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Comentario Ilustración: Mayo Bous

La música infantil, cosa de adultos

Es domingo en el Parque Metropolitano de La Habana. Un lugar céntrico adonde llevar a los niños para que inviertan toda su energía: corren entre los ponis y el tiovivo, las cafeterías y el cachumbambé. Por encima de la algarabía, se escucha la música.

Aunque conviven diversas edades, el área está orientada al público infantil. Me pregunto: ¿sirve cualquier lista de reproducción para amenizar estas actividades recreativas? A sazón de buen DJ, pasan por aquí desde Liuba María Hevia hasta Fixty Ordara y Ja Rulay: de lo culto a lo popular, y viceversa. En ocasiones, la mezcla viene con deliberada intención; otras veces quien da play ni siquiera sabe qué contiene la memoria flash.

Incluso en orden aleatorio, parece que no hay suficiente variedad atractiva de música infantil contemporánea. A su vez, eso abre la puerta para que “se cuelen” otras opciones, tal vez menos acordes para los niños.

Partimos de que ellos usualmente no escogen lo que escuchan: dependen de un mayor que decida cuál canción se les quedará como disco rayado, y cuál quizás no van a conocer. Entonces, a fuerza de reiteración, les empieza a interesar la música de adultos, aunque no la entiendan. Absorben de todo sin discriminar. ¿No sería más saludable si desde los primeros pasos se rodearan de propuestas que se parezcan más a ellos?

El problema tiene muchas aristas. Por un lado, la difusión en los medios masivos es deficiente.  Esa especie de vacío se cubre con temas internacionales variopintos: desde La vaca Lola hasta la banda sonora de Frozen u otros animados. Cuesta aceptar que en un país tan musical como Cuba, que produce un montón de música para las infancias, estos temas acaparen la popularidad.

Quizás habría que empezar por preguntarse qué realmente les atrae. Hacer una canción para un público adulto, apelando a las visiones y experiencias propias, no es lo mismo que regresar al mundo de la infancia y componer a partir de algo que nos queda más lejos.

Puede que el talón de Aquiles esté en lo que se entiende por canción infantil. Como diría hace años el crítico Rufo Caballero, los niños son niños, no son tontos. No necesariamente todo tiene que resumirse a diminutivos y “ternurita”, ni a rimas fáciles o la simplificación del mundo que les rodea.  También se les puede hablar de cosas trascendentales de la vida, como el crecimiento o la libertad porque, ¿qué niño no se desespera por ser grande?

Lo otro sería pensar en la diversidad del espectro infantil. Según la edad, va cambiando lo que les llama la atención, y por ello es lógico que las canciones se vuelvan más complejas. Además, de la misma manera que no les gustan todas las comidas, o todo tipo de ropa, no podemos asumir que les complacerá cualquier música “apta para menores”.

En una ocasión me tocó hacer de DJ en una fiesta improvisada. Los invitados no pasaban los 10 años, eran muchos para la sala de la casa, y había que entretenerlos en lo que empezaba oficialmente la actividad. No supe qué poner: hice una búsqueda rápida en YouTube, «música infantil», sin estar seguro si aquel era el mejor término. El gallo Bartolito y Pollito Pío encabezaron los resultados.

Al reproducirlos noté que, si bien eran bastante conocidos, no captaron la atención de la mayoría. Tecleé de nuevo: «música infantil cubana», y asomaron las mismas canciones de antaño, remasterizadas y vueltas a contemporanizar. Les fueron tan indiferentes como las anteriores.

Así, seguí probando hasta que apareció un combo de Disney y todos conectaron al momento: tarareaban y se reían, sin importar el estilo ni la temática. El resto fue cosa del algoritmo.

Audiovisual y música para niños son casi inseparables hace décadas. Las películas de Disney, en efecto, representan el ejemplo paradigmático de éxito comercial y popularidad. Sus canciones hablan de amor, respeto, tradición… y no por ello dejan de ser contagiosas. Claro, entre allá y aquí hay un mercado poderoso y millones de dólares de distancia.

Entonces, ¿todo se resume a falta de presupuesto? Internet y las redes digitales han ido transformando el modo de comercializar la música. Pero, ¿qué hacer para darle movimiento a un género, al parecer, poco atractivo para la industria local?

Aun así, generaciones de cubanos han crecido con la banda sonora de los animados de Elpidio Valdés. Basta con escuchar los primeros acordes, y las historias del mambí desfilan ante nuestros ojos. Nótese que estas canciones tienen muy poco de “infantiles”, y sí mucho de sensibilidad.

Hace años se celebraba el festival Cantándole al Sol. De esta iniciativa nacieron temas defendidos por pequeños intérpretes de todo el país. Fue un proyecto que funcionó en su momento, aunque no debería ser el único. Se agradecen las canciones de siempre: Teresita Fernández, en primer lugar, con su voz acogedora de abuela que nos arrulla, el virtuosismo de Liuba María Hevia, y los pegadizos coros de Lidis Lamorú, las sonoridades del dúo Karma y de Rita del Prado que también han dejado su impronta.

De seguro existen en la Isla otros exponentes menos conocidos, a quienes cada día se les ocurre algo nuevo y apuestan por ello. Sin embargo, no se trata solo de ganas o buenas intenciones: debe materializarse la propuesta, y la oportunidad.

¿Por qué no atreverse a hacer reguetón o timba para niños, con toda la “bomba” que lleva? ¿Y así la la banda sonora de la infancia está marcada por temas hechos en Cuba? Sí existen canciones infantiles con estos ritmos, por ejemplo, M con A, N con I, interpretada por Haila, pero, como dice el refrán, una golondrina no hace verano. Pienso en cuánto se ensancharía nuestro cancionero con cada intérprete talentoso que, con su propio sello, aportara al menos una pieza infantil. Recordemos el disco Reír y cantar, de Omara Portuondo, La Cutara, de William Vivanco, y la serie de animados Un canto a la sonrisa, también de Haila. No hay un límite predeterminado, y sí un mundo por explorar.

Mientras cavilamos, los niños siguen en sus juegos, y canturrean y bailan temas de reparto o cualquier otro ritmo popular. La posibilidad de disfrutar su domingo en el Parque Metropolitano no se eclipsará por debates de adultos.   

Más que dar recetas, lo que quisiera es que hubiese abundancia y variedad para los pequeños —como mismo escuchamos en los diferentes géneros para los grandes—. Producciones que, de hecho, también llamen la atención de los mayores.

Gracias a un fanático de los animes, di con un video de la cantante japonesa Mitsuko Horie, la intérprete del tema original de la película Voltus V. Era un espectáculo gigantesco, con un público adulto que disfrutaba eufórico. Activado el modo karaoke, canté apegándome al japonés “auténtico” de mi niñez. Subtítulos mediante, descubrí la sensibilidad y sencillez de la letra. Quizás por eso la canción haya tenido el poder de trascender el tiempo, los públicos, y hasta los idiomas.

Algo parecido demostró el homenaje de La Colmenita a Los Van Van. Abejas y zánganos se adueñaron de las canciones de una forma tan auténtica que conquistaron a Formell y al resto de la orquesta. Al final, la buena música —y aquí tenemos bastante— supera la presunta distinción de las categorías “para adultos” o “para niños”.

Eusebio Linares Barthelemi Más publicaciones

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  1. Cami dice:

    Corazón Feliz??? El próximo año va a su 5ta edición. No se menciona?

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