recibirán la presión de un arbitraje económico elemental efectuado por coleccionistas foráneos o corredores del patio que marcan sus precios por los del mercado internacional. Este fenómeno se manifiesta con carácter sostenido desde hace ya más de 15 años. Sin embargo, la crisis económica nacional no explica por sí sola el éxodo de ejemplares discográficos hacia afuera del país.

Por contradictorio que pueda resultar, el boom del Buena Vista Social Club incidió negativamente en este proceso. Duele decirlo, pero es un hecho. El incremento en la demanda  de música cubana tras este proyecto, la relativa mejora en las condiciones de contratación internacional para los músicos cubanos (uno de los sueños cumplidos de Juan de Marcos González), la conquista de mercados inexplorados hasta ese entonces, entre otras variables, terminaron gravitando sobre la demanda, tanto por los viejos coleccionistas como por los recién incorporados, de viejos vinilos que se creían desaparecidos.   

Puede decirse, incluso, que el “descubrimiento” del pop cubano de los 70 y de la música electroacústica, a través de sus vinilos correspondientes, se debe, en cierta medida, al BVSC. Muchos DJ de todo el orbe, entrado al siglo XXI, quedaron fascinados por la calidad de estas grabaciones, demandando hasta hoy los discos de Ricardo Eddy Martínez y El Expreso Rítmico, Juan Pablo Torres, Los Yoyi o Juan Blanco, por solo citar algunos ejemplos.

Si a la crisis interna y al “efecto BVSC” le sumamos el incremento de la conectividad, queda la mesa servida para que los pocos coleccionistas nacionales podamos solamente conformarnos con un postre agrio. El pulso por la demanda en un contexto como este es una pelea muy desigual.

Pero a esas causas más visibles —incluso puede debatirse si son o no las más contundentes— se le suman un grupo de errores silenciosos y malas decisiones tomadas a través de todos estos años. 

El tránsito entre soportes analógicos como el vinilo y el formato de CD se concretó en Cuba durante los años más duros del denominado Periodo Especial, y a la obnubilación por el nuevo soporte y su calidad de reproducción, le acompañó el desdén hacia sus predecesores, sobre todo en una parte del marco institucional relacionado con la custodia de este patrimonio. Las malas condiciones de almacenamiento, el descontrol y los sistemas de inventario inapropiados han desgranado poco a poco un tesoro que —desafortunadamente— no supimos valorar a tiempo.

Por otra parte, si contextualizamos todas estas variables en el cambio abrupto que en los  últimos años experimentaron las formas de consumo musical, la  capacidad de almacenamiento, procesamiento y concentración de la información, y en la  desmaterialización del audio como producto de consumo, es lógico que nos preguntemos: ¿para qué coleccionar discos a estas alturas?; este coleccionismo, más que un hobby,  ¿es algo socialmente útil hoy?;  si sobrevive un ejemplar discográfico de cada edición, ¿no bastaría este para una clonación digital con función pública?

El acopio, ordenamiento, preservación y difusión de soportes sonoros termina siendo una causa estéril si solo se circunscribe a círculos especializados del conocimiento. Si el coleccionismo discográfico no comunica con los públicos consumidores de música, el ciclo se agota con la investigación, el registro informativo y la reunión de ocasión, y no influirá en la cultura general de los públicos y creadores, en los planes de estudio, en la oxigenación de repertorios, y en la probada capacidad que siempre ha mostrado la música cubana para reinventarse preservando y viceversa.

A pesar de los errores, parecen estar dándose algunos pasos adecuados. La dirección general de la Egrem, por ejemplo, ha advertido la entusiasta respuesta que ciertos consumidores, dentro y fuera de la isla, han dado a los encuentros de coleccionistas que organiza hace años  Jorge Rodríguez, uno de sus productores especializados en música de archivo. Por esta razón,  decidió en 2021 proyectar internacionalmente dichos encuentros, concibiendo una segunda edición para finales de este año. Hasta donde conozco,  constituye toda una novedad y un reto  que una discográfica patrocine y organice encuentros de esta naturaleza. 

Foto: Tomada de las redes sociales del bar.

Bar Melodrama en la Habana Vieja. Foto: Tomada de las redes sociales del bar.

Mientras, un sector de la juventud cubana parece comenzar a interesarse en los viejos vinilos y deciden iniciar pequeñas colecciones. Al mismo tiempo, el diseño y concepción del gusto por lo vintage en un sector de la gastronomía privada ha llevado a sus dueños a la adquisición y valoración de discos con fines de ambientación. Y, por otra parte, en el ámbito de las empresas disqueras nacionales, algunas producciones en disco compacto parecen encaminarse hacia una nueva accesibilidad de precios. Este es, sin dudas, un factor a favor del coleccionismo de CD, algo que también se practica desde que apareció este formato. 

Que aun seamos una nación netamente musical no significa que continuemos siéndolo para siempre ; que hayamos transitado por unas circunstancias históricas y culturales providencialmente favorables para la creación musical, no implica que estas vayan a existir eternamente. En Cuba, la música pervive en el aire. Pero a la altura de hoy, es importante saber cómo la dejamos registrada para las generaciones futuras, cómo la preservamos, y, sobre todo, cómo la comunicamos, sin que termine siendo una botella lanzada al mar. En este sentido, los discos siguen siendo, más que un fin en sí mismos, un medio para llegar con un mensaje alto y claro, a diversas costas.  

Rafael Valdivia Coleccionista de vinilos errante en la madeja de la discografía cubana. Ingeniero alguna vez. En su playlist nunca faltan los grandes soneros de antaño. Más publicaciones

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