Irakere 50: La selva conquista Madrid
Con el nombre de Noches del Botánico, los veranos madrileños se han convertido en los últimos años en una suerte de pasarela musical, por la que desfilan artistas y agrupaciones que integran lo que más vale y suena del catálogo sonoro mundial.
Este festival, que tiene lugar en el Real Jardín Botánico Alfonso XIII de la Universidad Complutense de Madrid, promueve el disfrute de la música al aire libre, en un ambiente natural impecablemente acogedor, donde confluyen durante dos meses música y vegetación. Para esta octava edición, presume además de haber sido galardonado como mejor evento del año por la Academia de la Música de España.
Bob Dylan, Tony Bennett, Joan Manuel Serrat, Robert Plant, Herbie Hancock, Rubén Blades, son solo algunos de los nombres que han prestigiado estas noches. Cuba, por su parte, se ha visto representada con los espectáculos de Pablo Milanés, Eliades Ochoa, Orishas, Cimafunk y Alain Pérez, en diferentes ediciones.
El ecléctico cartel de este año anunciaba, para la jornada del 18 de julio, la presencia de Chucho Valdés junto a una alineación de lujo que ha reunido para homenajear el 50 cumpleaños de la mítica Irakere. Recordemos que el nombre de la banda equivale a “selva” en lengua yoruba, y fue elegido por los miembros de la agrupación, quienes en su mayoría habían compartido atriles en la Orquesta Cubana de Música Moderna y desde hacía algún tiempo tenían concebido un nuevo sonido que reclamaba su propia denominación.

La del Jardín Botánico en Madrid iba a ser entonces una importante parada en medio de una gira que arrancó a comienzos de julio en Canarias y que ha incluido exitosas presentaciones en Barcelona, Rotterdam, Valencia, entre otras ciudades. En este viaje, Chucho y su piano se han hecho acompañar de Horacio Hernández El Negro, en la batería; José A. Gola en el bajo; Roberto Jr. Vizcaíno, a cargo de la percusión junto a Julián Valdés, el menor de los hijos de Chucho; en las trompetas Eddie de Armas Jr. y Osvaldo Fleites; Luis Beltrán y Carlos Averhoff Jr. en los saxos y, tras el micro, Ramón Álvarez. Con esta formación, Chucho proponía una mezcla explosiva de experiencia, juventud y virtuosismo en todas las líneas.
Pero antes del show, tuvo lugar la presentación de la trompetista, saxofonista y cantante catalana, Andrea Motis que, en compañía de la Camerata Papageno, trajo al Botánico un espectáculo refinado, marcado por numerosas referencias musicales que se integraron mediante sonidos latinoamericanos, jazz y música de cámara. El idilio de Andrea con las leyendas es recurrente, ya que en el año 2019 compartió escenario en este mismo recinto con el gran Milton Nascimento.
Tocaba después el momento de reverenciar nada menos que los 50 de Irakere, en medio de una multitud que intuía una presentación histórica. Fue entonces cuando los tambores batá de Roberto Jr. Vizcaíno anunciaron la llegada atronadora de Juana 1600, un clásico eterno del repertorio de la banda con el que han roto el hielo y los cueros en muchas de sus presentaciones.
El mago de las teclas comenzaba a derrochar vitalidad desde el inicio y la respuesta no se hacía esperar en el área de los vientos, amparados en una sección rítmica trepidante. En mitad del tema, Chucho abandonó su puesto por vez primera (no la última) y atravesó el escenario tirando su pasillo para acercarse a los impetuosos metales. Daba gusto ver a este señor de 82 años bailando con semejante energía junto a esta camada de jóvenes pero extraordinarios músicos.
Luego venía la calma y también la belleza con los primeros compases de Zanaith, una pieza que técnicamente es considerada un instrumental, aunque su preciosa línea melódica puede ser cantada perfectamente. El que lo dude que haga la consulta a Carlos Averhoff Jr. y compañía, que nos hicieron vocalizar durante buena parte del viaje exquisito que supone esta obra, o tal vez me equivoque y solo se trata de una conversación íntima entre piano y viento.
La primera parte del espectáculo fue concebida más bien a base de temas instrumentales, prevaleciendo las improvisaciones y arreglos de corte jazzístico, junto a elementos de música clásica, condensados con los ritmos afrocubanos de siempre, sello inequívoco de la casa. Aparecieron así guiños caribeños a Mozart, al que el maestro proponía imaginarlo en una playa de Cuba. Ya sabemos que este inquieto creador y arreglista tiene la costumbre de cubanizar casi todo y el estándar de jazz Stella by Starlight constituye otro buen ejemplo, rebautizado desde hace algunos años como Estela va a estallar, que fue ovacionado tras su magistral ejecución.
Estas modificaciones en la obra de Jesús Valdés se hicieron nuevamente evidentes en el tema Congadanza que contó, entre otras perlas, con un solo espectacular de tumbadoras, cortesía de Roberto Jr. Vizcaíno y también con improvisaciones vertiginosas de Chucho, que en algún intervalo incluyó fragmentos de El cumbanchero.
Más tarde la pista se rompía con Iya y Lo que va a pasar, incorporándose Ramón Álvarez a la fiesta, quien haciendo uso de su voz y explosividad, calentó el ambiente. Quedaba en evidencia con este contagioso sonido por qué ha sido Irakere tal vez el mayor precursor de lo que hoy conocemos como timba, amén de su extraordinario aporte al mundo del latin jazz.
El Botánico cantaba al unísono “tú verás lo que va a pasar” y no era poco lo que ya estaba sucediendo, sin embargo, los termómetros marcarían unos grados más con el solo de Horacio Hernández, un todoterreno en estas lides. Gritaba Ramón —“auxilio”— y tras el cierre del drum los metales se soltaban, acompañados del coro final, que removía hasta la vegetación del lugar.
Llegaba después el plato fuerte de la noche, nada menos que un potente Bacalao con pan, para deleite del paladar auditivo de todos. La forma en que este himno se ejecutó sobre el escenario y cómo fue recibido desde la pista y las gradas, creo que ya es parte de la historia de este festival. Me tomé la libertad de incluir en mi cabeza (si acaso era mi cerebro el que procesaba todo aquello) la guitarra de Carlos Emilio Morales, sin duda uno de los pilares del sonido de Irakere.
Entiendo que esta canción fue concebida inicialmente como una descarga, para ser bailada y gozada, pero puede además generar una emoción tan fuerte como la del propio movimiento corporal que provoca. En medio de aquella fiesta, Chucho lanzó un coro adicional: “el bacalao sí lleva papa”, aceptado de forma unánime por la multitud.
Pero no paraba la rumba tras los prolongados aplausos del cierre y había que mover los pies todavía más en la coda o conga final. El Botánico a esas alturas era un carnaval y todos arrollaban, de una u otra forma, ante el irresistible llamado del bombo de Chucho y su comparsa. En nombre de ellos no puedo hablar, ni afirmar con precisión cuánto tiempo les duró el efecto cubanizador de este embrujo selvático; solo sé que para suerte de algunos, esa singular condición no caduca en una noche. Ahí está Irakere para demostrarlo, 50 años después.