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Comentario Dos sillas plásticas blancas, una con brazos y otra sin ellos, vistas desde atrás, colocadas frente a una vegetación tropical densa que incluye racimos de plátanos, evocando una perspectiva caribeña íntima y reflexiva. Desde el Caribe: una mirada invertida que narra los encuentros, los contrastes y las resonancias entre Cuba y Puerto Rico, a través de lo cotidiano y lo simbólico. Iustración: Magazine AMPM / Mayo Bous.

DeBÍ TiRAR MáS FOToS, Benito resuena en clave cubana

Yo no me fui, yo me alejé un poquito
Divino guion, Habana Abierta

Con DeBÍ TiRAR MáS FOToS, Bad Bunny no solo ha hecho el álbum más puertorriqueño de su carrera; ha tejido una narrativa que atraviesa el Caribe, resonando profundamente en Cuba, donde las canciones han adquirido una vida propia. Desde las primeras horas en que salió su álbum, entre las miles de lecturas que desde todos los rincones del planeta se le han hecho, ahí estaban las voces de mis compatriotas, conmovidos con DeBÍ TiRAR MáS FOToS.

A la vuelta de un siglo y tanto de que las historias de Puerto Rico y Cuba tomaran caminos divergentes, resulta irónico comprobar lo semejantes que son nuestros anhelos y desafíos. De ahí que sea prácticamente imposible no ceder a la tentación de escuchar canciones como LO QUE LE PASÓ A HAWAii y LA MuDANZA en clave cubana, de tan hermanados que estamos, atrapados en nuestras respectivas pesadillas, y con la música como uno de los pocos consuelos.

DeBÍ TiRAR MáS FOToS es precisamente eso: un testimonio de su tiempo que viaja de lo íntimo a lo colectivo, desde el drama del sujeto contemporáneo hasta el dilema de un pueblo despojado de su soberanía, y se inscribe en una tradición estética que cuenta con antecedentes como el Siembra de Rubén Blades y Willie Colón y Los de atrás vienen conmigo, de Calle 13. Sus letras hablan del amor, el vacío y la soledad, pero también del desarriago, la gentrificación y la deriva social.

Justamente, donde en Cuba la música apenas funciona como resorte de escape, viene Bad Bunny a recordarnos que el perreo también puede tener conciencia política, como  lo demostraron hace tiempo Habana Abierta y  Orishas.

Quizás este sea el álbum más personal de su carrera. Claro que habían señales, pero nada nos preparó para esto. De golpe y porrazo, y azuzado por la nostalgia, el artista nos ha puesto delante de una obra que pone la identidad puertorriqueña al centro y disputa la narrativa del silencio a la Historia. Cada tema, de una forma u otra, grita “Estamos aquí, con nuestros símbolos, con nuestros sonidos, nuestros bailes, nuestras bebidas, nuestras luchas, nuestros deseos”.

Las canciones (y los audiovisuales, y textos, fotos y los happenings de Benito que le acompañan) convierten al álbum en un artefacto cultural poliédrico, que recoge y narra el dilema del sujeto boricua con desgarradora lucidez. Bad Bunny, un artista que forma parte de la realeza del pop global, aprovecha todo su poder de comunicación para lanzar un mensaje de reivindicación que trasciende su alter ego y nos deja ver  la versión más vulnerable (y por ello con la que es más fácil identificarse) de Benito, el chamaquito de Vega Baja.

Por supuesto, no han faltado (estériles) debates que cuestionan la pertinencia de la reapropiación de estas canciones por parte de los cubanos, teniendo la música de la isla grande  sus propios himnos de exilio, y naciendo desde un contexto sociopolítico (¿muy?) distinto. En lo particular, me parece más revelador cómo, a pesar de todo eso, estas canciones han sido reinterpretadas por quienes las escuchan. Parecería que no, pero hay que recordar a estas alturas que la música es una botella lanzada al mar que se resignifica en cada escucha, en cada experiencia.

Hace unos días escribía precisamente de cómo los artistas puertorriqueñosestán narrando en su música la agonía del Caribe de una manera que se extraña entre sus pares cubanos del momento. Sin estridencias, sin demasiadas opacidades —aunque también hay de eso—, pero dejando un margen para que brillen obras conmovedoras y punzantes, con una conexión popular tan obvia como necesaria.

En un mundo cada vez más enfocado en el hedonismo y el entretenimiento rápido, resulta alentador que el artista más relevante de la música popular en español de 2025 haya decidido centrar su obra en un mensaje de reivindicación cultural. En un juego de espejos con su avatar de DeBÍ TiRAR MáS FOToS, Bad Bunny deja una huella en el presente con la esperanza de conjurar un futuro distinto. Si eso no es un gesto radicalmente político, no sé qué cosa lo sea.

La presente selección de textos y comentarios da cuenta de esa recepción y lectura de esta obra por parte de la comunidad cubana, que tan interpelada se siente.

Marco Alonso 

La primera «crítica» (de hacerse y ser posible) debe hacerse desde la experiencia. Claro, no te voy hacer atravesar el suplicio de escuchar sus primeros discos (música que él mismo aceptó que tuvo que hacer para vender y se rehúsa a cantar en conciertos), pero sí recomendaría «X100pre», «Un Verano Sin Ti» y «DeBÍ TIRAR MáS FOTOS», porque «Nadie Sabe lo Que Va a Pasar Manaña» y «YHLQMDLG» son recortes de álbumes previos, pero siempre se rescata algo. Yo ahora mismo ando muy adentrado en el southern gothic y en la música drone de Ethel Cain, pero desde que salió el álbum sí me senté y le di tres escuchas. Es un buen álbum, no te mentiré. Con el tema de la voz y todo «lo que debe tener un artista» yo me rendí, porque ya me da igual, sobre todo al no ser algo estático. Él no es una voz, no es Freddy Mercury, ni George Michael ni el «Rey del Pop» (eso es un locura), pero sí es muy él (no sé cómo describírtelo). He visto muchos escritos al respecto, pero hasta ahora sigo sin entender el odio a pulso, que casi siempre viene por tallas indirectas sin conocer o haber escuchado, solo discursos reproducidos en Facebook.


Carlos Manuel Álvarez

Ha hecho lo que hace un artista verdadero: sobrevivir a la muerte de su propio éxito. Ha conectado al dolor con el deseo, al despecho con la insurgencia, y nos recuerda, a quienes hemos seguido atentamente su recorrido y su música y la hemos vuelto parte consustancial de nuestros momentos de felicidad, que la depresión es también exceso de yo y falta de gente. El tipo no se dejó deslibidinizar. Como me ha dicho un amigo, hay aquí un triunfo de la Razón Tropical.


Escenas de Puerto Rico, escuchando a Bad Bunny (Julio Cesar Guanche)

En 2011, se celebró el centenario del cine boricua. Una extraordinaria banda de puertorros fue al Festival Internacional del Cine Latinoamericano de La Habana a celebrarlo. Entre ellos estaba Jacobo Morales, el más grande cineasta de esa Isla, nominado a un Óscar y director del clásico Dios los cría. De Jacobo escuché la definición misma de lo que es un artista: siendo muy joven, hipotecó su casa, con el acuerdo de su esposa, para poder hacer una película. Lo dijo sonriente, como si hubiese pedido prestados 30 pesos. Ese es Jacobo, que a sus 90 años actúa en la película corta del disco DeBÍ TiRAR MáS FOToS. Es Jacobo quien dice allí: “Mientras uno esté vivo, uno debe amar lo más que pueda”. Es a Jacobo a quien un joven le paga “30 pesos” por un café y un quesito (americanizados) en ese video. Es el mismo Jacobo que protagoniza, al final del video, una escena extraordinaria en “Un baile inolvidable”.

He escuchado a algunas personas cuestionar este «giro» de Bad Bunny, de la «vulgaridad al patriotismo», como si fuese solo marketing. Benito ya había participado en El apagón, en medio de un proceso brutal de gentrificación en Puerto Rico. También había colaborado con René (Residente) en un tema con una fuerte defensa de la diversidad de género, en medio de una ola de violencia declarada emergencia nacional en 2021, un escenario de una gravedad comparable con la de México, en ese tema. En Puerto Rico, esa violencia había reportado 7021 casos de violencia doméstica en 2019, de los cuales 5896 fueron contra mujeres, en una población de apenas 3,2 millones de habitantes.

En Puerto Rico, los mejores documentales sobre música y los videoclips suelen ser muy políticos, y también por eso, extraordinariamente hermosos. Véanse los materiales de Gabriel Coss, de Kacho López Mari, de Arí Maniel Cruz. Y los videoclips de Ilé, únicos en su especie. Hay en todos ellos un sustrato cultural y político de la mayor sofisticación, de la mayor profundidad política y del mayor amor por Puerto Rico y su cultura popular. Es el único patrimonio que hoy tiene este pueblo, que sufre apagones masivos, extractivismo histórico, juntas antisoberanas, y gobernadores racistas expulsados a golpe de perreo.

Es el sustrato de una cultura que tiene a Rafael Hernández, Tite Curet, Cheo Feliciano, Ismael Rivera (Maelo), Tego Calderón, Residente y Calle 13, Cultura Profética, e Ilé en sus bases. Es una arquitectura cultural de una solidez tan robusta como lo es su belleza. En esa tradición, Bad Bunny hace un disco que es una sinfonía boricua, recorriendo sus instrumentos, sus ritmos, sus géneros: desde la plena y la bomba, hasta la salsa y el bolero. Recorre asimismo la fauna y la historia de PR, con la mirada que le ha aportado la historiografía critica sobre esa Isla. Por eso también el sapo concho, por eso el pitorro de coco, por eso por la mañana café y por la tarde ron.

Bad Bunny propone un esquema cultural, y no es el único en hacerlo. Es parte de un movimiento social y cultural boricua reenergizado en los últimos años. Un movimiento que desafía el esquema cultural hegemónico de más de cien años en PR: la «americanización», que siempre ha sido sinónimo de «modernización», «justicia» y «libertad», pero que ha encontrado muchas contranarrativas, entre ellas este disco DeBÍ TiRAR MáS FOToS. No es solo Bad Bunny, pero es él también.

Bad Bunny canta que en Puerto Rico a mucha gente la mataron por sacar la bandera, y por eso él la lleva a todos lados. La bandera puertorriqueña fue creada en 1895 por exiliados cubanos y boricuas en Nueva York, miembros de la Sección Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano. Ambas banderas nacieron de la imaginación republicana (y masónica). La aspiración de formar una república, de Martí, Maceo, Betances y Hostos, es una aspiración común de nuestras dos islas hasta hoy. El himno nacional cubano, La Bayamesa, es primo hermano de La Borinqueña, himno nacional boricua, ambos relacionados con La Marsellesa, el himno nacional francés, de origen revolucionario. Así dijo Martí en Patria sobre La Borinqueña: “Era que el pueblo, cuando oía ‘La Borinqueña’, sentía algo más que el deseo de bailar una danza encantadora, y tenía algo inexplicable que lo electrificaba; el gemido profundo y pausado de un pueblo que padece los horrores de una tutela cruel». (En la película Elpidio Valdés contra dólar y cañón, el capitán de un barco que transporta armas para la independencia de Cuba iza su bandera al momento de hundirse. Es la bandera de Puerto Rico, rumbo a Cuba.)

Yo solo tengo agradecimiento por esta belleza de disco, por el calado de su comprensión cultural, por la profundidad de su gesto político. Tengo admiración y “envidia nacional”, envidia de la buena, por lo que los boricuas están haciendo.

Solo le critico no haber cantado un bolero en el disco con Los Rivera Destino.

Quiero devolverle el “favor” a Bad Bunny por el solo de piano que aparece en el video de BAILE INoLVIDABLE. Decirle que ese solo pudo ser de Lilí Martínez, de Rubén González, o de Gonzalo Rubalcaba cuando arregló el Son para Puerto Rico, de Pablo Milanés.

Como dice Pablo en ese tema: “Por donde salgas (Puerto Rico) yo salgo. Siempre te voy a apoyar”.

“Seguimos aquí”.


No hay Bad Bunny sin Residente (Michel Hernández)

A riesgo de sonar absoluto estoy convencido de que el artista que es Bad Bunny hoy se debe en buena parte a sus conexiones con Calle 13 y especialmente con Residente. » El conejo malo» es un hijo menor de Residente que si bien tuvo sus primeras influencias en la mencionada banda boricua, luego ha tomado sus propias referencias, políticas, culturales, sociales, para elaborar un discurso que todavía está a medio construir en la industria musical y que no sería raro que llegue a entrar en discordancia con sus presupuestos comerciales porque tiende a radicalizarse políticamente, otro rasgo en común con la banda boricua. 

Benito, por ejemplo, antes de ser Bad Bunny no ocultó su admiración por Residente, a quien incluso  buscó para conocerlo, le escribió por las redes y llegó a interrumpir una entrevista para pedirle una foto. Estos no son datos menores para ilustrar el desarrollo del autor de Un verano sin ti.

En ese contexto, Rene descubrió el potencial que tenía el jovencísimo artista y comenzó a echarle una mano para desarrollar su carrera. Yo diría que con el tiempo ha sido una relación de ida y vuelta que no ha anclado a Bad Bunny en ningún discurso ajeno, sino que le ha servido para elaborar su propia obra con bases fuertemente afincadas en la cultura boricua más emancipatoria. Recordemos por ejemplo que Residente y Bad Bunny lideraron las manifestaciones que terminaron con la dimisión del gobernador de Puerto Rico. Pero el reguetonero o trapero todavía no ha mostrado todas las armas con la que trata de sostener su obra. Es un artista, como muestra su nuevo álbum, en plena experimentación, en plena investigación sobre la cultura popular de su país, algo que realiza sin renunciar a los códigos más comerciales del género urbano.

Una muestra al canto  es su nuevo álbum, en el que si bien hay varias canciones descartables, existen otras que valen su peso en oro y por las que amerita agenciarse este álbum que apunta desde temprano a ser una de las piezas notorias del joven 2025. Bad Bunny está tratando de jugar -a su propio ritmo- con los presupuestos del mercado, en un diálogo que podrá seguir durante los próximos años hasta que posiblemente el músico siga su carrera de manera independiente si se enfrenta de golpe al muro de la industria que como calle 13 el Conejo Malo puede ir empujando hasta conocer de primera mano sus límites.


Mi Baile inolvidable (Alina Herrera)

Cuando escuché por primera vez el disco, acabadito de salir, identifiqué temas que me hacían estallar una especie de felicidad (BAILE INoLVIDABLE, WELTiTA) y otros una nostalgia tremenda (DtmF, LA MuDANZA). Luego me percaté que había canciones para todo: para la melancolía (TURiSTA, PIToRRO DE COCO), el perreo (VOY A LLeVARTE PA PR, KETU TeCRÉ) y la política más explícita (LO QUE LE PASÓ A HAWAii). No obstante, lo cruza toda esa mixtura de estados de ánimo de manera transversal; es decir, todas las canciones tienen un poquito de todo. Es fabuloso!!

Las mismas letras, algo que se le ha criticado tanto a BB, disparan una serie de verdades como templos que, de forma tan sencilla, nos recuerdan que venimos de experiencias comunes: La vida es una fiesta que un día termina; Mientras uno esté vivo, uno debe amar lo más que pueda; Debí darte más besos y abrazos las veces que pude; Quien se fue sueña con volver; Aquí mataron gente por sacar la bandera.

En las zonas más íntimas, me hizo recordar a mi país, a mi familia, a mis amigues que se van. Me conecta con mi hijo que nunca le hizo caso a la salsa y cuando escuchó BAILE INoLVIDABLE fue a donde yo estaba para bailarla. O cuando salió el vídeo de esa misma canción, que te hace buscar en los recuerdos detalles tan importantes en la vida, que la marcan a una y que no tienes presente porque no sueles ponerlos en tu CV ¿no? Entonces viré en el tiempo y vi a mi padre enseñándome a bailar salsa y a mi madre las vueltas de casino.

Sentí el flechazo que une a las dos islas, Cuba y PR. La tragedia (porque lo es) de la migración «forzada», la soledad, la nostalgia de los que se van y los que se quedan (Ojalá que los míos nunca se muden; Otra navidad que no estás aquí). El vaciamiento político (no suelten la bandera ni olviden el lelolai), la resistencia cultural en sus formas más populares e impúdicas (Te tengo bailando sin modales; Tú me dices si adentro o afuera, debajo del agua nadie se entera). La sabrosura, el ritmo, el mar, el lenguaje común; todo eso que también te hace llevadera la vida.

Cuando terminé de escucharlo completo por segunda vez, un amigo me preguntó «¿y cuál es el hit del disco?» y le contesté (tímidamente, porque no era un tema de trap/reguetón) que BAILE INoLVIDABLE. Caí en cuenta de un Benito que había desplegado toda su artillería creativa. Y BAILE INoLVIDABLE porque era una especie de síntesis de lo que quería contarnos, transmitirnos y finalmente legarnos.


Bad Bunny en Barcelona (Carlos Melián)

Una noche en que me sentía muy mal aquí en Barcelona… una noche mediocre, de cielo bajo, de río sin agua, de inmensa pequeñez, bueno, esa noche crucé un semáforo, y cuando llegue a la otra acera me di cuenta de que la calle cruzada, un pedacito de calle de Nou Barris, un barrio marchito y fláccido, donde la gente duerme para trabajar y trabaja para dormir y volver trabajar, pues la calle cruzada había sido eterna. Y tuvo algo de lucha inútil , algo así como: «bueno y para qué cruzar la calle, con cuál propósito»; y luego, «bueno, para qué llegar a la otra acera, ¿qué me llamó a cruzarla?». Entonces cuando llegué a la otra acera, después de este cruce de calle eterno, me detuve esperando al próximo hombrecito verde del semáforo y ahí ocurrió un hecho extraordinario. 

No quiero exagerar, pero fue como si todo se abriera, como si comprendiera todo, como si un embudo lanzara a un lado y al otro la basura que me separaba de lo esencial. Hay un modo de com-pren-der que no te lleva a ningún lugar, sino que se queda en sí mismo atrapado, y luego se te olvida, no puedes tomar nota, es como soñar. Me sucede a menudo aquí, por ejemplo, cuando veo el rostro hermoso de una mujer, y subrayo “hermoso” con toda intención. En esta ciudad global, ver, encontrar un rostro entre otros, y quedarse atrapado en él, es un viaje, un encuentro con una identidad lejana, no sé de dónde me viene eso; quizá de que fui siempre un apátrida, o por mi larga exposición ante los cientos de retratos de pintores renacentistas que consumí en Cuba, que eran bellezas lejanas, que no cuadraban con el patrón de belleza de mi isla, inferior, estrecho, mediocre. Y esa comprensión no sirve para nada.

La belleza en Barcelona, y supongo que en cualquier punto del salvaje y marchito mundo libre, llega a niveles extraordinarios. Son rostros del mundo entero, iluminados desde dentro, cada uno más ingenioso e inquietante que el mayor que viste el día anterior, y que ya parecía lo máximo del ingenio combinatorio del azar, y no se parecen en nada a los rostros de Cuba, la mayoría reducidos por las consecuencias del totalitarismo supongo, o el coloniaje, o la endogamia de un país cerrado, poco deseable y abandonado a su suerte.

Me gusta pensar que algo se libera en las mujeres libres y fuertes, que se hacen a sí mismas, con derechos, con oportunidades, supongo. Entonces ahí, al cruzar la calle escuché una música que me pareció hermosa, la corneta de un ángel, algo así, toda mi sangre se entibió, unas glándulas, las mismas de siempre, comenzaron a segregar algo excitante, quise tener conciencia de lo que escuchaba y al fijarme un poco como que me decepcioné: era un tema de Bad Bunny.

Bad Bunny fue un cantante de música popular que se hizo famoso y rico en el mundo entre las dos primeras décadas del siglo XXI. Era una música prosaica, ligera y obscena, (aunque Bad Bunny tenía clase no importaba la palabrota que usara) aparentemente facilonga de hacer; quienes la consumíamos con placer nos sentíamos culpables ante la aparatosidad de los conciertos de grandes orquestas que ostentaban siglos de estudios musicales si se sumaba, por ejemplo, las vidas de carrera y estudio de los instrumentistas que las componían.

Al volver sobre la decepción creí comprender que no había por qué decepcionarse. Entre la calentura que me dio escucharlo (era un tema de su disco Un verano sin tí, que me gusta mucho) me dije que entre esa orilla y la otra, entre esa acera y la otra, la del éxito y la vergüenza, la de la Europa supuestamente culta, cruel, burocrática y hermosa, y la barbarie y chatura del caribe, estaba mi futuro, mi felicidad, o que se yo. Pero toda la belleza me llegó ahí de pronto. Por cosas así, simultáneas, unánimes, me gustaba Bad Bunny.

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