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Entrevistas Foto: Cortesía del entrevistado

Alberto Pantaleón: la música por herencia

Un día Alberto Pantaleón Lorán, bajista cubano, con una sólida trayectoria, se sienta a contarte por qué suspendió el examen de ingreso a la Escuela Nacional de Arte. Dice que le faltaron tres puntos. Recuerda la cara de la directora, el momento de la mala noticia y el viaje con su padre de regreso a casa, en San Antonio de Río Blanco, un pueblecito de Jaruco, en la actual provincia de Mayabeque. Tenía entonces diez años.

En aquel momento ya tocaba hasta cinco tumbadoras a la vez. Conocía las claves, el bongó y la guitarra gracias a su padre, Alberto Pantaleón Hernández, quien había diseñado un método para enseñar percusión y tuvo en su hijo al alumno más cercano.

—Tus primeros acercamientos a la música fueron con instrumentos de percusión, ¿cómo descubriste que querías dedicarte al bajo?

—Comencé en el Movimiento de Artistas Aficionados del municipio Jaruco. Un día, cuando terminé mis clases con Pepe, uno de mis profesores, me quedé a ver cómo enseñaba a un alumno a tocar el bajo. Llegué a la casa y le pregunté a mi papá si él podía enseñarme a tocarlo.

“Mi padre no dominaba el instrumento, pero me enseñó a hacer bajeo con la guitarra, y con esos conocimientos me uní al grupo Son Jaruqueño. Ellos necesitaban un bajista y yo hice el intento.

“Los miembros del grupo eran muy viejitos, a veces se quedaban dormidos en los ensayos, pero al son le daban el golpe como es. Tocábamos en centros de trabajo y actividades culturales, incluso cabarets; a mí, como era un niño, no me pagaban”.

Años después su padre fundó Pantaleón y su grupo, con un elenco de hombres que practicaban diferentes oficios pero dominaban de manera empírica los ritmos de la música cubana. Allí Alberto tuvo otra escuela y se entrenó con la participación en diferentes eventos del municipio una vez que el grupo había ganado un mayor grado de especialización, gracias a la disciplina de sus miembros.

Así transcurrió su niñez, lejos de las lecciones de las escuelas de arte y cerca de las de su padre. Ofreciendo “conciertos” a las afueras de su casa. Aplaudido por la gente de paso y los vecinos. Alumno en percusión y autodidacta en el bajo.

Aquella persistencia que lo acompañaría siempre la debía a su padre, un hombre que confiaba en la música y, aun sin grandes retribuciones económicas, le dedicaba el tiempo y la constancia merecidos; que se dedicó a estudiarla y a enseñarla, sobre todo a aquel hijo curioso que llevaba los ritmos en el oído.

Cuando llegó a la adolescencia, su padre era miembro de Colombo, una agrupación que se presentaba en hoteles y sitios turísticos. Allí le permitían algunas veces tocar el bongó, pero su trabajo era el de cargar los instrumentos de un lugar a otro, antes y después de las presentaciones.

El precio de mantenerse haciendo música era permanecer junto al grupo aún sin constancia en las presentaciones, aprovechando de vez en cuando la oportunidad de demostrar lo que había aprendido desde niño en la percusión. Sin soñar, por supuesto, con mostrar sus habilidades en el bajo.

Con el tiempo tuvo la posibilidad de superarse en el Conservatorio Ignacio Cervantes. “Allí el maestro Silvio Bergara me dio clases de guitarra y de bajo los seis primeros meses”, cuenta. “Los otros cinco años y medio fui alumno del ex integrante de Irakere, Carlos del Puerto. Soy bajista gracias a él”.

Con la metodología de la academia pulió el empirismo, dominó la técnica, estudió los modos más profesionales de hacer la música y a la vez mantuvo el estilo de creador nato, de eterno autodidacta.

A los dieciocho años Alberto Pantaleón ya había concluido su tiempo en las aulas de música. El resto de las enseñanzas vendrían con el ejercicio cotidiano. Llegó entonces el servicio militar.

Durante esa etapa permaneció unido a la música. La vida de soldado no lo alejó de su deseo de seguir ejerciendo su más auténtica vocación. Incluso, como parte de la Academia Naval, Alberto pudo tocar junto al prestigioso trombonista cubano Juan Pablo Torres, en lo que fue una de sus primeras experiencias profesionales.

De vuelta a la vida civil, el deseo de dedicarse exclusivamente a la música prevalecía, pero integrarse al panorama artístico suponía todo un reto para un muchacho de veinte años de un pueblo campestre al este de la capital. Sin embargo, lo logró. Peripecias en varias pequeñas agrupaciones de La Habana, algunas giras fuera del país como parte de ellas y la búsqueda del sustento económico dentro de la música, definieron la juventud de Alberto Pantaleón.

Hacer música fuera de la Isla

—En el año 1993 viajaste a México. ¿Decidiste entonces que querías emigrar y establecerte en ese país o tenías la idea de volver a Cuba?

—Mi salida de Cuba no tuvo razones  políticas. Yo pertenecía a una banda que se llamaba Los Trillizos y con ellos llegué a Yucatán por un contrato de trabajo. Allí estuvimos nueve meses, regresamos a Cuba y volvió a contratarnos un empresario para trabajar, esta vez en la capital de México.

“El señor, un gran fanático de Benny Moré, construyó un espacio para nosotros, en el centro del D.F., que se llamó Papá Jesús, y allí estuvimos presentándonos. Durante todo el tiempo que estuvimos en México pagábamos cuotas a Cuba por nuestros contratos en el extranjero, manteniendo nuestro estatus migratorio legal con respecto a la Isla”.

—En México comenzaron tus conexiones con grandes artistas internacionales. ¿Mantuviste entonces tu trabajo en Los Trillizos?

—Un día fue a vernos al lugar donde nos presentábamos Jorge Aragón, el pianista de las grabaciones más importantes de Pablo Milanés. Me dijo que estaban buscando un bajista para Eugenia León, una cantante mexicana muy admiradora de la música cubana. Así empecé a tener oportunidades de trabajo fuera del grupo.

“A los cinco años me independicé de Los Trillizos pero seguí trabajando en México y tuve la oportunidad de tocar con artistas como Yuri, a quien acompañé por seis años, y posteriormente otros músicos como Jaime Camil, Armando Manzanero, Emmanuel, Diego el Cigala y Chucho Valdés”.

—En varias ocasiones fuiste el único cubano miembro en esas orquestas, ¿cómo asumiste esa responsabilidad?

—Cuando tocaba con el maestro Manzanero era el único cubano, también cuando tocaba con Jaime y con Eugenia León. Eso representa mucho, porque en el mundo se tiene un respeto muy alto por los músicos cubanos. Ellos confiaban en mí, incluso aunque no tocara música cubana, sino pop, baladas, boleros y rock.

Con el tiempo, la aspiración de Alberto Pantaleón de poder vivir de la música, de no dedicarse a ella como algo ocasional, se cumplió felizmente y lo posicionó, a fuerza de talento, en escenarios de todo el mundo.

Describe su carrera sin exaltar los sacrificios, sin vanagloriarse de no haber abandonado las tumbadoras cuando, de niño, no pudo entrar a las aulas de música, ni cuando veía tocar a los otros y se conformaba cargando instrumentos. Aun cuando las oportunidades le eran esquivas, permanecer en ese entorno fue siempre más un placer que un esfuerzo.

A sus cincuenta y siete años Alberto continúa sacando música del bajo, aquel instrumento que le causó curiosidad un día de la infancia y ha definido el éxito de su carrera musical. Durante diez años lo hizo desde el Afro-Cuban All Stars. Actualmente acompaña a Eliades Ochoa durante sus presentaciones en Estados Unidos y es parte del elenco del grupo Cortadito Son.

Presentarse junto a figuras tan reconocidas del panorama internacional no es un hecho fortuito, sino el resultado de años de estudio y pasión por la música. Habla de sus giras por Europa como de sus tardes tocando tumbadoras afuera de su casa, en San Antonio de Río Blanco. Enumera los artistas a quienes ha acompañado y, con la misma, regresa a los viejitos de Son jaruqueño que se dormían a mitad de ensayo. En el camino quedaron los tres puntos que le faltaron para entrar a la ENA.

Adriana Fajardo Más publicaciones

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  1. Teresa Pérez Ontivero dice:

    Es una bella historia de amor al arte, a su familia y a su país.
    Su esfuerzo merece los reconocimientos de todo el que ha luchado por un objetivo y lo haya logrado o no.
    Bella historia, hoy convertidas en realidad.
    Felicidades y muchos éxitos y salud para acompañarlo siempre.

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