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Comentario Dibujo: Elizabeth Blanco

Guajira en el río / Adrián Aguiar; Dayron Ortiz

Habrá un silencio verde

todo hecho de guitarras destrenzadas

La guitarra es un pozo

con viento en vez de agua.

Gerardo Diego

Esta historia la cuentan dos guitarras. Un juego de acordes y melodías. El acero y el nailon se encuentran para llevarnos al campo. Campo que florece con varios espíritus: el tumbao dialoga con el jazz y el blues. Los adornos, las oncenas y las notas de paso nos abrazan y llevan al amor. La ternura se huele en este dúo. Las doce cuerdas vibran en los árboles y hacen que atiendan las aves a esta música. La obra que como un caracol tiene una forma conocida, esa vieja forma circular del straight ahead jazz (head-solo-head), se disuelve al final a través de un naturalismo tremendo que simula gotas, piedras, pestañazos, guiños, lágrimas y otros fenómenos del mundo. La obra nos complace. Es una de esas escuchas que nos acaricia.

Definitivamente esta pequeña gema de seis minutos es generadora de un placer estético orgánico, de esos tan necesitados en estos días de calor, destrucción y caos. Es un opus que cae fresco cual si encontráramos un oasis en medio del desierto, como si una persona anciana encontrara de nuevo el amor. Y sí, al mismo tiempo que es refrescante, es exótico en el contexto del jazz nacional, es una obra para dos guitarras al viejo estilo de Di Meola y MacLaughlin, o de Joe Pass y John Pisano. Esto último, es un regalo y se agradece como proyecto.

En una tranquila y bella casa de campo (tal vez al atardecer) cual un paisaje nostálgico de Esteban Chartrand, transcurre este single (segundo) del guitarrista Adrián Aguiar, joven clave en la escena de la guitarra popular. Sentado en un sillón, el guitarrista Dayron Ortiz abre la sección de solos con su Ibanez, mostrándonos una vez más su sabiduría y gusto en el instrumento. Después de la clase magistral del invitado, Adrián asume un solo del que emana intuición, técnica y amor, cerrando con unas octavas al viejo estilo Montgomery (siempre agradecidas). Dayron continúa el juego; aparece el blues de Mississippi y los dioses del campo afroamericano emergen a través de él. En la respuesta de Adrián se nota la capacidad de diálogo, la exacta comunicación con su hermano musical. Adrián no renuncia a sus influencias y mundos variopintos —como la finura y agudeza del gypsy jazz— y aún así responde exquisitamente al play bluseado-jazzístico de Dayron.

Ocho menos cinco. El tema regresa y es hora tal vez de acompañar esta música con un té con miel, con una carta de amor o quizás con una siesta. Los guitarristas se deleitan de nuevo en el contrapunteo. Nos regalan pequeños solos, un resumido momento de preguntas y respuestas, de frases ligadas y notas acentuadas. Segundos más tarde, el onírico final de interplay con sus saltarines armonías de tonos enteros y segundas nos lleva al sueño amplio, vasto… Al sueño del joven amor.

El joven Amor yace soñando;

¿Pero quién conoce su sueño?

Un sol perfecto

Sobre la cima del bosque,

O una luna perfecta

Sobre el arroyo escarpado;

O un silencio perfecto,

Una canción sobre los labios amados.

Dante Gabriel Rosetti

 

Jonathan Formell Más publicaciones

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  1. Darsi dice:

    Belleza por partida doble: obra musical y obra literaria. Gracias ☺️

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