Ilustración por Silvia Becerril Guillermo (@draw_my_journal en Instagram). Ay, canta y no llores. ¿Nueva ola de la música mexicana en Cuba?
La otra noche regresaba a casa en medio de un apagón. En realidad no era muy tarde y ya el centro citadino santiaguero estaba en modo aldea, sin audibles quejas de vecinos ni ladrido que rompiera la quietud. De pronto el lamento atravesó la oscuridad: “ay, ay, ay, ay”, y un coro de trompetas sacudió el silencio. Al principio parecía broma de la muchachada para pasar el hastío, luego el repertorio cobró arrojos; saqué la linterna del teléfono y caminé por los tejados hasta encontrarme con las pocas luces gemelas y la farra proveniente del hostal en la esquina. Una tras otra se fueron sucediendo piezas clásicas que, en Cuba, la voz popular identifica sin más como música mexicana. En realidad las músicas de ese país son muy diversas pero acá se entronizaron hace más de un siglo los sonidos y la lírica asociados, en lo esencial, al formato mariachi.
Los amaneceres de varias familias en ámbitos rurales y urbanos han estado armonizados durante décadas por esos tonos de rancheras, corridos, huapangos, boleros, en cuyas líricas hay lamento, o se posiciona el rey a lo sombrero macho mientras alguien evoca palomas y piedras que jamás van a saber de amores. En las ciudades había quien renegaba del gusto por estas sonoridades bajo el prejuicio de que era cosa de gente de campo. En Santiago, desde 1954, se sintoniza Rancho Mexicano por las ondas de CMKC, así como otras radioemisoras por todo el país contemplan programas similares en su parrilla.
La mexicanada se nos coló de la pantalla grande a la chica desde que los bisabuelos tuvieron uso de razón. El ir y venir Cuba-México vivió un importante registro desde las primeras décadas del siglo pasado; la llamada época de oro del cine mexicano y la música quedaron para narrarlo, aportando imágenes de ídolos y canciones que se entronizaron en la popularidad insular. En décadas todavía recientes, irrumpió con ímpetu en el panorama doméstico de Cuba una nueva ola de telenovelas de factura norteña, cuya circulación transitó de la videocasetera, al CD, a las memorias flash, a los paquetes semanales, y a otros conjuros de la virtualidad que, con títulos como La hija del mariachi, anunciaban por dónde iría la banda. La actualización del repertorio ranchero en artistas latinoamericanos o las interpretaciones de boleros a medio camino entre una y otra nacionalidad, renovaron un acervo cultural de arraigo entre cubanos de distintas generaciones.
Por supuesto que hay una saga de confluencias culturales e intercambios musicales, protagonizada también por la notoria presencia de músicos cubanos de diferentes géneros en suelo mexicano a partir del siglo XIX y con creces en la siguiente centuria, con figuras provenientes del ámbito concertante, el canto lírico, exponentes de lo trovasonero, orquestas bailables, hasta la impronta de Benny Moré y Pérez Prado como dos de los referentes más recordados, entre una extensa presencia cuya connotación trasciende los motivos de estas líneas.
Las formaciones musicales conocidas como mariachis se instauraron finalmente por toda la isla. En los catálogos de los centros, empresas de la música y casas de cultura siempre hubo alguna representación del formato. Con el paso del tiempo, se ha hecho cada vez más notoria su proliferación. Mientras navegaba aguas virtuales para el cotejo de datos con motivo de estas líneas, me enteré hasta de un curso nacional para la formación de mariachis que tuvo lugar en la provincia Granma del 2005 al 2007. Desconozco la eficacia final de la estrategia, cuyo propósito, al parecer, era dotar a cada municipio de la provincia de una formación de ese tipo. Por experiencias, sabemos que las metas de masiva y cuantificable intención pocas veces fructifican. Al no encontrar actualización de la referida academia, infiero que haya quedado como una de esas iniciativas truncas.
En la indagación sobre agrupaciones pioneras de la tradición ranchera en el panorama nacional, encontramos al santiaguero Mariachi Cuba. La agrupación surge en marzo de 1975, en las serranías del Segundo Frente, con músicos procedentes de varias provincias. Según el testimonio de su director Noel Matos Martínez, en el inicio pretendían llevar esta música por las zonas rurales del Oriente, con presentaciones en campamentos cañeros y cafetaleros, por ejemplo. De entonces a la actualidad han variado mucho los procesos que dinamizan la inserción de tales formatos en el contexto de consumos musicales en el país.
En el 2010, Bechy Moya y yo, entonces especialistas de programación e investigación respectivamente del centro Miguel Matamoros en Santiago, dedicamos una emisión del espacio El portón de la música al Mariachi Cuba. Sin temporalidades exactas, digo que aquel momento era la antesala del furor desatado en fechas más recientes.
Las dinámicas sociales y económicas en torno a la música como signo de estatus individual y grupal, los espacios de socialización para que tenga lugar el hecho o ejecución y el disfrute musical en sí, se convierten en importantes mediadores de la resignificación del fenómeno mariachi en Cuba hoy. Lo que hace varias décadas atrás estaba mayormente asociado a una raíz cultural con afianzamiento en espacios rurales y era valorado desde una mirada prejuiciada por algunos individuos y grupos, en la actualidad pareciera redefinirse como tendencia y símbolo de posicionamiento social por parte de quienes consumen o contratan el servicio de las agrupaciones, sobre todo de carácter privado.
Las sonoridades rancheras en el panorama actual acontecen en diferentes situaciones socioculturales de consumo y emergentes relaciones de mercado. Sobresalen los ámbitos privados familiares como la serenata —puertas afuera o dentro de una casa—, pero también encontramos celebraciones de mayor concurrencia y diversa índole, tal como rezan las mismas promociones: fiestas de quince, bodas, bautizos, reconciliaciones amorosas, 14 de febrero, día de las madres y los padres, celebraciones navideñas, fin de año, y las más inimaginables ocurrencias como aquella que encontré: “para maridos o mujeres desdeñados”.
En definitiva, hay una eclosión de agrupaciones mariachis, profesionales o no, por todo el país. No he traído cifras, un vistazo al vuelo lo confirma. La notoria representación del formato mariachi expande su auge a redes sociales como YouTube, páginas y grupos en Facebook e Instagram en lo fundamental. El protagonismo que facilitan las redes sociales crea mejores posibilidades para el diálogo artista-cliente en la concertación de servicios y el hecho cultural en sí. Tales interacciones le otorgan nuevas significaciones a esta música como hecho sociocultural, con expansión lo mismo en ámbitos rurales que urbanos.
A la ocurrencia de los eventos de carácter familiar, se une la presencia de la música mariachi en negocios o emprendimientos particulares. La participación de artistas y agrupaciones en centros de gestión privada como clubes, bares, terrazas, hostales y restaurantes y otros de gestión estatal (cervecerías, ranchones y fiestas populares) expande y refuerza la legitimación de la sonoridad ranchera como narrativa sociológica en la plural Cuba del presente, que incluye también celebraciones religiosas como la del 12 de diciembre en el poblado de El Cobre a la Virgen de Guadalupe.
Estas dinámicas generan a su vez la eclosión de nuevas formaciones de mariachis acogidas en los catálogos de las empresas de la música o por el sistema de casas de cultura, en el caso de artistas aficionados. Una interesante subtrama es el asunto de la profesionalización para engrosar la nómina de las primeras. Otras formaciones se instalan en la porfía —sin corso que les avale— pero ahí van, en la luchita. Cualquier día por las calles o desde el transporte público la vista descubre la indumentaria característica del charro, camino a la más insospechada celebración.
En Santiago de Cuba, por ejemplo, ingresó al catálogo de la agencia Miguel Matamoros el Mariachi Puro México, creado en junio de 2013 bajo la dirección de Ignacio Mora Clavel, violista de la Orquesta Sinfónica de Oriente y profesor de la enseñanza artística. Lo integran además otros músicos de formación académica también ubicados entre los atriles de la Sinfónica, formatos de cámara y música coral. Las jornadas de estos instrumentistas suelen ser atiborradas y hasta resulta simpático verles canjear la imagen adoptada para un concierto sinfónico en la Sala Dolores por el atuendo mariachi, para, minutos después, salir por la ciudad.
Las ciudades recirculan sus músicas e incorporan hábitos. Regalar mariachis en la actualidad entraña variadas significaciones, más allá de un acto romántico. Conlleva además una serie de vínculos favorables para los músicos que, mientras se mantiene la ola, encuentran fuentes de empleo por caminos alternativos. Es beneficioso también para la perdurabilidad de un repertorio que con independencia del motivo, trasciende el tiempo y los usos, las audiencias, espacios, demarcaciones geográficas y relaciones socioculturales.
Han pasado varias semanas de aquel apagón con serenata. No recuerdo quién dio la última nota, ni si la muchacha y el muchacho cantantes clausuraron acordes antes o después del “ehhhhhhhhh” del barrio con el alumbrón. Fui público anónimo desde mi ventana, pero aquella fue una oscuridad diferente.