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Comentario Diseño: Kalia León

De Buena Vista a Elis Regina y las damas jazzistas

La edición 39 del Festival Jazz Plaza ha patentizado un concepto que presidió su proyección desde los inicios, cuando echó a andar en el recinto de la Casa de Cultura del municipio Plaza: la hibridación, las fusiones, los préstamos de otros géneros y ritmos. Esta visión, sin dudarlo, ha cohesionado y ensanchado durante su andadura a lo largo de estas décadas. 

No es que haya faltado la “expresión pura”, ese jazz más cercano a lo clásico, tanto desde el patio como por parte de los invitados foráneos, pero la nota dominante ha sido la confluencia, la intercomunicación: ese proceso de ósmosis que enriquece todas las músicas participantes en el convite.  (A propósito de la representatividad y abundancia en la programación, que hace imposible abarcarla en su totalidad ante la variedad de plazas y teatros, valga apuntar que esta debió instrumentarse de modo más racional respecto a los horarios, para dar opciones al público de poder asistir a más de una presentación en un mismo día). 

Tres conciertos ilustran lo anterior, al aproximarse e incorporar desde el jazz, complejos como la música bailable y tradicional cubana, la brasileña, y varios estilos y poéticas específicamente cultivados por mujeres. No olvidemos que desde los inicios del género, en Estados Unidos, la participación femenina tanto en la vocalización como en la ejecución instrumental ha sido recurrente.

A la vez, debe consignarse antes de entrar en valoraciones individuales de estos,  que han sido tres de los más singulares y sólidos conciertos de una programación abarcadora y variada.

El liderado por el tresero y compositor Pancho Amat frente a las que llamara “Estrellas del Buena Vista” fue sin dudas uno de esos en los que el jazz hizo visible su presencia en otros terrenos musicales, dentro de una noche pletórica de música cubana, tanto en sus clásicos —piezas inscritas con letras doradas en el patrimonio musical más allá del patio—, como el continuum que significan las nuevas generaciones de compositores e intérpretes que honran con su trabajo a aquellos.

De este modo y siguiendo tal criterio  estuvo integrada la banda acompañante, que lo mismo contó con un pianista informado, aunque más joven, como Alejandro Falcón, que con un veterano como el clarinetista y saxofonista Javier Zalba. Así también resultó la nómina vocal, donde Calunga, Arasay y Kiko Ruiz alternaron con Alain Pérez, Mayito Rivera y María Victoria.

Son, danzón, rumba, bolero, música campesina, guaracha, —tal rezaba parte del título del concierto (Y más…)— sonaron en la sala Covarrubias del Teatro Nacional, con la complicidad de un público receptivo y entusiasta que coreó y bailó de lo lindo.

El sonido de la sala, no siempre óptimo, esta vez apoyó debidamente el cohesionado soporte instrumental y las poderosas voces que desde Veinte años o Dos gardenias a El cuarto de Tula, Chan Chan y El carbonero, pasando por temas más recientes del propio Amat o Adalberto Álvarez, honraron la tradición. A su vez, la ruptura coherente que significaron no pocos arreglos salpicados de oportunas referencias jazzísticas y notables solos, enriquecieron los temas con las improvisaciones y variaciones propias del género.

Este sentido integrador y cosmopolita se puso de manifiesto en otro momento elevado del festival: Zule Guerra interpreta la música de Elis Regina, donde el jazz, el sonido incomparable de Brasil y más de una célula cubanísima deleitaron al respetable durante casi dos horas.

Zule, una intérprete expresiva que conduce con grácil presencia escénica, hermoso, agudo timbre y notable afinación cualquier género que elija, nos hizo evocar a la más grande e irrepetible de sus colegas brasileñas, Ellis Regina, en un representativo viaje por su repertorio, acompañada por grandes músicos nuestros y un par de invitados del gigante sureño.

Los cubanos parecían cultores de siempre respecto a esa música: el piano superlativo y lúdico del maestro Emilio Morales, los incisivos vientos, las cuerdas exquisitas de los violines, la viola o el cello, sin olvidar el bajo o la protagónica presencia de la batería y en general la percusión, recrearon admirablemente la rica música que para la artista homenajeada compusieron grandes como Tom Jobin, Baden Powell, Ivan Lins, Chico Buarque, Edu Lobo, Gilberto Gil, Rita Lee, Milton Nascimento y Pixinguinha, entre otros muchos.

Aportando aquí y allá un aire danzoneado o sonero (Vou deitar rolar, Chovendo na roseira…), un introito de rumba (Upa neguinho) entre el bossa o la samba y sus variantes, como para reafirmar los vasos comunicantes entre nuestros complejos sonoros, resultó admirable la manera en que la orquesta aprehendió la compleja rítmica brasileña, sus ricas armonías, nada ajenas muchas de ellas, por cierto, a las gramáticas jazzísticas que la banda no dejó de explor(t)ar. Y cómo Zule se paseó con ductilidad y pasión sin desbordes por la obra de la infinita Ellis.

Otro tanto hicieron los invitados justamente de Brasil: Pablo Fagundez, en una precisa y creativa harmónica o el percusionista Pedrinho Augusto, portadores de la contagiosa alegría y el talento de un pueblo tan parecido en ello al nuestro.

Quizá intentando reproducir la ecléctica atmósfera musical o el calidoscopio que es Brasil —ese otro ajiaco—, la escenografía pecó de cierto recargamiento: banderas, pantalla audiovisual, un remedo de bar, una mesa, un teléfono…, pero esto no logró opacar el brillo de un singular y atractivo show, en el que el diseño lumínico y sonoro hicieron el resto.

Zule es parte de un movimiento de mujeres cultoras del jazz en Cuba que, aun sin toda la visibilidad merecida, resulta amplio, variopinto y poderoso. Por ello fue muy oportuno que el festival dedicara una noche a mostrarlo en el teatro América. 

El empaste y riguroso montaje de cuerdas del Ensemble Vocal Luna —que recordó por momentos la impronta de Sergio Mendes o Manhattan Transfer—, la vehemencia de Hera de Cuba, la calidez instrumental de Wena Vibra (una guitarrista y cantante excepcionales entre sus miembros), la flauta ágil y virtuosa de Belinda Guerra  —digna heredera de los Cortés y de Maraca— o un terremoto llamado Emy Abreu Sabor (violín superlativo, voz matizada y potente, energía a raudales en su paso por la escena) quien, respaldada por notable banda, emblematiza lo más auténtico del afrojazz entre nosotros, fueron algunas de las joyas que demostraron cómo en efecto, una considerable parcela del mejor jazz que se hace hoy en Cuba, es hecho por mujeres.

Tres excelentes conciertos en fin, que además de patentizar el virtuosismo de sus protagonistas, reafirmaron que el jazz de aquí y de allá sigue siendo patria común, terreno de confluencias y pertenencias entre esa música ancestral, pero renovable y siempre joven, y otras expresiones del pentagrama cubano y universal.

Frank Padrón Más publicaciones

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