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Artículos Alain Pérez en su clase magistral en el Isa. Foto: María Montenegro Lamothe. Alain Pérez en su clase magistral en el Isa. Foto: María Montenegro Lamothe.

Alain Pérez: un nuevo Punto de Partida

Regula las llaves para afinar, prueba las sonoridades del timbal y busca que se escuchen los armónicos. ¡Tiene cara de estar nervioso, el arrebata’o del Auu! Lo observo fijamente, mientras pasa a las tumbadoras y corre un aire que elige su armonía para acompañarlas. Afina las congas, quintea, toca una marcha y vuelve a afinar. Poco a poco se llena el espacio que escogió para el encuentro que es nuestro también— y alrededor del  árbol hay una energía impresionante. Él es un imán y el público presente el metal al que se adhiere para sentirse a gusto, una vez más, en el mismo lugar donde estudió guitarra clásica y cantó boleros escritos por su poeta favorito, Gradelio Pérez, su padre. 

A ese lugar regresa con Punto de Partida, proyecto en construcción que, a través de conciertos, charlas, y clases magistrales, busca viajar a la semilla de su educación musical profesional y regalarle a las nuevas generaciones un poco de toda esa savia que lo formó como artista. 

Hace una semana y media llegó el anuncio: el jueves 21 de abril tendríamos concierto de Alain Pérez y La Orquesta en el campus que rodea a la Facultad de Música y a la de Artes Plásticas. Al día siguiente, además, una masterclass. Nosotros, los estudiantes de música, no lo podíamos creer. ¿Quién tiene carnet de la Feu, carnet de la Universidad, invitación? Así andábamos, revueltos y expectantes. 

Llegué la tarde del jueves a mi Isa de siempre, de todos los días. Esta vez, sin embargo, había algo diferente: volvía a compartir con amigos que no veía hace años, los que bromeaban conmigo e intentaban medir  perdidos, como yo el 7/8 en las clases de solfeo. Gente bonita y talentosa, que cuando crece se separa de tu vida y solo llegas a verla nuevamente en acontecimientos así de relevantes. Fue la tarde del reencuentro en la ciudad de las artes, en esos espacios en que tantos hemos sido y crecido. Alain Pérez logró reunir a una buena parte de las nuevas y no tan nuevas generaciones de la música cubana.

Alain Pérez junto a estudiantes del Isa. Foto: María Montenegro Lamothe.

Alain Pérez junto a estudiantes del Isa. Foto: María Montenegro Lamothe.

Hoy, luego de esos dos días intensos, revisito en mi memoria las marcas que me dejaron ambos encuentros:

En Punto de Partida, el concierto, bailé mucho, pero también capté códigos de la música que reproducen y recuperan Alain y sus músicos: al piano, Andy García, quien paralelo a La Orquesta conforma un proyecto de jazz contemporáneo que se escucha en los bares de las noches habaneras; Yandy García, su hermano menor, al drums, también cantante y compositor; Robelis Arévalo en las congas; Alex Miguel Suárez en las pailas y, en el güiro, Boris Castellanos. En la guitarra eléctrica Robert Medina y, en el bajo, una nueva adquisición: Mauro Moisés Cabreja. En los metales Miguel Sarduy (saxo), Randy Montero y Carlos Egar Lorie Guillén (trompetas), y Dany Arce (trombón). En los coros, Alejandro Fernández Delgado y Adrián Machado.

Tres horas de puro gozor, sudor mediante, con ruedas de casino, risas y escucha atenta. A Alain se le disfruta estudiándolo, apropiándose de la buena música que hace y de los elementos que la componen. La presentación condensó dos producciones discográficas ADN (Egrem, 2017) y El cuento de la buena pipa (Egrem, 2020)—, además de La fiesta del amor, su más reciente single, y estuvo animada por coros nuevos y calientes, motivos a modo mariachi, muchos mano a mano de la percusión e improvisaciones llenas de fuego. 

Para Alain el escenario es un templo divino. Un templo al que invitó a otros dioses como Issac Delgado, Alexander Abreu, Haila, Brayan Álvarez, Elito Revé, Maikel Dinza, Manolito Simonet y Maykel Blanco. Juntos cantaron “aquí están los que batean 400”, un coro que representa la unión de la música popular cubana actual, que bebe de lo nuevo y de lo añejo del monte, de esa sonoridad de ciudad que compone el imaginario de los bailadores. Juntos, también, rindieron homenaje a José Luis Cortés. 

Caliente se puso aquello, cuando la noche cerró con conga y timba. “Tú que pensaba’ que yo andaba solo, y no sabías que venía con to´”, fue el coro que despidió la primera jornada. 

Al día siguiente, a las dos de la tarde, Alain vino con las mismas ganas del anterior. El equipo de producción logró recrear un espacio divino para él, alrededor de las aulas de la Facultad de Plástica, y con los cómplices de siempre: un piano, su bajo, la guitarra, un timbal, las congas, un cajón flamenco. Y también su “vaso flamenco”, lleno de lunares, de folclor, de historia viviente y real. 

Aquella era su manera de volver a los días de estudiante, a sus descargas con “la gente de Pancho” (Francisco Rodríguez), su maestro de guitarra entonces e invitado en esta ocasión para   acompañarlo durante la clase. 

Hablar de música conlleva el compromiso con mucha gente, con la historia de la música, de un país, con su tradición — dijo. 

Luego, con la voz tenue y rasgada de tanto cantar la noche anterior, comenzó a hablar de la música clásica. “Nacemos de ese universo musical infinito”, apuntó. Y yo no pude evitar pensar en cómo nosotros, los estudiantes, asistimos inevitablemente a ese “choque” que se produce entre lo aprendido en la academia y lo que vemos después en la calle, en “la verdad”. Un choque en el que se produce una mezcla muy interesante. 

Tal vez por eso Alain dice que regresa siempre a los clásicos y recuerda con interés a esos grandes que un día interpretó en su papel de guitarrista concertante: Heitor Villalobos y Leo Brouwer, pero también a Lilí Martínez, Cuní, Arsenio Rodríguez y su son, que él percibe muy revolucionario. Quizás por eso se emociona y habla de Irakere, del Team Cuba, de Isaac, Chucho, del Benny, de Cortés y Juan Formell. Recuerda y se emociona. Nos emociona.

Alain Pérez en su clase magistral en el Isa. Foto: María Montenegro Lamothe.

Alain Pérez en su clase magistral en el Isa. Foto: María Montenegro Lamothe.

Lo más importante es que, a través de mí, ustedes puedan encontrar el sentimiento más puro—, dice y comienza a tocar el bajo. El viento, alterado, lo acompaña: 

Mi re do mi sol

Mi re do fa sol

Improvisa con la voz encima del bajeo armónico, aflamenca’o, con clave, cubano igual, transcultural diría. Suenan riffs rápidos y escalas cercanas a lo modal. Explica la progresión, manda a marcar la clave y continúa tocando a su ritmo. Es Alain Pérez en su estado más puro, y cerquita de nosotros. Se mueve y te mueves con él. Es impresionante cómo nos seduce el sonido, su voz, su sabrosura.

Se alimenta con cada soplo de viento, con cada pasaje improvisado, con cada palabra que canta. Guaracha, son, timba, flamenco, jazz. Muchos estilos y pequeñas cosas viven en él. La cadencia sabrosa del son, el baile que lo sigue. Le da besos al micrófono, son manías locas que ya marcan su sello. Recrea un camino melódico y lo une con otro. Habla de sus influencias: música cubana, jazz, flamenco, un poco de música negra, clásica. Todas son imprescindibles, pero la primera, la nuestra, aconseja cuidarla bien, su “afinación, ritmo, melodía, mesura y cadencia”.

Se acerca a lo flamenco y le es inevitable hablar del maestro Paco de Lucía, de El Piraña, del Niño Josele, de los Morente, de Jerez y Andalucía. Un poco de bulería, cantes libres, fandango, soledad, la parte negra del alma, el lamento, la nostalgia, una expresión contenida luchando por salir y respirar. Luego, nos pide marcar un ritmo de palmadas flamencas en compás de ¾. Todos contando: un dos, un dos tres, cuatro cinco seis, siete ocho nueve diez, un dos, un dos tres… y así, hasta que sale sin pensar, con sus acentos en el tiempo exacto. Reproducimos el patrón rítmico con las palmadas mientras él improvisa un poco al estilo, con el bajo y el cajón. 

El flamenco me cambió la vida, me enamoré de él— cuenta y recrea las anécdotas de cuando Paco lo invitaba a hacer palmadas y decía “agua” en lugar de “olé”. Al principio le costaba estar en sintonía con el sentimiento de ellos, los cantaores flamencos, porque la cubanía se le desbordaba por los poros. Pero, poco a poco, se contagió con su energía y llegaron las palmadas contenidas, el “olé” por sentimiento. 

Alain Pérez junto a estudiantes del Isa. Foto: María Montenegro Lamothe.

Alain Pérez junto a estudiantes del Isa. Foto: María Montenegro Lamothe.

El escenario es sagrado, es el templo de mi música. Un anillo de espiritualidad, de conexión, es un tratado, ¡Auu!— grita, e invita a todo aquel que quiera unirse. 

Muchos alumnos del Isa y la Ena suben a su templo y se forma la descarga. Saxo, piano, trompeta y timbal, todos improvisando. Tumbadoras, dos treseros y el coro de “Me voy pa’ Morón”. Como cierre, una fanfarria coordinada.

En mi camino de regreso a casa, cantaba, creaba melodías e improvisaba a golpe, con muchas ganas de tocar hasta el amanecer. Con ganas de encontrar mis propios puntos de partida en cada canción.

Meily Téllez Aspirante a musicóloga. Niña melómana, de alma farandulera y amante de sus cuerdas vocales. Más publicaciones

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  1. Aymee dice:

    Excelente y merecido artículo.👏👏👏👏

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